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Domingo, 10 de abril de 2011

MUSICA › FITO PAEZ, ANTES DE LA “DESPEDIDA” DE SU DISCO CONFIA

“Soy pisciano: organización y caos, todo a la vez”

El cantautor habla de su vínculo con el público, de los rituales en vivo y de su manera de relacionarse con la creación artística: “La música ya está allí, no necesita de ninguno de nosotros, funciona bien, entonces dejá, esperá que te llame”.

 Por Karina Micheletto

“No siento que estoy afuera si no estoy en el lugar de moda”, señala Fito, que el 30 de abril actuará en GEBA.< br />Imagen: Pablo Piovano.

Fito Páez dice que encuentra extraordinaria aquella frase de John Lennon: “La vida es eso que te va pasando mientras estás haciendo otra cosa”. La frase viene a cuento, cae redonda en un repaso de vida que llega hasta hoy, con un último disco luminoso ya desde el título –Confiá–, y a pocas semanas del concierto que dará el 30 de abril en GEBA, anunciado como una despedida de ese disco. Fito Páez tira una declaración inesperada: dice que se sorprendió cuando lo convocaron para ese estadio, porque hace años que su música ya no es tan popular. Y lo dice tan tranquilamente. “No siento que estoy afuera si no estoy en el lugar de moda”, dice también. “Siento que estoy viajando en el tiempo, y sobre todo criando hijos. En el medio también hago música, por supuesto, y me gusta el cine, y ahora escribo, hago esto y aquello. Pero la vida para mí es esa frase de Lennon, definitivamente.”

El repaso de los conciertos que dio por el mundo para mostrar este disco, y las salas en las que tocó, podría dar un carácter relativo a la declaración tan tranquila de Páez. O, sin ir más lejos, los dos millones de personas que festejaron con sus canciones el Bicentenario en aquella noche de mayo, frente al Obelisco y en un momento que será recordado por todo lo que estaba dejando en evidencia. La música fue parte de ese todo, y Páez señala que haber ocupado ese lugar lo hace sentirse un privilegiado. Pero de lo que está hablando es de otra cosa, y más que lo que dice –”estoy acostumbrado a pasar de tocar en un barcito para cuarenta personas a un lugar para millones, no es algo que me haga ruido”, por ejemplo–, la idea parece tener que ver con cierto modo que lo atraviesa. Cierta forma de estar en el mundo.

De lo que le está pasando a Fito Páez mientras está ocupado en otras cosas habla el piso luminoso en el que vive, donde se respira cierta dulce forma de felicidad doméstica. Para empezar el sol, para el que están abiertas las ventanas y corridas las cortinas. El rincón para la música, ordenado y cotidiano. Los hijos, de los que se adivinan prolijos rastros de presencia. De lo que lo ocupa a Fito Páez mientras le pasa la vida, habla el mismo Fito Páez: la despedida de Confiá en Buenos Aires, pero también el próximo disco que imagina como el primero de una serie, junto a Leo Sujatovich: una reunión de versiones de grandes temas del mundo a la que dará un título que es casi un manifiesto, Canciones para aliens. Está también la película que espera concretar para el año que viene, la novela que está terminando de escribir, y por la que agradece “haber descubierto una nueva pasión maravillosa, el goce de escribir en el tiempo”.

“Construcción”, de Chico Buarque, “El breve espacio en que no estás”, de Pablo Milanés, “Te recuerdo Amanda”, de Víctor Jara, “Sign of the times”, de Prince, “Ne me quite pas”, de Jacques Brel, “Somebody to love”, de Queen, “Across the universe”, de The Beatles, algún tango como “El día que me quieras”. Ese es el material que Páez piensa “recopilar y mandar al espacio, para que lo encuentre algún marciano”, en sus próximas Canciones para aliens. “Y a la vez son músicas de aliens, ¡los que escuchan eso ahora son unos freaks!”, se ríe.

–¿Y sus canciones?

–Las mías las hago en mis discos; esto es lo que yo mostraría: ey, escuchen esto que está bueno. Esto es como un descanso que tomo con Leo, salirte un poco de tu música es liberador. Yo siempre lo he hecho en un sentido, trabajar con Charly, con Gandini, incluso con Sabina, fue decir: ¿a ver cómo funciona? Salís de tu propia voz, podés aprender y empatarte. ¿Cómo funcionaría un tema de Queen, cómo lo armaron? Ya te metés a estudiar un material ahí. Eso te enriquece. Y no tenés que volver a cantar tus canciones, que también es agotador, ¡son muchos años! Ahora me quiero divertir un ratito con otra cosa. Puede ser un capricho, o un recreo hermoso.

–El concierto de GEBA se anuncia como despedida de Confiá. ¿Por qué un cierre público?

–Porque es lo que me gusta hacer en general, cerrar el ciclo. Así como hay un arranque, una presentación, hay un cierre. Eso me da la idea de que algo se hizo, empezó, terminó, y ahora vamos a otra cosa. Hay algo en esa forma, en esa ceremonia, que me tranquiliza. Me gusta tener una fiesta de fin de gira, que sucedan estas cosas. Por otra parte ya estoy con el nuevo proyecto, y es inevitable también comunicarlo a la tribu, a mi grupo de gente. Es una manera de decirles a los músicos y técnicos: che, ojo que vamos a cerrar, y a todos les genera una inquietud, está bueno eso. Es sencillamente eso, y queríamos hacerlo formalmente en Buenos Aires.

