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Martes, 6 de diciembre de 2011

MUSICA › CATUPECU MACHU PRESENTó EL MEZCAL Y LA COBRA EN EL LUNA PARK

Una madurez arrolladora

La banda, que en 2012 cumplirá 18 años de trayectoria, volvió a ofrecer una ceremonia a la vez mística y eléctrica. Es que a su tradicional energía en escena, Catupecu le agrega desarrollos climáticos que convierten al show en una suerte de catarsis colectiva.

 Por Luis Paz

Por el Luna Park anda un joven a punto de cumplir 18 años. Se mueve, habla, interactúa y muestra sin querer características de esas que aplican a los niños prodigiosos. Pero su temple denuncia los palos que golpearon su crecimiento: el alejamiento de amigos, la pérdida del tutor y la sobrevida de un drama familiar. En el par de horas que cinco mil personas pasan allí, les contagia su catarsis y les ofrece sangre, sudor y lágrimas para una ceremonia mística, eléctrica y cósmica que es todo un sacrificio. Suficiente: el sujeto no es tanto un joven como una banda, Catupecu Machu, que en 2012 alcanzará la mayoría de edad, habiendo sufrido cambios de formación, dado salida a su manager de siempre recientemente y existiendo pese a ese grave accidente automovilístico que hace cinco años alejó al músico, compositor y productor Gabriel Ruiz Díaz de la factura musical, pero no soltó sus amarras a la vida, porque estuvo allí, durante el show con el que Catupecu Machu actuó por tercera vez en el Luna Park y presentó su credencial de adultez, El mezcal y la cobra, uno de los más destacados discos locales de este calendario agonizante.

También habilita a cotejar a Catupecu con un joven su virtud excepcional para mirar(se) y pensar el futuro sin desatender el presente. Esto es porque en su obra reciente revistió de tercermilenismo a una expresión añosa como el rock y porque, a partir de la base artística del rock alternativo (el que funciona como composición y simbolización de modo diferente a la norma), desarrolló durante este milenio una obra diagonal a través de la música electrónica y el rock industrial, la exploración y las conceptualizaciones de propia cuña. Catupecu tiene una cosmogonía única que es collage de cyber punk, metafísica del cosmos, rock, industria pesada, ingeniería y tecnología, además de la tierra, su magia, imaginería y mística. Quien haya ido a este show quizá retenga aún las proyecciones del estreno “Cristalizado”, a su vez animaciones del diseño que ilustra en el booklet del CD las páginas del tema “El mezcal y la cobra”. En ellas hay un anfiteatro de piedra, antiguo, bajo un cielo acerado, y están mediados por un ventilador: tierra (presente), aire (futuro) y dispositivo para surcarlos. En otras ocasiones, como en los temas “Dale!” e “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”, lo que conecta al piso con el aire es un espacio de 80 centímetros que mide la altura del salto conmocionante en esos dos temas de pogo tremendo: Catupecu Machu es esos 80 centímetros, el dispositivo que dispara la bala de cañón que es su carrera, con todas sus obras y todos sus recovecos.

Es conocida la energía del grupo, uno de los mejores en vivo aquí y ahora, pero los estrenos de piezas como “Metrópolis nueva” y la puesta en escena de anteriores, como “Confusión”, muestran la altura de sus arreglos vocales y su capacidad para el desarrollo climático y despejan dudas sobre el nuevo cambio de baterista, por el que Agustín Rocino (músico ex Cuentos Borgeanos) se ganó la titularidad con habilidad y actitud. El tema “Gritarle al viento” dejó anécdota: a algunos, quizá los mismos que blandían globos a la espera del comienzo del show, se les ocurrió lanzar confeti al final de ese tema. “No hagan eso. No lo hagan porque no trajimos espectáculo de papelitos y no nos gusta”, reprochó Fernando Ruiz Díaz como aclaración, más allá de aquellos entendimientos sobre los espectáculos de esta era, de que el show de rock de Catupecu Machu tiene que ver con una cultura de la que son exponentes y son protectores.

Tanto ellos como el ex Soda Stereo Zeta Bosio, que subió para “Y lo que quiero...”, o Walas y el Tordo, de Massacre, que estuvieron en escena para tres temas: un cover semiacústico de Catupecu para “Tanto amor”, corte del último disco de Massacre; “Plan B: anhelo de satisfacción”, otro de Massacre que Catupecu había versionado con resonancia social-rockera, y “Danza de los secretos”, uno de Catupecu con aires a Massacre que Walas y el Tordo convencieron de sumar a la lista. Esta última conectaron, ya solos los Catupecu Machu, con “Aparecen cuando bailamos” y “Baile guerrero”, dándole lugar a la trilogía bailable de El mezcal y la cobra. Fue el penúltimo capítulo –antes del arrollador cierre con sus máximos hits y un permitido que cae perfecto para finalizar, la nueva “Musas”– y cerró la idea: por debajo de esa escena en la que avejentados ven gente saltando y bailando, se inflan 80 centímetros de un colchón musical, conceptual y simbólico. Algo inspirador. O como dijo Catupecu en su tema “Elevador” y reclama a gritos su espíritu: “¡Ya, ya, elevador!”.

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Catupecu, una banda que piensa el futuro sin desatender el presente.
Imagen: Dafne Gentinetta
 
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