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Domingo, 27 de enero de 2008

HISTORIETA DE VISITA EN EL SANTUARIO DE ROBERT CRUMB, UNA LEYENDA DEL GENERO

“Hoy la muerte me preocupa menos”

Aislado en un pueblito francés con su esposa Aline y una colección de cinco mil discos rarísimos de 78 rpm, el dibujante prepara una versión del Génesis que seguramente levantará polvareda. Y ni siquiera se lamenta por la estafa que sufrió con la edición en inglés del libro R. Crumb: Recuerdos y opiniones.

 Por Iker Seisdedos *

Desde Sauve, Francia

El anuncio de que se está haciendo tarde para la cena toma a la leyenda del comic underground Robert Crumb sentado bien atento, murmurando una melodía y balanceándose con las manos sobre las rodillas. Hace unos treinta segundos que los parlantes de un equipo monoaural escupen la mugre acumulada durante ochenta años en los surcos de la bellísima tonada hillbilly “Lost child”, registrada por los hermanos Stripling en Alabama en los rurales años veinte. Cualquiera que sepa algo sobre Robert Crumb ya supondrá que la canción, que él mismo ha elegido con las manos concienzudamente recién lavadas entre su colección de 5000 discos raros de 78 revoluciones, debe terminar antes de que el mundo moderno continúe marchando.

Por lo que a él respecta, el resto de la vida podría pasar así. Bien cerca del viejo amplificador a válvulas. Absorto en la música y soltando frases como: “La muerte me preocupa menos de lo que solía; ahora que la veo de cerca no encuentro las razones para pasarme el día lamentándome, sintiéndome miserable y acongojado”.

Algo así sólo puede estar sucediendo en Crumbland, una casona de piedra sobre el río, con siete plantas atiborradas de cosas bonitas y una arcaica fotocopiadora Xerox como única concesión a la tecnología. Desde sus ventanas se domina todo Sauve, y las tierras dedicadas a viñedos que rodean este pueblo medieval encaramado a las colinas de la región francesa de Languedoc Roussillon, igual que uno de los esmirriados personajes de Crumb treparía por la anatomía de una mujerona. Aquí se mudó desde California en 1990 el universo Crumb al completo. Los discos, los rotuladores Rapidograph y los míticos personajes surgidos de su mente: Fritz el gato, Mr. Natural, el mequetrefe atormentado de Flakey Foont o las muy reales Aline Kominsky, esposa, y Sophie, hija y dibujante como papá y mamá.

Además de, claro, Robert Crumb (nacido en Filadelfia en 1943), quien, a golpe de comic autobiográfico, se ha convertido en uno de los arquetipos más conocidos de la historieta mundial. Y en uno de los más inaccesibles. Está el Crumb pervertido sexual; el Mr. Sixties, héroe y azote de la contracultura y el neurótico de la familia disfuncional que Terry Zwigoff retrató en un sobrecogedor documental. El enemigo de las feministas, “el dibujante más amado de América”, la inspiración de éxitos de cine indie como Esplendor americano... Y el viejo amargado que, hacia el final de R. Crumb: Recuerdos y opiniones (Global Rhythm Press), sensacional autobiografía que se publica estos días en español, escribe: “Mi propia condición consiste en odiar lo que soy”.

Son la esposa Aline y el fiel amigo y coautor del libro, Peter Poplaski, otro expatriado norteamericano, de profesión artista, quienes reciben al invitado. Crumb detesta cualquier encuentro fijado para hablar de temas personales pautados (es decir, cualquier entrevista). Y no es broma: en Sauve circulan historias de periodistas llegados de Los Angeles que se fueron por donde había venido después de tres o cuatro días de infructuosos intentos de acercamiento.

El viernes de la semana pasada sí hubo suerte. Hacia el final de la tarde, a Crumb no le pareció mala idea cenar con el grupo después de un día de trabajar en su última y ambiciosa obra, un comic sobre el Génesis, y de conocer, por boca de Aline, que el periodista parecía “un ser humano decente”. Viéndolo aparecer, lo de legendario ermitaño no se antojaba una pose: Crumb es un tímido rematado que se encorva escuálido, se esconde tras sus dioptrías y tiene pinta de haber conocido a más gente de la que habría deseado.

Más tarde, a la mesa de un restaurante vietnamita del pueblo de al lado, explicará: “No veo el interés de hablar conmigo. Es mucho mejor Aline. Me preguntan: ¿Por qué se mudaron a Francia? Y yo respondo: ‘No sé, Aline, ¿por qué lo hicimos?’”. De su condición de notaria de todas las cosas Crumb ella había dado buena cuenta por la tarde en el estudio de su marido, una habitación endiabladamente ordenada, con paredes forradas de cuadros, portadas de discos de blues y muñecos alienígenas.

Durante unas cuatro horas, Aline y Peter Poplaski habían repasado la vida de Crumb. De la infancia en Filadelfia como el mediano de cinco hermanos, hijos de un marine y una rayada, al surgimiento del comic underground a fines de la década del sesenta en San Francisco, del que Crumb se erigiría en faro para “convertirse en alguien al que de pronto las mujeres hacían caso”. De cómo sus dibujos cotizan (estupendamente bien) en un mercado del arte que desprecian (“hemos hecho un pacto con el diablo para ganar mucha guita”, admitirá Aline) a por qué Robert sólo colecciona discos publicados entre 1926 y 1932. De lo que piensa votar en las próximas elecciones de Estados Unidos (demócrata, está por ver si Hillary u Obama) al día en que Aline encontró a Robert.

