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Lunes, 21 de diciembre de 2009

MUSICA › FESTIVAL CREAMFIELDS, EN EL PARQUE ROCA

Un gran parque de diversiones

Desde el mediodía del sábado hasta la mañana de ayer, unas 40 mil personas disfrutaron del tradicional encuentro de música electrónica. El festival debió trasladarse al barrio de Lugano después de que lo suspendieran, un mes atrás, en GEBA.

 Por Luis Paz

La intención original fue comenzar este artículo con el testimonio de algún oftalmólogo que pudiera explicar, con precisión clínica, cuál es la necesidad de utilizar lentes de sol durante la madrugada; pero fue imposible conseguir una consulta con alguno este domingo. Entenderá el lector, pues, que lo que se le pueda ofrecer en este relato de lo que ocurrió anteanoche y en la mañana de ayer en la novena edición del festival de música electrónica Creamfields sean imágenes recolectadas de una manera muy poco científica, en verdad. Y ojalá sepa disculpar.

Para su público más férreo, la Creamfields 2009 comenzó a ser hace un almanaque, el 9 de noviembre de 2008, cuando acabó su octava edición y, con esa clausura, se dieron los primeros pactos: “Hasta el año que viene”. Casi que así ocurre, con unos días de antelación, el pasado 7 de noviembre, pero la reprogramación del festival por “irregularidades en la habilitación” extendió la espera y les dio a algunos otra chance para ahorrar y adquirir las remeras Christian Audigier y los zapatos exclusivos que caminaron el Parque Roca entre el mediodía sabático y el amanecer dominical. Y el motivo para despotricar contra los cambios de grilla que dejaron a Orbital y el músico demodé David Guetta fuera.

Pero tras más de 400 días de espera, hubo una nueva celebración, de esas tan particulares como ésta, que estimula un clima en el que cada mínima sonrisa se vuelve fácilmente carcajada, de las del tipo ‘‘Ji, ji, ji’’: con los ojos ciegos bien abiertos y elevando plegaria para que nadie mire ni prenda la luz y que la imagen no se desfigure del todo.

A la medianoche, los vecinos de Lugano, tan acostumbrados al gris de monoblock, prácticamente quedaron cegados por la paleta multicolor que, en forma de fila, presentó desde un muchacho con mameluco de nylon, careta de conejo y un machete (de cotillón, claro), hasta los vestidos más cortos y escotes más profundos que alguna vez hayan recorrido la avenida Roca, por fuera de aquellas personas en situación de prostitución. Las botas de equitación fueron regla táctica, pero aún así, sus portadoras evitaron los extensos charcos que aportaron las fuertes precipitaciones de las primeras horas del sábado con mayor minucia que aquellos de zapatillas y hasta ojotas en combo con shorts. Inconsistencias irónicas de un público heterogéneo y poligeneracional.

Con menor despliegue espacial que en otras ediciones, Creamfields ’09 prestó cuatro escenarios: un Main Stage, una White Arena, otra carpa con patrocinio de la bebida energizante Speed (¡cuándo no las burbujas cerca de otro de estos megaeventos musicales!) y hasta la misma cancha de tenis en la que se jugó la Copa Davis como espacio para un baile descaderado y descabellado de cuatro mil decenas de caras anónimas. Por ellas pasaron, desde bien temprano, algunos de los mejores exponentes locales del dub, el minimal tech, el prog house y el trance, con destacables shows de Dancing Mood y el ascendente combo Nairobi, que cerró así un año crucial que parecía coronado tras su trabajo con Mad Professor, pero tuvo la cereza con el cierre argento del Main Stage, cuando el domingo empezaba a latir con bombo en negra.

En franca disparidad con las atracciones extranjeras (porque, en fin, Creamfields es un gran parque de atracciones audiovisuales cinéticas), los DJ locales Sergio Athos, Big Fabio y Alejo González pusieron aire electrizado en el Speed Bar, donde ingestas de por medio (de agua a $10, vino espumante con energizante a $15 y de otras cosas también) los epilépticos bailarines pudieron recuperar energía viendo a chicas descontrolar las tarimas y a chicos exponiendo su física anabólica.

Pero los principales números los tenían los visitantes en el Main Stage. El productor y pinchadiscos holandés Tiësto, con sampleos de Madonna, U2, Red Hot Chili Peppers y MGMT, unificó aún más al ala rockera de los asistentes con sus pares electropoperos y clubbers, prácticamente vaciando los demás espacios. Un rato después, el gurú actual del minimal tech de vanguardia, Richie Hawtin, presentó allí un set de contundencia letal, con visuales en consonancia: minimales, apenas consistentes en algunos círculos saltarines y multicolores que parecían más una trasmisión televisiva del funcionamiento hemodinámico que un agregado para un espectáculo que todos bailaron y pocos vieron.

En tanto que Tiësto y Hawtin hacían lo suyo, el argentino Mauricio Barembuem partió en dos la noche en la White Arena, con visuales explosivas y, en discordancia, un set no tan contundente. El mismo espacio ocupó luego Jeff Mills, que también debió hacer un brutal esfuerzo de concentración para no perderse en los sonidos propuestos desde el Main Stage. Ese fue otro de los inconvenientes del cambio de lugar de GEBA al Parque Roca: las distancias se acortaron y, con ellas, el espacio necesario para que las músicas ajenas se disipasen. James Zabiela y Guy Gerber, otros codiciados valores de la Cream de este año, cumplieron tanto como M.A.N.D.Y, Timo Maas y el público.

Para cuando las barras entraban en desabastecimiento de hielo, el público menos sustancialmente motivado se retiraba y el predio se recibía de gran chiquero con una extensa base de fango, latas, vasos y blísters, Hernán Cattáneo premió el aguante de los otros con un nuevo set predecible pero motivante. Y la fiesta siguió, hasta bien entrada la mañana. Y ya empezó la Creamfields 2010, si es que llega a ocurrir.

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Un público heterogéneo y poligeneracional participó de la fiesta.
 
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