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Sábado, 30 de mayo de 2009

MUSICA › NOTABLE RECITAL DE FITO PáEZ EN EL LUNA PARK

La adrenalina vuelve con la madurez

Acompañado por los Killer Burritos, el músico rosarino mostró su faceta más “rockera”, revelando nuevos encantos para clásicos como “La vida es una moneda”, “A rodar la vida” y “Circo Beat”, entre otros. “Estamos más viejos, pero no hemos perdido las mañas”, dijo Fito.

 Por Facundo García

Cuando algunos creían que Fito Páez no iba a salir de la parsimonia, el músico volvió al Luna Park con dos shows que por momentos se llevaron puesto al sector más “arjonero” de sus fans. Los que extrañaban la vena rabiosa del rosarino se habían ilusionado con las apariciones recientes, en las que había quedado claro que la banda que lo acompaña –los Killer Burritos– resalta sus virtudes y lima un poco su histrionismo. Y la corazonada se confirmó el jueves en un regreso contundente. Fueron dos horas y media apuntando alto, llegando tan arriba que más de un admirador comentó que hacía mucho que no se veía al ídolo en esas condiciones.

Por lo demás, el reencuentro con la potencia le trajo al artista una frescura que estaba haciendo falta. Un aire que le sirve no sólo a él, sino también al grueso de los espectadores, que daban un retrato perfecto de las generaciones que rondan entre los veinticinco y los cuarenta. La fila para entrar al concierto era un muestrario de oficinistas no vocacionales –con sus diversas variedades de ex hippies–, uno que otro pelado de ésos que se rapan “para tener onda” y mujeres que supieron transcurrir los ochenta usando walkman del tamaño de una riñonera. Llamativamente, no hay pistas de que Páez haya renovado su público, y el hecho de que abriera con “Tratame bien” –la canción que hizo para el unitario homónimo que protagonizan Julio Chávez y Cecilia Roth por Canal Trece– reforzó la sospecha. “Ya ves, el tiempo pasó/La vida se nos vino encima”, entonó el flaco, y seguramente sabía que en esos versos se conectaba con buena parte de los presentes.

Siguió “Salir al sol” y el sonido comenzó a sorprender. Sobre las tablas había dos guitarras –a las que eventualmente se sumaba la de Páez–, teclados, bajo y la batería; todos con las perillas del vedetismo al mínimo y las del rock rozando el tope. Hasta “11 y 6” sonó poderosa en esa primera etapa de trajes negros y velocidad. Tal como venía sucediendo últimamente, resurgieron tracks de Ey! y de Giros. Las señoras aplaudían instintivamente; y los admiradores más antiguos se miraban asombrados. Si “Eso que llevas ahí” y “Enloquecer” bajaron un poco los decibeles, la aparición de Juanse –“una de las grandes estrellas del mundo”, según el anfitrión– evidenció que quedaba gasolina para rato. Pálido, con galera y ropa oscura, el frontman de los Ratones Paranoicos aportó su carne para “Naturaleza Sangre” y otros temas y ayudó a que cuajara otra de las conclusiones posibles que dejó el espectáculo. A saber: que revisitar ciertas placas de Fito en clave de rocanrol puede revelar encantos que se creían perdidos.

La apuesta se afianzó tras “Sigue Girando” –el hit de los Ratones–, que ahí nomás recibió el cross eléctrico de “Polaroid de locura ordinaria”. Pasado un interludio con los Burritos, Fito reapareció de saco gris y remera roja y se sentó sólo frente al piano para inaugurar el tramo acústico. Fue el punto cumbre para aquellos que habían ido a buscar toques melódicos. En una larga secuencia –que contó con trabajados arreglos pianísticos– se fueron enlazando “El amor después del amor”, “Dos días en la vida”, “Volver a mí” y “She’s mine”. La silueta de anteojos siguió dándole a las teclas, con himnos como “Tumbas de la gloria” y “Dale Alegría a mi corazón”. Para entonces, el ida y vuelta con la multitud estaba afinadísimo, aunque tampoco ahí hubo sofisticaciones teatrales. Sólo un hombre, unos teclados, dos grandes pantallas en blanco y negro y unas luces.

La sensación de que era una suerte de regreso a los orígenes se repitió en el instante en que Páez empezó a hablar de su Rosario natal. “Estamos más viejos, pero no hemos perdido las mañas”, bromeó, e invitó al escenario a sus coterráneos Carlos Vandera y Gonzalo Aloras. Juntos pintaron un lienzo nostálgico con los sonidos de “La rueda mágica” y “Normal 1”. “Uh / No extraño ninguna fascinación / ni un poster ni una Gibson Les Paul / porque la pude comprar”, quiso improvisar Fito. Qué se le va a hacer, nadie es perfecto.

La invasión rosarigasina continuó. “Cuando mi barrio era como una ciudad imaginada por Oesterheld –se emocionó el protagonista de la velada– había un grupo de colegas que la pelearon y que vieron algo en ese pibe que era yo.” Era el turno de Juan Carlos Baglietto, que cantó “Contigo” –de Joaquín Sabina– y la vieja pero vigente “La vida es una moneda”. Hubo ovación y cantitos, ¿terminaría en nostalgia lo que había empezado con semejante ímpetu?

En absoluto. Así como la enumeración de principios de “Al lado del camino” volvió a levantar las distorsiones, “Brillante sobre el mic” generó una de esos paisajes en los que se tiene la certeza de que todos alrededor están recordando a alguien. Faltaba el plato fuerte. De golpe, una versión de “Circo Beat” dejó paso al riff de “Heartbreaker”. Sí, el cada vez más canoso ruludo rapeó “Tercer Mundo” sobre el clásico de Led Zeppelin. Inmediatamente –y a cuatro violas, contando a Juanse–, “Ciudad de pobres corazones” sonó como nunca debió haber dejado de sonar. Más tarde, la sutileza de “Un vestido y un amor” fue como tomar carrera para el homenaje a Charly García que se concretó con “Cerca de la revolución”; previo paso de Fabiana Cantilo en “A rodar la vida”. El final con globos y “Mariposa tecnicolor” resultó un poco cotillonero, pero le puso el sello a un mensaje claro: esa noche en el Luna no se estaba estrenando nada, salvo –quizás– un nuevo Fito Páez.

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Fito concretó un show contundente ante un público incondicional.
Imagen: Mariana Copland
 
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