espectaculos

Domingo, 20 de abril de 2008

EXCLUSIVO: FOGWILL, HORACIO GONZALEZ, LAISECA Y LEON FERRARI, AHORA ACTORES DE CINE

Los “extras” menos pensados

En el rodaje de la película El artista, de Mariano Cohn y Gastón Duprat, los tres escritores y el artista plástico pasaron delante de cámaras para representar a un grupo de viejos en un geriátrico, embotados frente a un televisor.

 Por Julián Gorodischer

Los ancianos más curiosos del Hogar Rawson se asoman al rodaje con ansiedad por saber si “llegaron nuevos internos”. Pero se trata de una escena de ficción, que transcurre en una sala de usos múltiples, donde debutan como actores Fogwill, León Ferrari y Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, luego de que la producción de la película El artista (de Mariano Cohn y Gastón Duprat) los convocara para hacer de viejos frente a una pantalla de televisión. Para Alberto Laiseca, protagonista del film junto al cantante Sergio Pángaro, es una rentrée, porque asegura que “todo escritor es un actor, ya que en caso contrario sus personajes no tomarían vida propia y hablarían con una única voz”.

Con una destreza que no es propia de los primerizos y la docilidad para dejarse guiar que no suele caracterizar al consagrado, León Ferrari acepta el convite por su amistad con el guionista y también actor de la película, Andrés Duprat (además, director nacional de Artes Visuales) y por lo que considera una oportuna narración crítica sobre el mundo de las artes plásticas.

Ferrari actor

Cuando Duprat le dio para leer el guión, Ferrari pidió evitar el personaje principal, pero quiso apoyarlos en un par de escenas. La trama acompaña a un artista magistral (Laiseca), internado en un geriátrico, cuyas obras son descubiertas y presentadas como propias por un enfermero (Pángaro) que obtiene fama y dinero gracias al trabajo ajeno, instalando una reflexión oportuna sobre qué significa ser artista en el presente, cuando el rol del que cura y comercializa la obra o gestiona la galería parece disputarle protagonismo al creador. Los viejitos Fogwill, Ferrari y González manejan una extrema quietud corporal y una altísima expresividad facial en la escena que les toca (miran televisión aletargados), con especial dedicación para narrar sin hablar: les indican reacciones gestuales sobre lo que están mirando –una telenovela de Telefé– y Fogwill logra el máximo histrionismo abriendo mucho los ojos y palmeando al de al lado.

Ferrari elige un registro naturalista, expresando –con la mirada fija en el aparato y leves movimientos de afirmación con la cabeza– interés y atención. Todos visten pijamas, musculosas, gorras, ropa de internación deambulada, y juegan con entrar y salir de la decrepitud que no los afecta entre toma y toma, cómodos en el uso de sillas de ruedas, en la postración, la mudez (Laiseca), el retardo asignado a cada uno para contrastar dramáticamente con sus roles de intelectuales y artistas brillantes. “Me gustó que la historia tuviera mucho que ver con la plástica: esa idea de robo a cargo del enfermero plantea al mismo tiempo el despojo y el rescate del autor. La obra se conoce gracias a ese robo. Se hará una muestra, y eso es lo que pretendemos siempre los pintores.”

–¿Había tenido otra participación en cine?

–En el año ’59, yo fui productor. Oski hizo un dibujo sobre la primera fundación de Buenos Aires y Fernando Birri la filmó. Se la contaba con indios, con aquellos que ahorcaron, y hubo que hacer un aparato para mover un cuadro. Y lo filmamos en mi casa; tuvimos mucho éxito. Se llamaba La primera fundación de Buenos Aires.

–¿Qué aspectos del universo de las artes plásticas pone en debate El artista?

–Como en El artista, la forma en que se democratiza la plástica es a través del escándalo. Por lo menos, es mi experiencia. Poner como torturados a los ángeles y vírgenes suscitó la reacción de los católicos, que rompieron cosas, y el cardenal Bergoglio declaró un día de oración y sacó a la gente a la calle. El escándalo demostró la intolerancia religiosa. El cristianismo tiene una agencia de publicidad maravillosa, que logra que cosas horribles se vean hermosas.

Los viejos

El enfermero (Pángaro) junta los dibujos del artista y los presenta en una galería de arte, donde dice que las obras son propias. El galerista evalúa que la obra tiene un valor altísimo y, cinco meses después, le propone montar una exposición. La muestra es un éxito y se vende muchísimo; a la gente le gusta lo que él pinta. Se convierte en un nuevo niño mimado de la escena, y el galerista lo presiona por más obras para una feria; el enfermero se lleva al viejo a vivir a su casa, “para pasar a tener –-detalla el guionista Andrés Duprat– la gallina de los huevos de oro”. Pero el viejo no responde a los tiempos del sistema del arte, y la tensión se incrementa cuando el galerista presiona por obra, pero el viejo está librando otro tipo de batalla. “Se da cuenta de todo –intuye Laiseca–, pero no le importa demasiado. Yo creo que no es que no se dé cuenta sino que lo desprecia.”

