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Lunes, 13 de noviembre de 2006

La sonrisa de Mariana

 Por Sandra Russo

Sobre la artista plástica Mariana Schapiro escribí una vez una contratapa, cuando en el frente de su casa alguien estampó una consigna antisemita: “Aquí vive un judío”. Esa nota tuvo mucha repercusión, generó una cadena impresionante de mails y de notas periodísticas, y con ellas Mariana... hizo otra obra de arte. Las juntó, las encuadernó, y en un par de tomos hoy son una constancia artística de una reacción colectiva al odio nazi.

Pero Mariana se murió. El lunes de la semana pasada. Muy joven. Muy en paz. Cuando la fui a ver al Hospital Italiano, entré cautelosamente a la habitación, y vi esa escena increíble que nunca se va a borrar de mi retina: su madre de más de ochenta años estaba sentada en un sillón al lado de la cama, dormitando, y en la cama Mariana, peladita, muy flaca, conectada a una sonda, estaba con los ojos cerrados y los auriculares de un iPod puestos, y sonreía y tarareaba.

Cuando abrió los ojos y me vio, me regaló una sonrisa que quedó para siempre a salvo del lugar común en el que pueden caer tan fácilmente esas sonrisas que se regalan. Esta fue en serio. Verla sonreírme abiertamente, iluminada por dentro, me hizo comprender todo. Faltaba poco y estaba implícito, y aunque ella peleó durante estos últimos años como una fiera para mantenerse aquí, Mariana estaba bien dispuesta a su destino. Qué otra cosa se puede hacer con el destino. Con el maldito destino.

El 21 de septiembre Mariana había recibido el Gran Premio de Escultura en la 95ª Edición del Salón Nacional de Artes Visuales. No pude ir. Pero ella me contó que cuando la nombraron, la sala estalló en aplausos sostenidos. En algún momento, para los que la conocíamos y sabíamos de su pelea contra la enfermedad y de su trabajo incesante como escultora, Mariana empezó a ser ella misma su propia y personal obra de arte.

En el hospital, cuando su madre nos dejó solas, le dije a Mariana, mirando los pasos lentos de aquella señora, que me parecía que estaba entera. Ella afirmó con la cabeza, y me susurró: “Es que debe ser tremendo ver a un hijo así”.

En mi casa lo único que hay colgado en las paredes es una escultura de Mariana. Una de la serie “Las lloronas”, que presentó en el Centro Cultural Recoleta hace unos años. Son dos piedras grandes, de granito, de las que caen caireles que replican lágrimas abundantes, brillosas, cargadas de pena. Hoy lloran por ella.

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