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Jueves, 20 de diciembre de 2012

MUSICA › JUAN JOSE MOSALINI Y PABLO AGRI EN EL FESTIVAL DEL TASSO

Un encuentro en dos por cuatro

En 1998, cuando falleció el padre del violinista, éste lo reemplazó en el Quinteto del bandoneonista. Ahora, ocho años después de la última vez que tocaron juntos, harán un concierto junto a Ricardo Lew, Daniel Falasca y Cristian Zárate.

 Por Cristian Vitale

Tocaron juntos, por primera vez, en diciembre de 1998. Antonio Agri, padre de Pablo, maestro del violín, había muerto dos meses antes y Juan José Mosalini, maestro del bandoneón, necesitaba alguien que lo reemplazara para un concierto de su Quinteto en Japón. Y el elegido fue, naturalmente, Pablo. “Fue una ficha que se jugaron y no me canso de agradecerlo”, evoca Agri hijo. “Pudiendo convocar a grandes violinistas de acá, me convocó a mí, y el concierto fue muy duro: paraba en el medio y me iba a llorar”, sigue. Pablo tenía 30 años. Y su violín reemplazaba al de su padre, en un Quinteto del que también formaban parte Leonardo Sánchez en guitarra, Osvaldo Caló en piano y Roberto Tormo en contrabajo. “Se había armado para hacerle un homenaje a Piazzolla y fue una suerte, porque yo había recibido una caja con ocho horas de música del Quinteto de Astor y de ahí sacamos el material para el homenaje, solo para el concierto, ¿eh?, porque el primer disco estuvo integrado casi exclusivamente por obras nuestras”, cuenta Mosalini, sobre los primeros pasos del grupo que trocó Agri por Agri. Y que hoy, quince años y monedas después, refrendará su solidez instrumental en el marco de la octava edición del festival de tango del Tasso (Defensa 1575) manteniendo el binomio Agri-Mosalini e incorporando a Ricardo Lew en guitarra, Daniel Falasca en contrabajo y Cristian Zárate en piano. “Vamos a tocar ‘Apretonados’, ‘Desde adentro’, ‘Holograma’ y un pequeño tributo a Piazzolla basado en ‘Retrato de Alfredo Gobbi’, ‘Concierto para quinteto’, ‘Decarísimo’ y ‘Tristezas de un Doble A’”, adelanta el bandoneonista, radicado en Francia hace treinta y cinco años.

Será, la del Quinteto, una especie de reproducción ampliada del concierto inicial, en el cual tres de los cinco músicos (Agri, Zárate y Falasca) repondrán tal trío tras ocho años de ausencia. “Hace ocho años que no tocamos, ¿seguiremos tocando como hace ocho años?”, se ríe Agri, mientras informa el repertorio, que incluirá “Prepárense” y “Flores negras”. “También tenemos pensado hacer un nexo a dúo violín-bandoneón con Pablo, en el que vamos a tocar ‘Desde adentro’, una joyita compuesta por su padre y José Carli”, redondea Mosalini. Se nota que son compinches. Que se conocen bien de la música y de la vida. Mosalini y Agri se ríen de todo en el pequeño departamento del Abasto que el primero habita cada vez que visita Buenos Aires. El hombre del fueye insiste en remarcar la emotividad intensa que ocurrió en aquel primer recital del Quinteto con Pablo en violín, y lo compara con su padre. “Hay una filiación violinística muy fuerte entre ambos. Me permito decir que, si bien Antonio fue Antonio y Pablo es Pablo, el padre le dio al hijo no sólo la mamadera de mamar leche, sino la mamadera de mamar música... El la tomó, y la transformó en un lenguaje propio. Lo que más me impacta de Pablo es que toca con el cuerpo, su expresión corporal es increíble: amaga con el cuerpo lo que está anunciando musicalmente. Es muy fuerte eso.”

–¿Cómo devino el Quinteto después de aquel concierto en Japón?

Juan José Mosalini: –Hicimos tres o cuatro recitales más y después se hizo difícil por la distancia, pero tuvo alguna continuidad, inclusive un afianzamiento desde hace cuatro años. El problema es que hay que cambiar músicos porque los calendarios de Europa y la Argentina son distintos. Leonardo Sánchez, por ejemplo, no pudo venir esta vez porque tiene la agenda ocupada en Europa.

Mosalini se fue del país en 1977, poco después de haber participado en la grabación de El jardín de los presentes, inolvidable disco de Invisible, y mientras tocaba en la Orquesta de Osvaldo Pugliese y militaba en el Sadem. “Intervinieron el sindicato y sufrí un chubasco grande. Nos amenazaron a todos, a Santiago Giacobbe, a Víctor Heredia, a mí, en fin, en 1976 viajé con Susana Rinaldi a París y el Chango Farías Gómez, que estaba allá con un proyecto discográfico, me dijo: ‘Hay un espacio para el bandoneón, ¿vendrías?’. Me fui y allá estoy. Me fui con una valija de sueños a una ciudad difícil, pero vulnerable. Si sos consecuente, te va bien”, repasa Mosalini. Una vez instalado, el bandoneonista formó el grupo Tiempo Argentino, con Gustavo Beytelmann, formó el Cuarteto Canyengue, invitó a Julio Cortázar a participar de su primer disco, armó el Quinteto con Agri y una Orquesta Típica que aún conserva, entre otras cosas. Y, detalle mayor, fundó la primera cátedra de bandoneón en el país galo. “Si hay un ombligo tanguero en Europa que genera cosas es París, pero también hay escuelas, orquestas, milongas y actividad constante en Rotterdam, en Noruega, en Suecia, en Berlín, en Finlandia, en fin, y en España, sorprendentemente, mucho menos”, repasa.

–Dada su experiencia docente, ¿resulta complicado formar tangueros que no sean argentinos?

J. J. M.: –Es una pregunta delicada. La verdad es que soy de los que pueden, a la distancia, relativizar. Digo, el documento no garantiza nada, porque el tango se escucha, se vive, se respira y se puede aprender acá, pero hay muchos argentinos que no lo conocen. Siempre hago un paralelismo con el jazz y confirmo que el tango se universalizó. Ojo, viene de acá, pero las fronteras se abren, como pasó con el jazz. Stephane Grappelli, el máximo exponente del violín en ese género, no era estadounidense. Ahora, es cierto que aquí hay una generación de poetas, instrumentistas y compositores que está en ebullición y que tiene mucha información al alcance. Y, claro, hay un perfume local que es único.

Pablo Agri: –Coincido. La mejor manera de aprender a tocar es con músicos que lo hagan bien, y eso no tiene fronteras. Igual, cuando doy clases noto que hay algo que es más fácil acá. Es como hablar un mismo idioma. Nosotros somos totalmente nosotros cuando tocamos tango.

–¿Y usted por qué no se fue, Agri?

P. A.: –El año que me integré al Quinteto me quedé estudiando y podría haberme quedado uno más, pero no lo soporté... No niego que fantaseé con irme a Europa, pero mis mejores amigos son mis hermanos y ése es un vínculo que no se puede sustituir.

J. J. M.: –Además, están las diferencias generacionales. Nosotros la pasamos muy mal y eso nos obligó a irnos... No había muchas opciones.

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“Hace ocho años que no tocamos, ¿seguiremos tocando como hace ocho años?”, se ríen Mosalini y Agri.
Imagen: Pablo Piovano
 
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