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Miércoles, 10 de agosto de 2005

BEBEL GILBERTO, ANTES DE SU SHOW EN EL COLISEO

Con la música en la sangre

Hija de Joao Gilberto y la cantante Miucha, sobrina de Chico Buarque, Bebel ya ha hecho sin embargo lo suficiente como para defenderse sola.

 Por Karina Micheletto

Ocurre con todos los hijos de: la misma herencia que enorgullece y abre puertas puede a la vez inmovilizar, confundir, crear problemas. Sobre todo si los hijos se dedican a lo mismo que hizo famosos a sus padres. En Bebel Gilberto, los dobles filos de esa herencia se multiplican en familiares cercanos: es hija de Joao, como su apellido lo indica, pero también de la cantante Miucha, y además es sobrina de Chico Buarque de Hollanda. Y, por añadidura, ahijada de gente que allá por los ’60 inventaba cosas como la bossa nova y el tropicalismo en Brasil. Quien quiera oír cómo esta chica resolvió el peso de su herencia y se abrió paso sola tiene una oportunidad de hacerlo en vivo: la cantante se presentará este viernes en el teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), a la vez que Random Records reedita en la Argentina sus dos discos, Tanto tempo y Bebel Gilberto.
Para complicar aún más las cosas en su historia de vida, la chica venía con la etiqueta de gran promesa sobreimpresa, porque desde muy chiquita cantaba, y cantaba bien. Tenía siete años cuando cantó en un disco de su madre y nueve cuando pisó un escenario con Miucha y Stan Getz, el del Carnegie Hall. A los veinte era corista de David Byrne. Para cuando quiso largarse a hacer lo suyo sola, ya rondaba los 30 y había demasiada gente expectante. Así que Bebel (Isabel) decidió cortar con todo, dejar Brasil y volver a Nueva York, su ciudad natal. Allí armó con tiempo y paciencia su primer disco solista, titulado –no casualmente– Tanto tempo, que enseguida pasó a ser un suceso cuya magnitud, jura Bebel, jamás imaginó. “Uno hace la música que siente que tiene que hacer, sin pensar en el resultado. El resultado viene después, y responde o no a tus expectativas. Pero invertir el orden de las cosas, nunca”, dice la cantante en diálogo telefónico desde su casa de Nueva York.
No es la primera vez que Bebel Gilberto viene a la Argentina: el año pasado estuvo en el Personal Fest. El contexto, claro, era bien diferente al de un teatro, pero Bebel lo recuerda como algo especial: “Estaba lloviendo y la gente seguía allí, encendida, todo el mundo fue tan cordial... fue un show estupendo”. Para esta visita, Bebel promete un show en la misma línea que en la del año pasado: “Será una performance muy acústica, simple, pero al mismo tiempo con muchas canciones y cosas nuevas. Va a ser muy lindo, estoy segura”, dice la cantante.
Puesta a elegir entre el portuñol y el inglés como únicas opciones, Bebel Gilberto prefiere contestar en inglés, aunque a lo largo de la charla irá echando mano de frases en distintos idiomas. Igual que hace cuando compone canciones que pueden estar escritas en inglés, portugués, o en ambos a la vez, o pueden ser traducciones libres como la versión inglesa de Os Mutantes del himno tropicalista de Caetano Veloso, Baby. Suena lógico si se atiende al derrotero de esta mujer que nació en Nueva York en 1966, durante un exilio familiar forzado por la dictadura brasileña, y aprendió a hablar inglés (y también español, tras un paso por México, aunque lo haya olvidado) antes que portugués. Recién a los dos años, su abuela Memélia (a quien Bebel dedica su segundo disco) llevó de nuevo a Bebel y a su madre a Río de Janeiro y le enseñó portugués a su nieta. Muchos años más tarde, la chica encararía el camino inverso para cerrar su historia: “Me alejé para buscar, en definitiva, por mis propios medios”, explica.
La búsqueda terminó en un perfil difícil de encasillar (aunque, tras una versión remixada de Tanto tempo, que terminó consagrándola en la escena electrónica, Bebel se ganó la etiqueta de “reina de la electrobossa”): arreglos vocales bellos y complejos, bossa novas susurrados, momentos festivos, súper clásicos como Samba de bencao o So nice o temas de su autoría. “Hago lo que me sale”, define ella, sin más.
–Hace un tiempo se hablaba de usted como “la reina de la electrobossa”. ¿Cómo le cae esta definición?
–Me causa gracia. Y, mientras me siga causando gracia, pueden llamarme como quieran. Yo sé cómo es: la gente siempre está tratando de encontrar la forma de poner palabras a lo que escucha, de describir para sí misma y para los otros, y supongo que es mi karma. ¡Tendré que pagar por eso por el resto de mis días! (Risas.) En fin, como no hay nada que pueda hacer al respecto, tengo que aprender a vivir con eso.
–Su herencia familiar es importante: hay padre, madre, tío con peso propio. Debe ser complicado...
–Y, sí. En principio, es demasiada gente junta. (Risas.)
–¿Es cierto que dejó su país justamente por el peso de esa herencia?
–No fue sólo por eso, pero fue una de las razones, es verdad. Realmente sentía una gran presión. Todos esperaban demasiado de mí: la familia, los amigos, los medios, la gente... Nadie puede estar tranquilo sentiéndose observado.
–¿Y esa herencia tiene más pros o más contras?
–Depende del lado que se mire la cuestión. Por un lado, seguramente yo no hubiese estado expuesta a tanta música, y en contacto con tanta gente creativa, músicos, poetas de los que aprendí y disfruté estando con ellos, si no hubiera tenido los padres que tuve. Al mismo tiempo, fue realmente difícil intentar llevar una vida normal, teniendo que mudarme de un lado al otro, México, Nueva York, Río, el idioma, la gente... Todo eso fue muy, muy difícil para mí. Entonces, supongo que al final lo que vale es balancear experiencias. Finalmente, no es bueno ni malo: es las dos cosas juntas.
–¿Ahora vive entre Nueva York y Río?
–En realidad, vivo en Nueva York. Viví en Londres dos años atrás, y voy a Río cada tanto a visitar familia y amigos, a pasar Navidad, Año Nuevo, esas cosas. Pero mi hogar está aquí, en Nueva York, en East Village. Y lo disfruto: hoy es un día soleado y estoy usando mi bikini, escuchando música... Estoy muy a gusto en este apartamento, aunque todavía no es mío, pero algún día voy a tener dinero para comprar una casa.
–Después del 11 de septiembre, ¿no cambió su vida diaria?
–¡Uf! Uso esas máscaras que promocionan en la tele, nunca dejo la casa sin la máscara, ando con tres revólveres...
–Supongo que está bromeando.
–Por supuesto. No hay problema. De verdad.
–Usted hace canciones en portugués, en inglés, a veces en ambos, otras traduce del portugués al inglés... ¿Cómo se maneja con los idiomas a la hora de componer?
–A veces me siento un poco confundida. (Risas.) Hablando en serio, voy componiendo de acuerdo con lo que voy sintiendo necesario. Y en esa necesidad hay una mezcla entre mi portugués y mi inglés, porque los dos forman parte de mi vida. Es inevitable: así soy yo, y así me expreso.

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