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Miércoles, 5 de octubre de 2011

MUSICA › RAMóN NAVARRO, UNA VIDA ATRAVESADA POR LAS CANCIONES

“Sentí el afecto, y el afecto es un ida y vuelta imbatible”

Lo que comenzó como un proyecto “con algunos amigos cercanos” fue cobrando nueva forma y creciendo con el aporte de todos los que quisieron estar en un álbum que sirve como antología de Navarro, pero también para presentar canciones nuevas.

 Por Santiago Giordano

Es el creador de varias de esas piezas que entraron en el cancionero a fuerza de pasar de boca en boca, el artífice de obras en las que el rito que introduce el arraigo regional en el universo se cumple. Pensar en “Chayita del vidalero”, “Mi pueblo azul”, “Chaya de los pobres”, “Patios de la casa vieja”, “Coplas del valle”, o la más ambiciosa “Cantata riojana” –que compuso junto a Héctor David Gatica–, entre muchas otras, es referirse a momentos dulces e intensos de la música argentina. Fue además cantor dilecto de Ariel Ramírez –es la voz de la obra Los Caudillos– e integró entre 1970 y 1981 el conjunto Los Cantores de Quilla Huasi. Como compositor, autor y cantor, Ramón Navarro es uno de los testigos lúcidos de ese caudal de canciones que con más costumbre que precisión se suelen llamar folklore.

A los 77 años, el riojano terminó un disco. Un trabajo que comenzó a tramar hace tiempo, como una idea tan común como necesaria: dejar constancia de una obra a través de una antología. “Con amigos cercanos empezamos a cantar y a grabar algunas cosas queridas, esas que yo consideraba representativas de mi obra, como para dejar un testimonio”, comenta Navarro a Página/12. “Pero durante la marcha se fueron agregando nombres y canciones, gente con la que trabajé a lo largo de estos años, incluso artistas que no estaban ligados al folklore, músicos que admiro y que debían estar en el disco. La cosa se fue haciendo más grande y eso me puso muy contento. Tardé cuatro años en terminar este disco porque esperé que todo se fuera dando de manera armónica.”

El resultado de la espera y las colaboraciones se llama Los encuentros, un álbum doble cuya lista de invitados bien podría ser una selecta guía de cierta música argentina de hoy. Desde Ligia Piro hasta la Bruja Salguero, pasando por León Gieco, Luis Salinas, Juan Falú, Oscar Alem, Ernesto Baffa, Liliana Herrero, Roberto Palmer, Raúl Carnota, Hilda Herrero, Lilián Saba, Luna Monti, Juan Quintero y muchos más, la lista suma más de cincuenta identidades. “Cada encuentro tiene su anécdota, momentos en los que compartí el talento de cada uno de los que me ayudaron a hacer este disco, pero por sobre eso sentí el afecto de ellos. Y el afecto es un ida y vuelta imbatible”, dice Navarro. El acento esdrújulo de su Rioja se le va haciendo más espeso a medida que la charla procede. Dice que hace mucho que dejó el suelo natal, pero aclara que desde entonces anda “con La Rioja encima”. Cuenta con orgullo que allá viven su hijo Ramón y sus nietos, entre ellos Monchi, que es músico y dirige una orquesta que lleva el nombre de quien fue su amigo, el obispo Angelelli. “Es un proyecto nacional de contención de los chicos a través de la música”, explica. “Tengo esperanzas en esta juventud, en la gente que viene”.

–Hablando de esperanzas, el disco es una antología, pero también hay temas nuevos.

–Sí, claro. Por ejemplo “Zamba del que se va”, que es una de las cosas que hice con Santiago Alvarado, un santiagueño que compone muy bien, que empezó estudiando en la escuela que tenemos en Sadaic. Como la mayoría de los changos jóvenes, éste no se conforma con la condición natural de tener oído para la música...

–Es una característica de esta época, el folklore se puede estudiar. En su época había que salir a buscarlo...

