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Lunes, 2 de abril de 2007

LOS CRONISTAS DE LA GUERRA DE MALVINAS

Dolores propios y ajenos

María Laura Guembe, Federico Lorenz (autores del libro Cruces), Edgardo Esteban (Iluminados por el fuego) y Roberto Herrscher (Los viajes del Penélope) debaten sobre su rol de cronistas vivenciales o indirectos del conflicto. El desafío de contar el pasado como si fuera hoy.

 Por Julián Gorodischer

La crónica de Malvinas se ejerce bajo conciencia de estar saldando una deuda narrativa histórica. Y desde la responsabilidad del servicio social: generar una vacilación, una duda sobre la creencia heredada. Los que viajaron a las islas, o los que simplemente recuerdan su experiencia en 1982, o los que eligieron contar “la historia no oficial” desde el testimonio de “los otros” coinciden en la búsqueda de trascender el dolor, el ajeno y el propio. Parece difícil, porque en las fotos y comentarios de Cruces –Editorial Edhasa–, el libro que acaban de publicar María Laura Guembe y Federico Lorenz, las imágenes de combatientes en la víspera o en el minuto posterior al regreso (todas ellas rescatadas de sus archivos personales, los de sus familias o de sus deudos) podrían clausurar el sentido en la sensación de turbación, pero la propuesta es ir mucho más lejos: exponer un discurso social a la polifonía de voces que lo integra, eludir el narrador único, reconstruir “la trama” desde el fragmento del libro temático alusivo pero también desde el testimonio directo del que combatió.

En la reunión que les propuso Página/12, los autores de Cruces y otros cronistas de Malvinas exponen una situación compleja: les tocó narrar el pasado como si fuera hoy; contarse a sí mismos (en el caso de los ex combatientes Edgardo Esteban, autor de Iluminados por el fuego –que reeditó ayer Página/12– y Roberto Herrscher, de Los viajes del Penélope –Tusquets–) pero sin dejarse devorar por una primera persona que determinara sólo una biografía en la trinchera. La idea –dicen– era disponerse a ser plurales. ¿Así se modifica la historia oficial? El paso del tiempo, 25 años después del primer desembarco argentino en las islas, parece un aliado para abrir heridas. Alguien, por fin, estaría dispuesto a escuchar.

“Desde el momento en que volví –asegura Roberto Herrscher, que reconstruye la historia del Penélope, el barco desde el que vivió la guerra de Malvinas como “colimba”–, tenía necesidad de hablar de la guerra, pero tenía claro que la gente no tenía necesidad de escucharme. Escribir el libro fue el modo que encontré de despojarme de todos los sentimientos, de todos los análisis, de todas las interpretaciones: fue un viaje a la semilla. Lo que quise hacer es comentarme a mí mismo cómo fue lo que viví: no partiendo de mi conclusión sino de la historia. Recorrí círculos concéntricos que se fueron abriendo, que me sirvieron para escuchar a los otros”. Los viajes... inaugura la colección Andanzas de Editorial Tusquets, y es un modo de la narrativa de realidad que se apoya como disparador en su propia vivencia en el barco más viejo de la guerra, pero sólo como punto de partida para abarcar una historia más amplia que rastrea los orígenes del barco hasta los tiempos del nacionalismo alemán anterior al nazismo. Lo une a Edgardo Esteban, que contó en Iluminados por el fuego (el libro que inspiró la película de Tristán Bauer) su diario de sobreviviente de las trincheras, la intensidad de la figura del cronista tensionado entre su memoria emotiva y los procedimientos tradicionales y más distanciados de entrevista y el relevamiento de datos. Pero el desafío mayor parecía, desde el principio, la voluntad de rearmar un inventario de rostros, voces, objetos y lugares que quedaron demasiado atrás, antes de la rendición.

–¿Cómo se asume un tipo de cronista “del recuerdo”?

Roberto Herrscher: –Tuve que convertirme en entrevistador de mi propio yo con 19 años.

Edgardo Esteban: –Tenía una necesidad de desahogarme; los militares me hicieron firmar una declaración jurada para que no hablara. Y la angustia estaba adentro mío. Me fui a la Patagonia, a Río Grande; me quedaba en la costa frente a lo que es el lugar de encuentro con las Islas Malvinas y yo grababa y desangraba. Como dice Gabriel García Márquez: La historia no es lo vivido, sino lo que uno recuerda y cuenta después. El objetivo era cerrar una herida; fueron mis amigos los que lo empezaron a leer y me decían que había que publicarlo.

–Otra particularidad del cronista de Malvinas es que suele ser un rastreador de su propio “yo” biográfico, como una catarsis...

E.E.:–Existía la historia oficial en la que todos éramos héroes; no podíamos tener angustias a los 19 años. El militar tiene que ser macho, no puede sentir emociones humanas. El mejor remedio, desde el arte, es poder hablar. Las fotografías de Cruces, por ejemplo, conmueven; no hacen falta palabras.

R.H.:–Las entrevistas más difíciles eran conmigo mismo frente al espejo, diciéndome: “Y vos de qué te acordás. Contame lo que viste en esa época”. Tratando de olvidarme de los 25 años que separan a la guerra del hoy.