“El público –explica Duprat– va entendiendo que el valor está en la mirada del artista y no en el objeto. No es la historia de un engaño, sino de una persona que entiende que hay valor en quien mira. Espero que se tome como que ‘el artista’ son los dos. Para ser artista hay que jugar un juego X. El engaño es muy tensionante; en algún momento se acaba lo que se daba; el enfermero empieza a tener cierta vida social. Y hay gente que podría llegar a descubrir que es el viejo el que pinta.” Sirve para desmentir que El artista se proponga ser una película de nicho profesional; con elementos de thriller, pretende varias capas de lectura, algunas contradictorias entre sí, que conducen –según Gastón Duprat– a “la humanización del enfermero devenido artista famoso”.

Como toda la producción de Laiseca –sus recitales de cuentos de terror, sus clases de un taller literario–, la actuación muda (en verdad tiene sólo un texto: Pucho, pucho..., repite por los pasillos del geriátrico) apunta a bosquejar una metodología y una teoría de la creación literaria. “Digo siempre a mis alumnos de narrativa –señala en el rodaje– que el escritor bueno también es actor, porque para serlo tiene que hacer vivir y actuar por dentro a sus personajes. Y de ahí a proyectarlo hay solamente un paso. Si no, tus personajes no viven. La única manera es actuarlos por dentro. Incluso uno los hace hablar por dentro para ver cómo hablan, y si algo salió mal se reescribe para que ellos mismos no digan: ¿Para qué vas a hacerme decir ‘boludo’, no te das cuenta de que yo no hablo así?”

–¿Qué coincidencias encuentra entre su personaje y su perfil de escritor?

–Entiendo que pueda haber una persona así, como este artista. Pero a mí sí me importan el mundo y sus cosas. Me han preguntado: ¿en qué horarios escribe? Y yo lo hago cuando puedo. Tengo que afanarle tiempo a otras actividades, a mis relaciones, a mis actividades laborales....

Dios y el demonio

El rodaje de la escena del día desentumece la jerarquía del mundo intelectual sobre otras castas. Aquí, reconocidos pensadores hacen de idiotas. Es conocida la vocación de la dupla por la ironía –en producciones televisivas y en la reciente Yo, presidente–, pero el guionista del film desmiente que pueda englobarse a El artista en esa tradición de autor. “La película no será irónica; es bastante fácil reírse del mundo del arte contemporáneo. Acá se muestra una realidad, y la realidad per se es durísima. El que compra obra y el artista pertenecen a planetas distintos. Parte de la obra es cómo hacer relaciones públicas y cómo moverse en ese sistema. Con lo crudo que se muestra ya es suficiente: está plagada de reflexiones sobre el arte contemporáneo.” En ese plan, las participaciones de Fogwill, Laiseca, Ferrari, González precisan el tenor de la reflexión: tan mudos y fugaces, quedan ligados a la figura del extra (la más devaluada del sistema del show) y no a la bajada de línea, como si sentaran las bases de lo que significa –para Cohn/ Duprat– proponer un debate: no cargar las tintas.

Según su balance personal de lo que va del rodaje, Gastón Duprat dice que “hay mucha precisión en la forma, no así en el fondo, por suerte. El tono de la ficción es propio, porque sucede que lo real-real nunca da verdadero. Como directores querríamos que este rol sea contundente y que lo que mostramos sólo nosotros lo podamos mostrar. Laiseca, si bien no es actor, transmite muchísimo con austeridad, y Sergio (Pángaro) resultó un actor meticuloso y con muchísima sustancia”. El propio Pángaro devuelve la gentileza cuando argumenta que “El artista es una metáfora de todas las artes, de cómo la obra se convierte en algo mercantil, pasible de ser un elemento de canje por dinero. Se desmenuzó este mundo con desapasionamiento, sin guardarse nada, al punto que se revelan ciertos resortes que producen un poco de temor. Andrés Duprat es una especie de Truman Capote de su ámbito”. Mientras, los debutantes solamente reciben elogios. “El humorismo de Fogwill es imparable –sigue Sergio Pángaro–. Junto con Ferrari eran el demonio y Dios.”

Compartir: 

Twitter
 

León Ferrari, González y Fogwill hacen de compañeros de geriátrico de Laiseca, un “artista plástico genial”.
 
CULTURA Y ESPECTáCULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.