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Sábado, 28 de enero de 2012

MUSICA › MAS ALLA DE LOS RITUALES DEL FESTIVAL DE COSQUIN

Una caja de sorpresas

La fiesta de la plaza se completa en las peñas, los balnearios, los campings, la plaza de artesanos y también en las calles de esta ciudad serrana, que vive en un continuado folklórico las 24 horas.

 Por Karina Micheletto

Desde Cosquín

¡¡Aquí, Cosquín!! Pasan los años, pasan los gobiernos, pasan los presentadores y organizadores del festival, quedan los artistas, sí, pero también el grito certero que anuncia religiosamente cada comienzo ritual de fiesta. Y los fuegos de artificio y el despliegue coreográfico, de gran impacto visual, del ballet Camin Cosquín, y la arenga poética del maestro de ceremonias, Marcelo Simón. Para el que lo ve por la tele sin gozar de demasiado acercamiento al género, en el zapping de verano, Cosquín puede parecer una suerte de día de la marmota, un eterno retorno siempre idéntico a sí mismo, un déjà, vu catódico que anuncia fatalmente que sí, estalló el verano y uno sigue sin poder irse de vacaciones. Para los que lo palpitan en vivo y en directo por estas tierras, entusiastas seguidores y cultores del género, la película es exactamente la opuesta: Cosquín es año a año una caja de sorpresas, que puede traer desde el compromiso casi unánime de sus artistas en la lucha contra la minera de Famatina (que marcó a esta edición de Cosquín), hasta un stripper que en la peatonal despierta encendidos reclamos de los más tradicionalistas, por considerarlo “ajeno a los ideales del gaucho”.

Algunas sorpresas comienzan en la Próspero Molina y son las que aparecen “fuera de programa”, como regalos que el público agradece. El jueves pasado, por caso, parecía únicamente signado por la presencia del campeón de la taquilla folk, Jorge Rojas, y con varios “gritadores” –agitadores profesionales de las plateas– completando la grilla. Para sorpresa de sus muchos seguidores, que esperaban verla recién anoche, Soledad apareció como parte de la delegación de Santa Fe, compartiendo cartel con artistas mucho menos conocidos. Hubo otra sorpresa, en este caso santiagueña: en la que era anunciada únicamente como la actuación del dúo de Cuti y Roberto Carabajal, comenzaron a subir al escenario Carabajales invitados, uno tras otro. Ya se sabe que esta familia es prolífica –y que a todos se les da por la música–, así que Muscha, Kali, Peteco, su hijo Homero y una cantidad de parientes de distintas generaciones completaron un momento tan festivo como emotivo.

Las otras sorpresas se desparraman por el otro Cosquín: el que se completa en las peñas, los balnearios, los campings, la plaza de artesanos, y también en las calles de esta ciudad serrana, en lo que puede llegar a la saturación auditiva de un continuado folklórico 24 horas. A nadie le extraña ver por aquí a una pareja de bailarines al ritmo loco de la chacarera en cualquier esquina, poniendo la gorra para llegar a bancar la noche de alojamiento. O las multitudinarias orquestas de cuerdas espontáneas que se forman allí donde hay un escalón, con guitarreros aficionados que recién se conocen, y que suenan increíblemente afinados. Lo que sí extraña es ver y oír, en medio de tanto bullicio folk, al stripper contratado por un boliche, que trepado a una combi se contonea a un ritmo tan electrónico como fuera de frecuencia por estas tierras, en estos días. El muchacho hace lo suyo en plena peatonal y algunas chicas, y algunas señoras, improvisan un feliz coro de aulladoras que se ríe de todo el asunto. Pero hay quienes no lo toman tan en broma: “¡Por favor, qué tiene que ver esto con la familia, con el folklore, con los ideales del gaucho!”, grita un señor de tupido bigote, mientras su esposa menea la cabeza en señal de reprobación, pero sigue mirando. Enseguida pegan la vuelta y en el último grito se escucha la amenaza de denuncia a la Municipalidad. Esto es Cosquín: hay algo que hace que ese señor se crea dueño de una tradición a defender de alguna amenaza externa y se crea además con derecho a imponerla. Como ocurre con algunos artistas sobre el escenario.

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El despliegue coreográfico, de gran impacto visual, del ballet Camin Cosquín.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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