E.E.:–Para nosotros Malvinas fue ayer. Veía la foto del “niño gris”, sobre la que escribió Horacio Verbitsky en Página/12, y me daba cuenta de que para esa madre iraquí no pasó el tiempo desde esa foto. El diario quedó ahí fijado. Para los que estuvimos en Malvinas, nuestra única página es ésa. Avanzás tratando de alejar los fantasmas, superar el camino, apostando a la vida.

“¿Qué ven sus ojos? Los ojos de los que vayan a abrir este libro, pero también los ojos de aquellos retenidos en las fotos para siempre. Los que volvieron y los que no. Los que se sacaron una foto para enviar a sus casas, sin saber que los vencedores les robarían inclusive la materialidad del recuerdo. Los que otearon el horizonte, en una base aérea, esperando un regreso sin saber que sería inútil”, se lee en Cruces, el libro de Guembe y Lorenz. También, como cronistas de una crónica ajena que se lee en imágenes de instantáneas de álbum familiar trágico, entienden a ese minuto congelado como la vía para actualizar el recuerdo. El problema de la memoria sobre Malvinas –según parece– es que congeló demasiados sobreentendidos, creencias, significados solidificados sin más anclaje que el malentendido o la distorsión. Entonces, permitir tomar contacto con esa “materialidad del recuerdo” estaría depositando en la crónica una altísima responsabilidad social: la posibilidad de desmitificar/ reconsiderar: “Una primera etapa es el reconocimiento –afirma Guembe–. Tenés que contar y hacer ver. Es el dolor de cada uno cuando ve esa foto y se da cuenta de lo que no se supo, de lo que no vio. Es ese tipo en la trinchera que mira a la cámara como diciendo: Sáquenme de acá. En una de las fotos hay un cabo de 17 años, que parece ser el único que tenía conciencia de que estaba en una guerra. Es ese dolor con el que hay que lidiar: el nuestro al ver la foto, y el del retratado...”

Federico Lorenz: –Asumimos un dolor que no es propio. Y lo que alivia es hacerlo circular, instalar una posibilidad de reconocimiento y discusión. Si no, se vuelve un trauma.

–¿Cómo se vuelve a mirar “el acontecimiento” 25 años después?

M.L.G.: –A través de fotos que no se vieron, y en eso hay una novedad. Estamos acostumbrados a ver la Plaza de Mayo, las fotos de la revista Gente.

F.L.: –Somos otra generación: queremos armar un gran problema con algo que recibimos cerrado. Lo que para otros es un cierre para nosotros es una apertura. Yo les escribía cartas a los combatientes. Elegimos formular nuestras preguntas en boca de otros.

E.E.: –En Malvinas está muy vivo el tema de la guerra; tienen los campos minados; están esperando una invasión como en El desierto de los tártaros. Uno va a reencontrarse con un pasado. Ellos todavía creen que hay una guerra, que se terminó hace 25 años. Es como entrar a otro mundo, por la sensibilidad con que se vive cada cosa.

R.H.: –Yo quería contar, más allá de mi historia personal, lo que había podido escuchar. Volví de Malvinas con montones de respuestas y sin preguntas. Todos estos años me fui llenando de preguntas. Y un día fue como si mi pozo de zorro, junto con el Penélope, viniera navegando hasta Buenos Aires.

–¿Por qué creen que hoy la crónica releva la hegemonía que tuvo en los ’80 la investigación periodística con respecto a Malvinas?

M.L.G.: –Hoy es la manera de romper un discurso cerrado a través de las historias de vida; tendemos a pensar que los que estaban en Malvinas podríamos haber sido nosotros.

M.L.G.: –Las historias individuales permiten demostrar la diversidad absoluta dentro de los testimonios.

E.E.: –Una historia chiquita, cotidiana, marca referencia con otra. Yo siempre jugué entre la vida y la muerte. La panza de mi mujer embarazada era lo que me alentaba a seguir escribiendo.

F.L.: –Encontramos las fotos capturadas en Inglaterra; en un segundo momento, se las pedimos a familiares y conocidos para un libro que intentaba recuperar la vivencia cotidiana. Se pensaba que sobre Malvinas no había, pero hay imágenes en cantidad. Una gran cuestión es por qué abunda el testimonio sobre otros aspectos de la dictadura y no sobre Malvinas.

–¿Cómo se narra la figura del ex combatiente en contraste con la del sobreviviente; y la del caído en Malvinas con la del desaparecido?

M.L.G.: –Son figuras bien distintas; la decisión de no poner las fotos de los muertos en Cruces reside justamente ahí. A los muertos de la represión nunca los pudimos ver. Con Malvinas, mostrar las fotos era una forma de devolver una identidad que no tienen ni en el cementerio de Darwin.

F.L.: –Lo común es la actitud desaprensiva del Estado hacia la gente. Es ubicar a los jóvenes en un lugar de privilegio en términos de protagonismo político, pero no cuidarlos en términos de riesgo social. Pero no se trata de poner a funcionar el dolorómetro.

E.E.: – León Gieco me dio la definición justa: en los ’70 te mataban por no querer a la Patria; en los ’80 por quererla demasiado. Siempre, las víctimas fueron los jóvenes.

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Lorenz, Guembe, Esteban y Herrscher, distintos enfoques para dar testimonio, 25 años después.
 
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