–Eramos más orejeros, es cierto. Entre nosotros había varios que habían estudiado digamos de forma académica, pero también muchos otros que eran puro instinto. Yo, por ejemplo, estudié música de grande y lo hice porque sentí la necesidad de ampliar mi panorama como compositor. Mi hijo Ramón estudió de muy chico y eso me impulsó a que yo lo hiciera de grande.

–Pero La Rioja de su infancia era un buen lugar para desarrollar el instinto musical, ¿no?

–Claro, La Rioja fue siempre una provincia muy musical. Tuve la gran fortuna de la sensibilidad artística de mis padres. Mi viejo era dentista, futbolero y gran lector. Por supuesto tocaba un poquito la guitarra y cantaba, con una voz pequeñita pero muy afinada. El me enseñó los primeros acordes con la guitarra.

La gran biblioteca de la casa que quedaba a media cuadra de Radio Nacional fue parte de la formación de Navarro. “Siempre andaba curioseando lo que había en esa biblioteca”, cuenta. “Además, cada vez que llegaban artistas importantes para actuar en la radio, papá los buscaba y los traía a casa, donde los agasajábamos con un vinito, unas aceitunas y un quesillo de cabra. Tengo fotos increíbles: por ejemplo con la orquesta de Canaro en mi casa, con Mariano Mores y Carlos Roldán, el cantor. También Jaime Dávalos y Manuel Acosta Villafañe, por ejemplo, venían a casa y conversaban con papá. Hablaban de poesía, de política, de la vida en general.”

Navarro dice que no sabría precisar en qué momento decidió ser músico. Como muchos de su generación comenzó con un conjunto de compañeros del Colegio Nacional y más tarde formó otro durante el servicio militar. “En la colimba armamos un trío y eso nos salvó de varios cuerpo a tierra”, bromea y agrega: “Pero lo que más fuerte me marcó fueron los veranos de mi infancia en Chuquis, el pueblo de mis padres”. Ramón rememora los días en Chuquis, en el departamento Castro Barros, pegado al cerro del Velazco, donde en cada vertiente se asentó un pueblo, una cadena de nombres cuya musicalidad está en el aire. “Aguablanca, Pinchas, Chuquis, Aminga, Anillaco, Anjuyón, Los Molinos, Santa Vera Cruz, San Pedro; hasta Aimogasta que ya está en otro departamento”, enumera Ramón, como quien recita versos conocidos. “A Chuquis venían los changos a cantar desde otros pueblos para el Carnaval”, cuenta. “Yo me enancaba y me iba con ellos, sin cantar, porque sabía poco de eso. Pero escuchaba los tambores y la caja, el griterío y el perfume de la albahaca.”

Después, ya convertido en guitarrero y cantor, Navarro compartió con los amigos y el entorno familiar el gusto por la música y las novedades que llegaban de Buenos Aires, los conjuntos que aparecían entonces: “Había una gran cantidad de conjuntos. De La Rioja estaban los hermanos Peralta Dávila, Eusebio Zárate, que fueron muy importantes para nosotros”, cuenta. “También los Hermanos Albarracín y sobre todo José Oyola, que marcó nuestra infancia y nuestra adolescencia. Oyola fue un creador para nosotros paradigmático, que con tanta sencillez y profundidad pintaba las cosas del pueblo. Digo ‘pintaba’ porque además de músico era pintor.”

