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Viernes, 1 de marzo de 2013

MUSICA › EDGARDO CARDOZO EN CAFE VINILO

Guitarra y voz

 Por Cristian Vitale

Si se abre la mochila de su trayectoria, no sólo salen doce años de músicas junto a Puente Celeste, el inspirado grupo del inspirado Santiago Vázquez. También fluyen intervenciones –grabar, tocar, aprender, compartir– con Manolo Juárez, Jorge Cumbo, Ernesto Acher, Cristina Banegas, Juan Quintero y Nelly Prince, y un intenso pasado de diez años como director musical y actor del grupo La Pista 4, con el que giró por Brasil, Colombia, Venezuela, Francia, España y Estados Unidos. Entre ellos, opta por evocar a la Banegas y su madre, Prince. A La Morocha, como espectáculo, y a Tarde y La Criollez, los discos con que madre e hija sacaron pasaporte de tangueras sin retorno. “Fue un gran placer trabajar con ellas, son dos chicas súper poderosas”, dice. También a Pista 4, grupo teatral de creación colectiva –“fue una experiencia genial”– y sobre Amigo, el disco que grabó junto a Juan Quintero –otro de su especie– refiere que ha crecido bien. “Juan es el espejo más pulido en el que me tocó reflejarme como guitarrista y cantante”, admite Edgardo Cardozo, guitarrista, cantante y compositor argentino, con 6 de copas, su flamante disco solista, bajo el brazo (lo presenta hoy a las 21 en Café Vinilo, Gorriti 3780).

–¿Fernando Cabrera no? Conceptualmente, el disco tiene una forma de contar historias que parecen emparentarlo con el compositor uruguayo.

–La verdad es que lo conocí hace poco y no marcó mis años de formación, pero es cierto que me gustó muchísimo verlo en vivo solo con la guitarra. Le pregunté si había grabado así algún disco y me dijo que no, que varios amigos se lo pedían, pero que a él le gustaba mucho la producción de estudio, los arreglos, tocar con otros, en fin, esa charla de alguna manera me terminó de decidir a grabar solo, porque me había impactado mucho verlo en el escenario con la viola, así, tan despojado.

Hay algo de Cabrera para orientar sobre su música, pero más de quienes él mismo marca como referentes. De Atahualpa Yupanqui, por caso, o de Joao Gilberto, Omar Moreno Palacios, Joao Bosco y Edmundo Rivero, a quien recuerda haber visto en una TV en blanco y negro. “Todos casos en donde la guitarra tiene un discurso propio, donde el tipo, en rigor, es un dúo.” Y él también, como explican las once piezas –todas propias– que pueblan 6 de copas. Piezas bellas, cuidadas, íntimas, grabadas de una. Piezas sobrevoladas por la ecuación guitarras-voz, sin ropajes.

–¿Por qué 6 de copas?

–En un momento de muchos cambios en mi vida y a punto de dejar una casa en la que había pasado una etapa importante, el día de la mudanza encontré en la vereda, justo frente a la puerta, un naipe boca abajo. Un impulso muy fuerte me llevó a apuntarlo con un dedo y decir en voz alta para los que me acompañaban “¡seis de copas!” Grande fue mi asombro y el de los otros cuando al darla vuelta encontré el título para este trabajo... el seis de copas representa el aprender a dar y recibir en el plano emocional.

–Un plano que atraviesa casi todas las canciones del disco: “Miles de años” y “Despedida”, en especial. ¿Se siente mejor después de cantarlas?

–No en el sentido que lo pregunta. No es una catarsis emocional interpretar esas canciones, sólo me ocupo de hacerlas bien y de comunicarlo a los demás. Cuando alguien me dice que alguna de esas canciones le tocó algo profundo, y personas que no lloran nunca me dicen que la canción les robó unas lágrimas, ahí sí que me pongo contento.

–¿Qué relación tiene con las flores? La palabra atraviesa buena parte del disco.

–Sí, es una palabra que recorre el disco. El tema es que pasé muchos años enfocado en el lado oscuro del mundo y la existencia. No hay que hacer un gran esfuerzo para llegar a esos estados, se llega fácil, y yo no encontré nada. Ahora, para recuperar el lado luminoso, para encontrar en lo más simple lo inabarcable y lo eterno, tenés que laburar un montón. Con mucho esfuerzo podés empezar a recuperar algo de tu inocencia y ahí la palabra flores, que tal vez parecía muerta, vuelve a la vida.

–El track 8 se llama “Bs As”. ¿Por qué le pide perdón a la ciudad por querer estar sin ella, por caminarla resentido?  

–A ver: yo nací en Villa Crespo. Fui al jardín de infantes a la parroquia de San Bernardo, la del Cristo de la mano rota de Adán Buenosayres. Después me mudé a Saavedra, a tres cuadras de La Sirena, donde paraba el Polaco Goyeneche. Me habría gustado mucho ver la Buenos Aires de los años ’50. Debe haber sido una ciudad muy hermosa, ¿no...? La verdad es que me siento muy porteño y creo que la canción refleja la contradicción de amarla en pasado y sufrirla en presente.

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