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Martes, 1 de junio de 2010

MUSICA › A LOS 62 AñOS, MURIó AYER RUBéN JUáREZ, VíCTIMA DE UN CáNCER

Al tango le faltan un fueye y una voz

Fue uno de los grandes intérpretes que dio el género en los últimos cuarenta años. Encarnaba el tango como ninguno, sin que esa identificación lo limitara a la ortodoxia musical. Y llenó Buenos Aires de noches inolvidables, en Caño 14, en Café Homero, o donde fuera.

 Por Karina Micheletto

Fue un hombre que cantaba y tocaba el bandoneón con la misma fuerza visceral. Con la misma profunda convicción de que había en ese tango que él encarnaba algo del orden de lo urgente, algo necesario, imprescindible aquí y ahora. Decía mucho, Rubén Juárez, con su bandoneón y con su voz, a los que reunía en un fraseo único. Murió ayer, a los 62 años, víctima del cáncer. Muy joven, con mucho aún por decir, con mucho también dicho.

Juárez encarnaba el tango y eso podía comprobarse al escuchar sus discos viejos o sus discos nuevos, y también al escucharlo conversar, al verlo moverse, tratar a la gente. De modos porteñísimos, había nacido sin embargo en Ballesteros, Córdoba, aunque creció en Avellaneda, donde se hizo hincha de Racing, al que le dedicó un tema (el tangazo “Se juega”, con el que habla del club de sus amores, pero también de él mismo).

Juárez comenzó a estudiar bandoneón a los 6 años, y a los 9 ingresó en la Orquesta Juvenil del Club Independiente, sin que este hecho lograra torcer su opción futbolera. En la adolescencia tocó también la guitarra, llegó a ser “Jimmy Williams” en bandas de rock. Pero pasó a ser definitivamente Rubén Juárez irrumpiendo con su voz, a fines de los ’60, cuando el tango todavía no terminaba de elaborar el duelo por Julio Sosa. De Sosa, Juárez siempre se declaró “fana”, como él decía, y en cierto modo en un principio llegó para ocupar ese rol de varón del tango, aunque con los años eligió un camino que fue haciendo a su manera.

Antes de crear Homero, el boliche que se hizo mito, hubo otro bar del tango al que quedó ligado su nombre: Caño 14, donde compartió cuatro temporadas con Aníbal Troilo, quien lo adoptó oficialmente como su ahijado artístico. Las biografías indican que fue allí donde Troilo lo conoció. El bandoneonista Raúl Garello, sin embargo, reveló ayer en el programa radial Una vuelta nacional que fue al revés: Pichuco lo escuchó cantar por radio, y en esa primera escucha le quedó claro que era un artista de otra estatura. Lo mandó a llamar para que cantara en su orquesta, algo que no pudo concretar en ese momento porque ya tenía compromisos asumidos.

De cualquier modo, pronto se impuso como nueva figura de la canción ciudadana. Atravesó momentos duros para el género, el momento del repliegue, hizo su camino a su modo. Es una frase común en el tango que era un músico irrepetible. El lugar común se ajusta a la realidad si se tiene en cuenta que fue un artista que eligió tomar su propio sendero, por momentos en solitario, a contramano, aunque siempre con puentes tendidos con tantos colegas con los que profesaba mutua admiración.

Desde Para vos, canilla, que grabó en 1969 para Odeón, su discografía fue extensa y generosa. Están los temas que grabó en los ’70 con arreglos de Armando Pontier, por ejemplo. Están discos con búsquedas extratangueras como Piedra libre, de 1984, con arreglos de Litto Nebbia. Están los recorridos como el de El álbum blanco, que muestra al Rubén Juárez de los primeros 35 años de carrera. En el escenario, en el vivo, todo eso adquiría otro espesor. Juárez era impredecible, irrepetible, nuevo cada vez. Cierta forma de la desmesura, que era parte de su personalidad, de su ser, aparecía capitalizada en su música, con resultados extraordinarios.

La riqueza del fraseo de su bandoneón era ilimitada. Hace poco pudo escucharse y verse por la tele: en un capítulo sobresaliente del ciclo de Encuentro en el estudio, por Canal Encuentro, Juárez toma en un momento su bandoneón. Un acto cotidiano, puede pensarse. Un acto extraordinario, se escucha en su versión de “Malena”. Dejó varios proyectos truncos: su nombre estaba, por ejemplo, entre los protagonistas del ciclo Tango y jazz programado en el Centro Cultural Torquato Ta-sso. Y era una de las patas de la reciente incursión tanguera del gitano Diego El Cigala; el motor que lo impulsó, en un encuentro casual, según contó el cantaor a este diario. De esa apuesta finalmente se bajó, cuando la enfermedad ya había avanzado.

Puso también su fraseo en el folklore: grabó con Los Cuatro de Córdoba, por ejemplo, cantó en Cosquín con Soledad. Pero la muestra más acabada de su apego al género la solía repetir en una anécdota: en su estilo exagerado contaba que Atahualpa Yupanqui “se había muerto en sus brazos”. Con él había compartido aquella última actuación en Nimes.

Se había ido a vivir hacía unos años a Carlos Paz, a una casa que le regalaba una hermosa vista abierta al lago. Pero decía que necesitaba viajar cada tanto a Buenos Aires, “a chupar un poco de asfalto”, como condición de creatividad tanguera. “Quiero armar cosas nuevas, dirigir a nuevos cantores, contarles del misterio del tango, de sus letras y sus personajes”, decía. Esa era su búsqueda de los últimos años, la proyección que dejó en su hija Lucía, cantante, con quien compartió espectáculos.

En una entrevista publicada en este diario en 2005, Juárez hablaba sobre esa costumbre argentina de recordar que los artistas están vivos cuando se mueren, a propósito de la muerte de Eladia Blázquez, para quien él había compuesto un homenaje junto a Chico Novarro: “Yo empujo tanto para que a mí me hagan las cosas ahora, que no esperen a que me muera... En ese sentido, mi hija es una guerrera, y mi mujer, Silvia, ni le cuento: ellas empujan más que yo. Hay que hacerlo ahora, no es para joder. Si no te nombran ciudadano ilustre cuando estás vivo, ¡¿cuándo?! ¡Lo quiero ver! ¡Si me quieren premiar, prémienme ahora, déjense de joder!”.

El pedido había sido inesperadamente cumplido, se contaba en la entrevista, cuando Atilio Stampone se acercó a aquella charla, unos minutos después, y le avisó que ese año le iban a dar el Konex de Platino como mejor cantante masculino de tango. Hubo otros reconocimientos en vida, vendrán otros de ahora en más. Como Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, anoche lo velaron en la Legislatura porteña.

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Juárez había nacido en Córdoba, creció en Avellaneda y siempre volvía a Buenos Aires, “para chupar un poco de asfalto”.
Imagen: Daniel Jayo
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