“Cuando terminé el colegio me fui a estudiar Agronomía a La Plata –continúa Navarro– siguiendo a un grupo de amigos riojanos, que para desgracia de mi padre eran todos guitarreros, así que al cabo del primer año empecé a aflojar con el estudio. El segundo año me tocó el servicio militar y cuando terminé ya había decidido que mi vida era la música y me aguantaría la que viniera.” Buscando su futuro, se radicó en Buenos Aires en 1961, cuando en las peñas estaba de moda la danza. “No se iba tanto a escuchar a los cantores, sino a bailar”, recuerda el cantor y surgen los nombres de las orquestas criollas de Alberto Castelar, Juan de los Santos Amores, Waldo Belloso, Los Hermanos Abrodos. “Un día me llamó Castelar para cantar en su conjunto y estuve con ellos por casi dos años. Después me fui a visitar a unos familiares en Venezuela y me quedé allá tres años”, cuenta. Navarro volvió al país en pleno auge del folklore y a través de Félix Luna conoció a Ariel Ramírez. “Fue muy importante para mí. En esa época Ariel hacía en el teatro Odeón el espectáculo Esto es folklore, con figuras importantes como Los Chalchaleros, Cafrune, Los Fronterizos, Norma Viola y El Chúcaro, y me invitó a participar. Al año siguiente me llamó para hacer Los Caudillos, una obra con orquesta y coro que compuso sobre textos de Félix Luna. A partir de ahí mi relación con Ariel fue milagrosa, me distinguió, me apreció como cantor y como creador. Un día me preguntó si tenía compuesta alguna chaya, le mostré “Vidala del chango” y me dijo: “Te la grabo mañana”. Y así fue, literalmente. Ariel me dio seguridad y me abrió muchos caminos”.

–Después llegó a Los Cantores de Quilla Huasi. ¿Qué recuerda de aquella época?

–Eso también fue gracias a Ramírez. Oscar Valles y Carlos Lastra le habían preguntado por mí, porque se iba Ramón Núñez del grupo. Fue una gran sorpresa, porque yo era muy admirador de ellos. En esa época los más importantes eran Los Fronterizos, Los Chalchaleros y Los Quilla Huasi. Me gustaban los tres, pero Los Quilla tenían una manera de cantar que se acercaba mucho a lo que yo hacía. En La Rioja teníamos la gran influencia de Antonio Benítez, que primero con el dúo Benítez-Pacheco y después como solista fue un cantor extraordinario. Todos los changos parábamos la oreja en esa voz y esa manera de cantar, que se separaba del estilo de los salteños y estaba tal vez más cerca de lo cuyano, pero era distinto, especial. Y Los Quilla tenían algo que ver con ese estilo. Estuve once años con ellos y me tocó justo la primera arrancada que pegaron para el exterior. Primero a España y Francia, invitados por Atahualpa Yupanqui y después Japón, Hong Kong, India, Israel, Estados Unidos, Canadá y por supuesto todo el país. Fueron años muy intensos.

El grupo Arraigo, junto a su hijo Ramón, y discos como Verde de los patios, y un tributo al gran poeta riojano Ariel Ferraro del que participan entre otros su hermano Lucio –uno de los fundadores del grupo Huerque Mapu– distinguirían la etapa posterior de Navarro, como solista. “Ariel Ferraro es uno de los poetas más enormes de habla hispana. Trabajé y aprendí mucho con él. Compusimos juntos incluso cuando él se tuvo que exiliar en España. Carta viene, música va”, destaca.

–¿En qué momento surge la idea de la Cantata Riojana?

–La Cantata Riojana es del ’85. Fue una de las cosas más grandes que hice, junto a Héctor David Gatica. La lectura de La ciudad de los naranjos, un libro del historiador riojano Ricardo Mercado Luna, me impactó. Fui a ver a Gatica con la idea de hacer una obra que hablara de la ciudad de La Rioja, una obra integral, y el poeta advirtió que el trabajo podía ser más grande: había que hablar de la historia de la provincia, desde la fundación hasta el advenimiento de la democracia. Todo tenía que entrar en los formatos de lo que entonces era un long play. Trabajamos dos años y una vez que terminamos pedimos opinión a todo el mundo en La Rioja. Muchos aportaron cosas y la Cantata se convirtió casi en una obra de creación colectiva. Tal vez por eso tuvo tanta aceptación.

Los recuerdos siguen pasando y como en un círculo vuelven al presente, a su nuevo disco, que no podía sino llamarse Los encuentros, a los nombres que lo componen, al modo en que los temas revivieron, a la alegría y la gratitud de sentirse circundado de amigos. A la copla que el cantor repite para justificarse: “A los que quiero y admiro, a los que siento conmigo; a los que siguen estando aunque se hayan ido”.

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“Con los Quilla Huasi estuve once años, justo la primera arrancada que pegaron para el exterior. Fueron años muy intensos.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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