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Martes, 27 de marzo de 2012

MUSICA › PABLO KOHAN Y SUS ESTUDIOS SOBRE LOS ESTILOS COMPOSITIVOS DEL TANGO 1920-1935

“El tango es una categoría cultural”

Kohan se aleja de los modos expositivos propios de la musicología, pero conserva su autonomía respecto de las crónicas periodísticas. “Yo me dediqué a algo que no está abordado y es cómo están compuestos esos tangos”, se interroga.

 Por Cristian Vitale

”Este libro también es para usted”, anuncia una imitación de sticker pegado con plasticola en la primera hoja de un trabajo sobre tango. La advertencia, impresa en letras negras sobre fondo amarillo, oficia de entrada y gancho ante la posibilidad –un hecho para el gran público– de no saber leer partituras. “Hablar de cosas musicales estrictas puede ahuyentar a más de uno ¿no?”, empieza a aclarar Pablo Kohan, artífice directo del libro en cuestión (Estudios sobre los estilos compositivos del tango, 1920-1935) que vio la luz a través de Gourmet Musical con el fin de acercar dos polos de interés (conocedores y curiosos) sobre un mismo objeto de estudio: los diferentes estilos compositivos del género madre del Río de la Plata. “El tango siempre ha sido estudiado en un contexto cultural amplio. Lo podés enfocar desde la coreografía, la interpretación, la antropología, los textos, la vida cotidiana, el teatro, en fin, yo me dediqué a algo que forma parte de todo eso pero que no está abordado y es cómo están compuestos esos tangos. La verdad es que no hay estudios de diseños armónicos o procedimientos melódicos. Es lo que traté de hacer en un lenguaje comprensible, prescindiendo de ciertos marcos teóricos”, desarrolla el musicólogo, evaluador del Conicet, periodista y director de Radio Nacional Clásica.

Para dar con el nada fácil fin, Kohan tomó algunos trabajos que había presentado en diversos congresos y conferencias del ghetto de los musicólogos y los reelaboró pensando en el bien común. Atendiendo, dicho de otra forma, a la idea de que no hay que ser necesariamente un erudito para comprender ciertos misterios del tango. Se metió con las variantes y los diversos estilos compositivos de los veinte, desempolvando las obras de Anselmo Aieta, Raúl De Los Hoyos y Pedro Maffia; desarrolló el lenguaje compositivo de Juan Carlos Cobián; se sumergió en el eclecticismo del prolífico y exitoso Enrique Delfino; abordó a Discépolo por su música y no por su poesía (lindo hallazgo) y se metió con los tangos que Gardel compuso para el cine, en los últimos trazos de su vida. “Ese Gardel fue el más tanguero, porque todo lo que había hecho antes con Razzano estaba en la frontera entre tango y folklore, ¿no?... a mí me interesó esa etapa, porque además tiene una unidad conceptual formidable”, sostiene. “También quise hacer algo de justicia, porque en general fue muy peyorativo el trato que se le dio a Gardel. Decían que no sabía música, que no componía, que le afanaba temas a otros, en fin, Gardel fue un compositor admirable.”

–Y Discépolo un gran hacedor de músicas, más allá de haber quedado en el panteón de la cultura popular urbana como un poeta.

–Ojo que no descubrí América, ¿eh? (se ríe) En realidad, nadie estudió la composición en la música popular, porque el foco siempre estuvo puesto en los intérpretes, y el caso de Discépolo es sintomático, porque se ha hablado de sus letras durante toda la historia, cuando hay en él una relación primordial entre texto y música. Es un recorte arbitrario escindirlas.

La lupa puesta sobre el libro evidencia que Kohan se aleja de ciertos modos expositivos propios de la disciplina musicológica, aunque logra conservar su autonomía respecto de las crónicas periodísticas, anecdóticas, biográficas, sociológicas o apologéticas que pueblan la vasta producción escrita sobre el planeta tango. El mismo lo aclara en la introducción: “Son todas válidas, pero en algún punto parciales e incluso insuficientes, porque el tango es una categoría cultural que no puede prescindir de la interrelación música-sociedad... hay un medio, un marco que explica esa música”.

–¿Por qué definió el recorte epocal 1920-1935?

–En principio, porque parte de estas investigaciones las empecé a realizar a principios de los ochenta para el volumen II de la Antología del Tango Rioplatense, que nunca se editó, y está por salir recién ahora. De todas formas, empecé a investigar y me apasionó, porque es el período más prolífico de la composición en el tango de toda la historia. Además, 1935 es un año bisagra, porque, más allá de morir Gardel, empiezan a aparecer otras maneras de componer que van a hacer eclosión a partir de los ’40. Ese período te permite ver a Delfino como un gran renovador del tango cantado; a Cobián como un compositor notable, en fin.

–Y la obra Enrique Aieta y Raúl de los Hoyos, prácticamente dos tapados para la historia del tango. La mayoría de sus composiciones se desconocen...

–Sí, están olvidados. Aieta es un representante claro de cierta tendencia tradicionalista de comienzos de la década del ’20, que además tenía un éxito formidable. Tenía dos orquestas al mismo tiempo con su propio nombre, era como los hermanos Strauss, que tenían orquestas por toda Europa (risas). Y De Los Hoyos fue un compositor fantástico, muy creativo, que pasó sin pena ni gloria porque no tuvo el Gardel que lo cantara.

–¿Atribuye a razones puntuales este tipo de olvidos?

–Se pueden enumerar muchas, pero en general yo diría que hay un marcado desapego de los estudios musicológicos respecto de la música popular urbana. Todavía recuerdo un congreso que hubo hacia fines de los ’80, en el que hubo una sesión dedicada a ella, que era sapo de otro pozo. La musicología se dedicaba a la musicología histórica o a la etnomusicología. O Beethoven, o la música de las etnias indígenas del Chaco, dicho de otro modo. A la musicología, en general, le cuesta salir del ámbito académico para meterse en la vida cotidiana.

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