–Que sienta tranquilidad con ese orden de ciclos revela una personalidad metódica. ¿Es así?

–¡Síii! Si no hubiera sido un hombre metódico, no habría podido hacer todas las cosas que hice. Soy pisciano: organización y caos a la vez.

–Y también dice con tranquilidad que su música ya no es tan popular como antes. ¿Qué significa eso para usted?

–Lo siento así, me parece natural. Mi música o lo que hago se ha ido alejando de los lenguajes populares masivos. Como un sistema natural que es parte de lo que uno elige como músico: hacés un camino, y vas a por ello. Por supuesto, a veces acertás y a veces no, como en todas las disciplinas del mundo, a veces encontrás el corazón de las cosas, a veces no, pero te vas volviendo más específico. Y en un momento del mundo en el cual todo se vuelve cada vez más pasteurizado, más parecido, es natural que pase esto. Inevitablemente el negocio y el uso social de la música han tendido a una estandarización casi absoluta, donde las formas expresivas están casi anuladas. Yo en ese sentido estoy ubicado en las antípodas.

–En tanta amplitud de público y de dimensiones de espacios para tocar, ¿hay alguno que sienta espacial, por algún motivo?

–El concierto de GEBA lo esperamos con ganas, por supuesto, es una cantidad de público similar a lo que corté en el Luna Park, 15 mil personas. Eso sí, el Luna es extraordinario. Yo siento que no tocás en Buenos Aires si no tocás en el Luna Park. Tiene algo ese lugar, esa dimensión, esa bombonera chiquita. El primer concierto potente para mí fue el Luna Park de Giros. Yo tenía 22, 23 años, había ocho mil personas cantando los temas del disco, que había salido hacía tres, cuatro meses. Era algo muy fuerte, y era inevitable pensar en todo lo que había pasado en ese lugar. Los conciertos son ante todo las personas, por supuesto, pero hay lugares que tienen todo lo vivido ahí adentro. La historia, la gente que pasó, la música que dejó, eso queda, son como los fantasmas de los escenarios. Esas cosas están allí, y por más agnóstico que seas, funcionan, y estimulan.

–”La verdad es que aprendí a esperar que se escriba sola la canción”, dice en “Tiempo al tiempo”. Esa parece una síntesis de su aquí y ahora. ¿Es así?

–Es verdad, hay algo allí, en esa frase. Aprendí de los silencios, del uso del tiempo. Aprendí que el silencio es un tiempo. No embarullarte con tu propia voz, no estar tan enamorado de tu voz, es un paso importante en la vida. Y respecto de la forma de encontrar la canción también es un aprendizaje: Ya va a venir, no sirve volverse loco. Llegás a eso. En un momento entendés que es más sano para tu vínculo con el lenguaje. La música ya está allí, no necesita de ninguno de nosotros, funciona bien, entonces dejá, esperá que te llame. Por supuesto, ya la cortejé mucho, la saqué a pasear con todas las ropas posibles, la llevé a los barrios más pobres y los más elegantes. ¡Ahora, que me llame ella! (risas) ¡Y la muy histérica llama más ahora! (risas).

–Hay quienes rehúyen de volver a hacer en vivo los éxitos. Spinetta sería el caso extremo. En sus conciertos, siempre hay espacio para las viejas canciones. ¿Cómo lo maneja cuando está presentando un nuevo material?

–El concierto, para mí, es un lugar de participación, definitivamente. Por supuesto, la interpretación de Luis es totalmente respetable, él tiene otra forma de impactar, de provocar y de pararse frente a la idea del concierto. A mí me gusta pensarlo como un rito milenario, donde se va a celebrar la vida. Uno tiene que formar parte de esa máquina de celebración, que por supuesto puede no ser amable siempre, y también hay algo chamánico en la ceremonia, algo que mueve energías de distinta naturaleza. Desde luego, hoy también están las del mercado, ya forman parte del rito esotérico del concierto. Pero en las puestas en escena del espectáculo tiene que existir el elemento del misterio, y el de la celebración, la idea de que estamos todos allí para celebrar, que vamos a salir diferentes de como entramos, porque nos vamos a acordar de lo hermoso que fue estar acá adentro.

–Deposita una fe importante en el rito del concierto.

–¡Por supuesto! Eso es lo que intento repetir cada noche, en un boliche o en un estadio. Si no pasa eso, algo estás haciendo mal. Porque de alguna forma te preparás toda tu vida para eso. Si no entendés que estos elementos están en juego, hay algo de tu tarea que está fallando. Podemos hablar de trucos, de ilusiones, lo que quieras, pero si todo eso no tiene un contenido místico, ¡sería la puesta en escena de la vanidad de un grupo de vivos que quieren timarle la plata a la gente!

–¿Entonces?

