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Sábado, 28 de agosto de 2010

MUSICA › EL PIANISTA ANDRáS SCHIFF SE PRESENTó EN EL TEATRO COLóN

La asombrosa modernidad de Beethoven

El músico húngaro, uno de los máximos intérpretes de piano en la actualidad, brindó dos conciertos memorables. Uno como solista, para el Abono Centenario del Colón. Y el jueves fue el solista de la Filarmónica de Buenos Aires.

 Por Diego Fischerman

András Schiff se niega a llamar “Claro de luna” a la sonata de Beethoven que todos conocen por ese nombre. No lo es. Porque, dice, esa sonata ya tiene un nombre, puesto por el propio Beethoven: “Quasi una fantasia”. Ese detalle, buscar en la propia obra y en su escritura aquello que tiene para decir sintetiza a la perfección, en todo caso, el estilo del pianista. El martes tocó solo, para el Abono Centenario del Colón, comenzando precisamente con esa sonata que Beethoven presentaba como “casi una fantasía”. Y el jueves fue el solista del concierto de la Filarmónica de Buenos Aires y, con dirección de Arturo Diemecke, interpretó el Concierto Nº 5 de ese autor. Fueron dos actuaciones memorables y, en ambos casos, pusieron en escena la poderosa modernidad y el efecto revelador de una concepción filologista y ceñida a la más absoluta literalidad que, por otra parte, no desdeña ninguna de las posibilidades interpretativas del piano moderno.

En su concierto solista, Schiff rondó los límites del género que, en los siglos XVIII y XIX, se constituyó en terreno de abstracción. La Sonata Op. 27 Nº 2, ya desde su apelación a la idea de la fantasía, rompe con el género y, en el final del concierto, la Sonata Nº 21 en Do Mayor Op. 53 dedicada al conde Von Waldstein llevaba sus reglas hasta un abismo o, por lo menos, un nuevo punto de partida. Y entre ambas obras, el pianista tocó la primera de las sonatas de Schumann y su fenomenal Fantasía en Do Mayor Op.17 (nuevamente sonata y fantasía como puntos de tensión). Y ya en el comienzo de la “quasi una fantasia”, con el escrupuloso respeto a la indicación beethoveniana “debe tocarse esta pieza delicadísimamente y sin sordina”, plasmó su mundo interpretativo. El efecto buscado por el autor fue el de una bruma, con la resonancia de todo el instrumento, y Schiff lo tocó exactamente así, delicadísimamente y sin sordina (indicación que en tiempos de Beethoven, y de pianos muy poco resonantes, implicaba el uso del pedal resonador).

Más allá de la facilidad y la naturalidad que Schiff transmite, fue asombroso su dominio del color, su manera de lograr timbres y densidades diferentes según los registros –incluso simultáneamente, como en la Waldstein– y la absoluta liviandad de un fraseo que, no obstante, nunca perdía la fuerza y el impulso. Un Impromptu de Schubert, una de las Canciones sin palabras de Mendelssohn y el primer movimiento del Concierto italiano de Johann Sebastian Bach fueron la generosa respuesta del pianista a la ovación del público.

Para su actuación con la Filarmónica el Colón volvió a estar lleno hasta el tope y volvió a aplaudirlo con fervor durante largos minutos. El Concierto Nº 5 de Beethoven había sido interpretado de manera extraordinaria y también en este caso su toque, casi de clavecinista, había sobrevolado las texturas de la orquesta que, dirigida con justeza por Diemecke, fue una socia exacta. Como bis, Schiff, aplaudido también por la orquesta y el director sobre el escenario, tocó el Arabesque de Schumann. Prodigiosamente su sonido fue otro, su fraseo se espesó y Schiff brindó una verdadera lección de rubato. En la primera parte del concierto la orquesta había tocado la virtuosa Till Eullenspiegel, de Richard Strauss, y el Adagio de la inconclusa Sinfonía Nº 10, de Gustav Mahler. Pareja en todas sus filas, sensible a las marcaciones del director y homogénea en su fraseo, se destacaron los solistas de flauta y corno así como su concertino Pablo Saraví. En la obra de Mahler, la interpretación fue intensa y ya desde la exposición, a cargo de la fila de violas, se mantuvo un intenso clima expresivo. Diemecke, que logró además una precisa diferenciación estilística entre las tres obras, se abrazó al final del concierto con el solista. Y el abrazo fue merecido para ambos.

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Schiff sabe buscar en la obra y en su escritura aquello que tiene para decir.
 
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