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Lunes, 25 de mayo de 2009

MUSICA › 6ª EDICION DEL ENCUENTRO DE MUSICOS EN ROSARIO

Poner luz donde hubo muerte

En tres sedes –una de ellas el Centro Popular de la Memoria, ex centro de detención durante la dictadura– y durante cinco días, confluyeron la música y diversas propuestas culturales. Más allá de los recitales, fue notable el interés despertado por los talleres y las charlas.

 Por Cristian Vitale

Desde Rosario

El trueque implica un buen augurio: “Ex centro de detención, tortura y desaparición de personas 1976-1979; (actual) Centro Popular de la Memoria”. En el inmenso patio de aquella siniestra jefatura policial de Rosario, cuatro pibes juegan un picado con una pelota de goma y otros andan en bicicleta. El lugar impresiona. Hay túneles y una torre. Desniveles aéreos y terrestres. Calabozos bajo el nivel del mar y una atmósfera densa por lo que implica: aquí se torturó y se mató. Sí. Pero la reacción –por la positiva– no tardó en llegar: con una intención muy parecida a la aplicada en la ex ESMA –poner luz donde hubo muerte– el sitio se transformó en un espacio para el arte libre: pequeñas obras de teatro, deportes al azar, cine, el museo de Ciencias Naturales... un lugar donde estar en la de por sí inquieta Rosario.

Y aquí emerge eso del buen augurio: las iluminadas aulas de la Plaza Cívica es el espacio elegido por quienes motorizan el Encuentro de Músicos –sexta edición– para activar sus talleres y charlas. Es jueves y en la Sala B el ensamble de bajos de Guido Martínez muestra lo que puede el instrumento cuando se lo aplica a la música de raíz: impecable. En otra, Miguel Pérez, Perecito, viejo entendido en la lírica del folklore, habla de zambas. De salteños y borracheras. De amanecidas. La gente toma mate y el silencio general hace que el pequeño amplificador sobre. Mucho interés, muchos interesados.

Es imposible contar sobre este encuentro, organizado por un colectivo de músicos y docentes, y financiado por la gobernación de Santa Fe, si no se repara en el detalle: 300 personas se inscribieron en los talleres y cantaron presente en cada cual. El Colo Belmonte con su folklore a batería; Fernando Carmona y sus grupos vocales; Lilian Saba; José Luis Castiñeira de Dios... una agitación y un enganche sólo posible en una ciudad esponja como ésta, donde todo arte es posible, interesa. Y se deja confluir por diversidades estéticas y regionales. Rosario es como su mirada al río, abierta e inclusiva. Histórica y contemporánea.

Tampoco es posible contarlo si no se mira a la parte “gruesa” del encuentro –los recitales en sí– como parte inevitable de lo mismo: unir. No es que Teresa Parodi, Juan Baglietto, el Chango Farías Gómez o el Dúo Salteño –los números fuertes– llegaron aquí para dar su concierto, cobrar plata y pegar la vuelta. No. Llegaron para integrarse, aunque sea por unas horas. Para ser parte de un todo, cuya intención vivificadora es parte medular del Encuentro. Ejemplos: cuando el Chivo Valladares dice, en el reportajedocumental que se trasmite por la pantalla del Teatro de la Comedia, que la lucha más importante del siglo va a ser la del capitalismo contra la gente hambrienta, se está zambullendo –post mórtem y mediante Leopoldo Deza– en el espíritu del encuentro. Cuando la Parodi, siempre tan sincera y visceral, se regocija con la continuidad de la música popular “la verdadera, no la descartable a la que nos tienen acostumbrados los medios”, también está clavando la misma bandera. Y cuando el Chacho Echenique, la mitad del Dúo Salteño deja que todo el teatro, lleno, entone una emotiva versión de “La Pomeña”, está queriendo que se note. La afinación del coro es impecable: es gente del folklore, el de siempre. El que recupera, resignifica y renueva una vieja estética muchas veces vapuleada por los caprichos lucrativos de algún productor.

Cinco días, entonces, de confluencia: talleres, conciertos y charlas. Tres sedes y mucho de fondo para destacar: la voz indestructible de Baglietto; el ascenso popular de José Luis Aguirre; la sutileza y el intimismo del Dúo Tritten-Bonfiglio que agradecen por el “silencio hermoso” a los alumnos; el Atahualpa Zen que tan bien rescata José Ceña –significativa su mirada sobre “Punai”–; el brillo que el Mono Izaurralde propone como parte de la banda de Silvia Pérez; la voz aguda y demasiado lírica de Juan Iñaki en “Maturana”; el chamamé aplicado a todo de la Parodi y del Javier Colli Trío; el emotivo homenaje a dos guitarras para Remo Piñoni a cargo de Víctor Rodríguez y Osvaldo Muñoz –trascriptas de las originales escritas para piano– y la intervención del Dúo Salteño, no sólo por sus grandes versiones –aún sólidas– de “Doña Ubenza” y “Zamba de Juan Panadero”, con los duendes del Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla sobrevolando la sala, sino por el compromiso de comulgar con una fecha (el 40 aniversario del Cordobazo) capturando un viejo fresco de Armando Tejada Gómez: “Si me voy de mayo a junio / Si vuelvo de junio a mayo / De mayo traigo este grito / Rebelde y desmesurado / Para despertar en junio / las raíces de allá abajo”.

Suma y síntesis de un desafío que nació para existir.

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Teresa Parodi abogó por “la verdadera música popular”.
Imagen: Gentileza Alexis Kanter
 
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