–Entonces: vamos con las canciones que canta la gente. Y si no estás ya tan de acuerdo con esa canción, ¿para qué la hiciste, boludo? Yo tengo una mirada amorosa sobre mi música, a mis canciones las quiero, y no me molesta cantar “11 y 6” otra vez. Me sigue pareciendo una canción maravillosa y me sigue gustando cantarla. Me gusta dejar en el aire la idea del romance de esos dos chiquitos en la calle Corrientes, me gusta volver a nombrarlos.

–¿Cree que hoy los conciertos se viven como un rito celebratorio, o con el imperativo del “yo estuve ahí”?

–Pero eso es lindo también: Yo lo vi a Charly en Ferro el día que presentó Yendo de la cama al living...

–Corrijo: “Vine para mostrar que estuve ahí...”

–Mezclemos las cosas, pueden ser las dos cosas, o más. Pero eso es un lenguaje de la época, un Sign of the times, diría Prince. Es muy complejo analizarlo, y muy impactante verlo. Es inmediato lo que ocurre cuando se apagan las luces: se prenden todas las cámaras de los teléfonos. La gente no está allí, está en el aparato. Hay algo que está pasando allá adelante, y mucha gente está mirando la pantalla, para después verlo en la tele.

–¿Y cómo se vive eso desde el escenario?

–No puedo pensar desde la idea de pureza: ah, no, la verdadera forma de concierto es la que vivo yo. El otro día cometí el error de decirle a mi hijo en el concierto de U2: “Vivilo, Martín, no prendas la cámara”. Después me di cuenta: ¿Por qué tengo que meterme ahí? ¡Si él quiere filmar, que filme! Me sentí un estúpido. Hay que ir comprendiendo la época, las cosas se van moviendo de lugar, y por supuesto, yo crecí en otras circunstancias: Había que estar escuchando, metido ahí adentro. Lo que pasa es que es inevitable ligar eso a las formas estéticas de la época. Sí vale preguntarse qué está pasando ahora con las formas, cuando está todo afuera. Está bien el afuera, pero también hay que hacer el viaje adentro, porque si no, no entendés nada. Por lo demás... ¿Qué, te vas a asustar por un pibe con una cámara? ¿Desde qué pureza uno puede objetar eso? Lo que a mí a veces me asusta es la falta de curiosidad que veo, en general. Eso me llama la atención, como algo nuevo.

–¿No cree que eso se verifica más bien en el rock? Otros géneros parecen muy vitales...

–Es verdad, es probable que en el rock sea donde la cosa esté más liviana, menos comprometida con las formas. Hay mucho discurso y pocas formas, eso siempre es peligroso. Faltan tipos que se hagan cargo de la pelota argentina, si uno piensa que la Argentina ha sido una máquina de invención permanente, ahí es cuando salta que algo falta. Pero no se puede generalizar, ojo: hace poco estuve con Pablo Dacal presentando su disco en el Mercado del Progreso, ¡fue hermoso! Tiene canciones tan lindas, y había un espíritu allí, parecía un happening de Jacoby, algo de la antigua vanguardia argentina vuelto a poner en escena. Pablo saltando sobre unas cajas, yo terminé con un delantal de carnicero, ¡divino! Era muy hermoso estar allí. No está Canal 13 allí, no están los grandes medios, pero eso pasa acá. No está todo estandarizado, hay gente curiosa como Pablo, tipos que están buscando algo.

–Dice que fue a ver a U2 con su hijo. ¿Lo envidió un poco a León Gieco?

–Al contrario, me alegré mucho por León, ellos están muy en sintonía. No es mi palo toda la bajada de línea de Bono, veo ciertos peligros del trazo grueso allí, la idea del 360, la pérdida de la especificidad. Pero también es un lugar de alta responsabilidad, y él asume una responsabilidad que no le pide nadie. Se corre el riesgo del mesianismo, pero a la vez alguien lo tiene que hacer, y me encanta que lo haga Bono. No lo conozco pero creo que es un tipo de buen corazón, auténtico, igual que León. El concierto es increíble, tan potente... Impactan las canciones y la voz de Bono, para tanta gente, es emocionante... inusual, por eso es quien es.

–Es el primero a quien escucho halagar el concierto sin empezar por el despliegue tecnológico...

–La garra, las luces, eso es divino, pero podrían no estar. Me gustó verlo, claro, pero después de cinco minutos, ya está, pasó. Lo importante es lo que hacen ellos allí, sostener un concierto como ése con tres músicos, en un estadio, eso es lo impactante. Además escuchás las guitarras con los delays ochentosos, y decís claro, estos tipos inventaron parte del sonido de una época...

De los sonidos de época sigue hablando Fito Páez en esta tarde de amena entrecasa. El sol ha bajado sólo un poco, lo suficiente para regalar rebotes de luz que la cámara de Pablo Piovano captura con belleza. Páez se deja llamar como dice que hacen sus canciones, pide piedad por su panza y termina en cueros cargando el Buda que sonríe en un rincón. Cuenta de hijos, mujeres, amigos, de los días del padre, de los signos del Zodíaco. De lo que le pasó mientras estaba haciendo otra cosa.

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