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Jueves, 19 de marzo de 2009

MUSICA › ENTREVISTA A LA CANTANTE LOLI MOLINA

“Al sistema hay que saber usarlo”

Su música –canciones lánguidas con letras simples, acompañadas por una guitarra acústica en primer plano– ya se difundía a través de Facebook o MySpace, pero ahora tiene una carta de presentación formal: Los senderos amarillos, su CD debut, grabado con gran producción.

 Por Karina Micheletto

Tiene 22 años y ya es “una artista Day 1”, como la presenta su compañía. Su música ya suena en una película (la reciente Amorosa soledad). Tiene un disco nuevo que ahora sale a defender, con temas propios y una versión de “Karma Chameleon”, aquel hit de Culture Club. Canciones lánguidas con letras simples, una voz dulce, casi hipnótica, seguida por una guitarra acústica siempre en primer plano. Y compañías como Nico Cota en la producción (Luis Alberto Spinetta, Illia Kuryaki & The Valderramas) o Javier Malosetti y Guillermo Vadalá en los bajos. Se llama Loli Molina y por estos días está presentando su disco Los senderos amarillos en una serie de shows: hoy a las 21.30 en Thelonious (Salguero 1884, repite el próximo jueves), mañana a las 19 en The Coffee Store (Alicia Moreau de Justo 1700).

“Al sistema hay que saber usarlo”, dispara Loli, sonrisa encantadora, citada para la nota en la empresa grabadora. “Estas compañías gigantes tienen sus pros y sus contras. Pero no por ser grandes dejan de trabajar aquí personas. Y a mí lo que me interesa es la escala humana, en todo lo que hago.” Así que Loli se mueve despreocupadamente por el edificio de Sony BMG, pasea su mochila JanSport, saluda y se abraza aquí y allá. Y aquí está, con un primer disco grabado por una multinacional, en el estudio ION, con Javier Malose-tti, Guillermo Vadalá, Andrés Beeuwsaert, entre los músicos que la acompañan. Y si bien en estos tiempos que corren es probable que sean muchos más los que hayan escuchado su música por Facebook o MySpace que los potenciales compradores de su disco, hela aquí con la maquinaria de promoción de la compañía puesta a su disposición.

“Estar acá me dio la posibilidad de grabar el disco que yo quería, en el estudio que yo quería, con los músicos que quería. Me tratan súper bien y no se meten con mi música”, agradece. ¿Contras? Apenas ceder en el arte de tapa (en un primer disco siempre debe aparecer la foto del que graba, reza el precepto) o acortar la cantidad de tracks. “Yo hago lo mío y ellos lo suyo: vender discos. No vienen a decirme: sacá esto de esta canción, cambiá esto. Está todo más que bien.”

Todo empezó un par de años atrás, cuenta: grabó el clip para su corte de difusión con el videasta Nahuel Lerena, que la contactó con productores de Sony BMG. Al año estaba en este mismo lugar, con su guitarrita, mostrando sus temas. Gustaron. En el transcurso de ese año ocurrió lo que ahora se menciona como parte de su promoción y que ella se pregunta cuándo dejará de ser un dato sobre el cual ser consultada en las entrevistas. La llamó Juana Molina (no son parientes, sólo comparten apellido) para invitarla al Festival Buenos Aires Folk en La Trastienda. Le había gustado mucho lo que hacía.

Loli estudió en la Escuela de Música de Buenos Aires durante el secundario, más tarde hizo unos años de la carrera de Composición en la UCA. “Ahí tenía profesores pero no maestros, alguien que te siga, que te pase su saber. Y algo que me sacaba: era una carrera de música donde casi nadie tocaba.” Nada de herencia familiar, al menos no directamente: “Mi papá tiene una gran sensibilidad, pero nunca la desarrolló, su trabajo no tiene nada que ver con lo artístico, es broker naviero. A mi vieja le encanta el arte, habla cuatro idiomas, tiene una cabeza re-abierta, pero nunca tomó la música como un canal de expresión”, cuenta. La música de su infancia, claro, está en sus canciones. “Como ‘Karma Chameleon’, que estaba en mi mente y yo ni sabía que la sabía.”

Chica sin televisor, casi sin Internet, de lo más mansa y tranquila: “Vivo en un frasco”, asegura. En su corta vida trabajó haciendo bases de datos para una empresa de sistemas (“estuvo bien, pude comprarme mi guitarra”), dando clases de canto y guitarra para chicos (“un chico de siete pidiéndote que le enseñes su canción favorita de Frank Sinatra, ¡es de lo más hermoso que me pasó!”). Ahora trabaja de música. “Es rarísimo, pero éste también es mi trabajo. De un tiempo a esta parte salen más fechas, tengo que organizarme para salir a tocar afuera, para venir a esta nota, por ejemplo, ser seria en lo que hago. Lo tomo como un trabajo, claro. Y si lo hago, es porque quiero.” ¿Y qué quiere de aquí en más? “Tocar mucho, viajar. Tocar para mucha gente. Ser y vivir de la música.”

Loli sigue hablando de cómo fue “eyectada” de su casa cuando avisó que no pensaba terminar la carrera de Composición, de la crisis familiar posterior, del departamento que comparte con una amiga, de sus planes de mudarse con su novio, de esto de tomar la música como un trabajo (“hasta que ya no me genere pasión o hasta que tenga ganas de trabajar de otra cosa”) y de aquella frase de un tío que hoy le suena cierta: “Las patadas en el culo sólo pueden empujar para adelante”. “La verdad, pasó todo muy rápido, pero a mí no me parece rápido, porque todo me llevó mucho trabajo. Yo quería hacer un disco, tengo el disco. Quería vivir de esto, lo estoy haciendo. Estoy atenta a mi deseo, y todo lo que quiero, se da. Tengo que tener cuidado con las cosas que deseo, ¿no?” Lo dice con tanto encanto, Loli Molina, que es casi irreverente.

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Loli Molina actuará hoy y el próximo jueves en Thelonious y mañana en The Coffee Store.
 
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