“Alguien me dijo... tenés que conocerlo, parecés uno de sus personajes –-recuerda Aline–. Pese a que tenía mujer y novia, parecíamos predestinados... De hecho, puso mi apellido, Kominsky, a una chica en uno de sus comics antes de conocernos.” El tiempo no ha hecho sino acentuar el parecido entre ella y los sueños de Crumb; esas mujeres grandes, de muslos torneados y bíceps fornidos que Robert siempre buscó hasta la obsesión. Incluso ahora que Aline se encamina hacia los sesenta años y es más conocida en la región como profesora de gimnasia y pilates que como artista.

Ella también dibujaba comics underground en la época. Y sentía la misma pulsión autobiográfica de Crumb por mostrar sus intimidades, como quedó demostrado bien pronto en un volumen que titularon a medias Trapos sucios (1976). Con él, quedó inaugurado un género en el que cada uno se representaba por su lado en viñetas basadas en hechos reales (y que aún hoy se publican con regularidad en la revista New Yorker). “No hay mucho que hacer con nuestra desvergüenza –admite Aline–. Es como decirle al mundo: soy asqueroso, horrible, hago cosas censurables... ¿Aún me querés?”

Después de más de 30 años de descarnada sinceridad, el matrimonio Crumb sigue, dice Aline, fabulosa contadora de historias de voz grave, “haciéndose reír el uno al otro” y tratándose de un modo tan afectuoso como burlón.

–Y dime, Robert –pregunta Aline en la cena–. ¿Afectó en los sesenta el LSD a tu trazo?

–Sí, claro. Tomé unas 15 veces, y lo dejé –responde él–. Primero dejé las anfetaminas, luego el ácido, los porros, el alcohol... y finalmente dejé Estados Unidos.

El tono de Crumb se mueve en frecuencias bajas, entre ironías y encogimientos de hombros. “La razón por la que odio las entrevistas es que dejo salir todo y quedo vacío”, dice antes de revelar los entresijos del contrato que lo une a su último proyecto, una recreación literal del libro del Génesis. “Me ofrecieron 200.000 dólares, que parecía una fortuna. Tres años de trabajos forzados después, no resulta tanto dinero.”

Crumb tiene ya unas 120 páginas en las que recrea pasajes bíblicos con un detalle nunca antes visto en su obra. Para ello, cada día abandona su casa por un estudio cercano cuya localización desconocen hasta sus amigos. Se encierra y dibuja durante horas. Dice que necesita estar recluido para acabar su “obra más ambiciosa”. Es una madriguera que, después de mucho buscar, encontró en propiedad de una ciudadana inglesa de la zona.

En un giro más propio de Paul Auster, resultó que la casera se había doctorado en Oxford en el Génesis y se llama Arabella Crumb (el matrimonio la conoció porque recibía reiteradamente su correspondencia por equivocación). “No creo que el resultado vaya a contentar a nadie –aclara el autor–. Los judíos odiarán que haya puesto cara a Dios; los cristianos, que sale gente cogiendo y cosas así.”

De la plausible controversia, el matrimonio Crumb confía en que salga un éxito editorial que les permita resarcirse del negocio que debió ser y nunca fue la edición inglesa del libro que ahora se publica en castellano. El volumen, fruto de meses de conversaciones entre Poplaski y Crumb, fue editado en 2005 “por unos amigos” y se lanzó con gran despliegue mediático. Poplaski y el matrimonio se embarcaron en un tour promocional sin precedentes, al que un periódico inglés dedicó decenas de páginas. Las críticas fueron excelentes y la diseñadora Stella McCartney –la hija de Paul– organizó sendas fiestas de lanzamiento en Londres y Nueva York, ciudad en la que Crumb mantuvo ante una biblioteca pública a rebosar un diálogo con el prestigioso crítico de arte Robert Hughes (que compara a menudo a su tocayo con artistas de la talla de Brueghel).

Después de todo ese despliegue (que Crumb accedió a hacer con las ganas con las que un vegetariano se zamparía un jabalí), los editores se declararon en bancarrota. Y se esfumaron. “Ni siquiera nos pagaron el adelanto”, explica el coautor Poplaski. “Creemos que vendieron 120.000 copias, que es un record para un libro de Robert.”

Habrá que esperar a otro día para obtener del dibujante una declaración iracunda al respecto. El siempre parece tener otras cosas en la cabeza. ¿O la misma todo el tiempo? Cuando la velada toca a su fin, el mundo parece aliarse para producir un episodio inequívocamente crumbiano. En el fondo de unos vasitos de sake se adivina la procaz imagen de una asiática desnuda. Ante la que Robert exclama: “¡Hey, a ésta se le ve todo el matojo!”.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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Desde su aparición en el comic underground en la década del sesenta, Crumb dejó una marca indeleble.
 
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