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Miércoles, 29 de septiembre de 2010

MUSICA › JUAN VATTUONE Y LOS TANGOS DE ESCúCHAME UNA COSA, VICENTE, SU NUEVO DISCO

“Por suerte, me despojé de la gomina”

Alguna vez se dedicó a la vertiente más tradicional del dos por cuatro, pero hoy se plantea “la responsabilidad de decir ciertas cosas que no se dicen demasiado”. Hoy y mañana mostrará sus nuevas canciones en Piedra y Camino y el Tasso.

 Por Cristian Vitale

Anita Vatt despliega una PC inalámbrica sobre la mesa y muestra lo suyo: una mezcla rara de tango, rap y danza hot que a veces, dice, muta en rock, country o jazz, pero siempre con el rapeo como eje. “Se lo debo a mi papá”, lanza, con el dedo en el enter, mientras resalta que la relación familiar pasa por ahí, por la poesía, la música y el baile. Juan, su padre, el hombre que canta tangos con voz de blues, el que Rubén Juárez ungió como “ahijado artístico”, le devuelve el saque. “Yo veo una continuidad en lo que ella hace, porque antes del tango estaban los payadores, ¿y qué hacían? Rapeaban, loco. Es como volver a las fuentes”, se ríe, protegido por una gorra verde clara. Juan y Ana Vattuone, padre e hija, intercambian elogios pero también críticas: dice ella, contrariándolo, que su rap no pasa por improvisar –como hacían los payadores– sino que está “guionado”. “Incluso, acordate que agarraba letras tuyas y las pasaba a otro ritmo”, le recuerda. Juan abdica. Apenas recala en la simbiosis que los mantiene unidos, más allá de la sangre: lo reo y lo lunfardo de él, referente inevitable del tango “under”, con el baile de Ana, profesora de danza. “Para mí los jóvenes no se acercaron al tango por las letras, se acercaron por la milonga. Los bailarines nos van ganando 8 a 0”, dispara.

Es Juan Vattuone, el ríspido cantante y autor de tangos actuales, motivado por su herencia, por el gancho de sangre que anida en Ana y en Julieta, su otra hija, también bailarina. “Hoy, el atractivo que tiene el tango en todo el mundo es el que se baila, no el que se canta y dice. Los espectáculos que se montan en Puerto Madero son un bluff, porque si le hablás a un pibe de 15 o 20 años de un conventillo no entiende nada, no conoce lo que es un convoy. Yo, cuando digo convoy, se creen que estoy hablando de John Wayne”, se ríe, ante la mirada cómplice de Ana. Va-ttuone está a mil. A punto de presentar parte del disco por venir Escúchame una cosa, Vicente, hoy a las 23.30 en Piedra y Camino (Humahuaca 3853) y mañana en el Tasso (Defensa 1575), conjuga su rol como actor en una película con fecha de estreno para el 18 de octubre –Boca de fresa, de Jorge Zima, con Rodrigo de la Serna y Erica Rivas en el elenco– y las clínicas de tango que da en el EcuNHi todos los jueves a las 19.30, bajo el rótulo de Los poetas del siglo XXI. “Esto es para que la gente conozca la cara de nuestros poetas de hoy. Que conozca cómo miran, les conozcan su voz. Esto es muy importante, es parte de la resistencia cultural.”

–¿Y de qué va Escúchame una cosa, Vicente? ¿Cómo engancha con la idea de resistencia cultural?

–Bueno, mi idea permanente es mostrar que hay tangos que pueden hablar de la actualidad, que no tienen que ver con el piletón, la vieja llorando o la melancolía. Escribí uno que se llama “Yo quiero una vida ma’mejor”, que habla de ilusiones y esperanzas porque, si bien ya no pienso en cambiar el mundo, sí me anoto en eso de embellecerlo un poco. Yo no estoy en la vereda de ese ingeniero que gobierna y apunta al tango for export, sino en la de aportar algo a los jóvenes como un tipo de 60 años que conoció a Julián Centeya, a Cátulo Castillo, Goyeneche o Rivero, y se ofrece como un puente. Yo arranqué a los 18 años cantando tangos tradicionales, pero, por suerte, me pude despojar de la gomina, de la actitud machista y conservadora que tuvo y tiene el género. Digamos que tomo la responsabilidad de decir ciertas cosas que no se dicen demasiado. Es bueno que, como poeta, abra el espectro de otros poetas que han escrito maravillosamente bien, y que la gente no juna, porque no los pasan por radio. Y ni hablar por la tele, porque estamos todos tinellizados...

–La temática eje del disco, o una aproximación a ella, parece profundizar la línea de Tangos al mango, su disco anterior. ¿Acuerda?

–Sí. Si tomamos como dato el tema “La chacón de mi naherma”, el tema que le había dedicado a una supuesta hermana, donde hablo de lo cuida que somos los chabones que no dejamos hacer nada a nuestra hermana, no queremos que coja, que salga con los amigos, y solo queremos que cuide a la vieja, estoy ironizando sobre algo que es una constante en el género: la madre inmaculada por un lado, y la culpa de las mujeres por otro. Hay cuatrocientos millones de tangos que hablan de las mujeres. Yo que tuve una mamá y dos hijas ironizo siempre con algo: cuando una pareja se disuelve la responsabilidad es de dos personas: de la mina, y de la madre de la mina. ¡Buenísimo!

El disco, con dieciséis piezas propias –en letra y música– grabadas en un estudio de La Boca, y fogoneado por León Gieco, es el sucesor de Tangos al mango (2005) y debe su juego de palabras a Vicente López y Planes y Blas Parera, con quienes Vattuone se encontró imaginariamente en un bar. “Ellos estaban medio breca porque nunca nadie les agradeció que hayan hecho el Himno y, además, porque no cobran un sope en Sadaic”, se ríe y sigue, más serio: “Es como una forma de sentimiento nacional y popular que defiendo, como cuando hablo de la dictadura y de los militares, ¿no? Muchos me juzgan cuando digo que el tango no ha dicho nada de la dictadura y los desaparecidos. Charly, León, Cantilo o Nebbia han dicho cosas, aunque hayan sido utilizados, pero en el tango poco se ha hablado de algo que nos pasó a nosotros, los argentinos, sobre los compañeros desaparecidos. Yo no tengo nada contra los militares, de lo que estoy en contra es de los genocidas. Digo, si San Martín se levantara de la tumba, condenaría a esos turros que hicieron lo que hicieron”.

–¿Cuál es su rol en Boca de fresa, la película que comparte con De la Serna y Rivas?

–El de un músico que hace todo lo contrario a mí. Un cantor que se pudre de todo y se va a vivir a una casa de piedra, porque lo garcan, le hacen grabar un disco que es una garcha, y se va a vivir a una montaña para hacer esculturas en piedra. Como si fuera Ciro el humanista, pero no... Me encantó hacer ese personaje, porque es un protagónico y yo siempre hago de árbol (risas).

–Seguro que son “diferentes”.

–Obvio: yo nunca viví en una casa de piedra... yo soy un piedra.

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Juan y su hija Anita, dedicada al rap: “Yo veo una continuidad en lo que ella hace”.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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