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Sábado, 30 de marzo de 2013

MUSICA › PRIMER FESTIVAL INTERNACIONAL DE MUSICA DE BOGOTA

En la ciudad amiga de Beethoven

La capital colombiana es escenario de un encuentro poco convencional en muchos sentidos. Por la heterogeneidad social de los concurrentes y también por su edad, que muestra una proporción de jóvenes mucho mayor que la habitual.

 Por Diego Fischerman

Desde Bogotá

Viktoria Mullova junto a la Filarmónica Nacional de Hungría.

El grupo Mojarra Eléctrica, dedicado a trabajar a partir de las tradiciones musicales del Pacífico colombiano, relee la Quinta sinfonía de Beethoven en clave de marimbas. Viktoria Mullova toca el Concierto para violín y orquesta de ese autor, junto a la Filarmónica Nacional de Hungría, dirigida por el legendario János Kovácz y, de paso, genera polémicas acerca de si la frialdad en la actitud física (y es que al lado de la violinista, la Antártida semeja el trópico) se corresponde necesariamente con la frialdad musical o es sólo una ilusión óptica. Suena Piazzolla como bis del reconcentrado Cuarteto Op. 131, en la interpretación del mexicano Cuarteto Latinoamericano. La argentina Ingrid Flitter es solista junto a la orquesta húngara en el Concierto Nº 5. Y llegando a los últimos días del Primer Festival Internacional de Música de Bogotá, que será bianual y que a partir de ahora alternará con el ya consolidado Festival de Teatro, muestra el asombroso balance de todas sus entradas vendidas y todas sus salas llenas.

Más allá de la multitud convocada, llaman la atención dos cuestiones. Por un lado, la edad de los concurrentes, con una proporción de jóvenes mucho mayor que la habitual en los conciertos de música de tradición académica. Por otra, su extracción social. Conviven, en la sala del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo (el nombre es de quien lo construyó, en un predio ofrecido por el gobierno de la ciudad, y luego lo donó al Estado), las ropas de marca y las camperas raídas. “Bogotá es Beethoven” reza el nombre que ha tenido el festival este año, y la fórmula acaba siendo cierta. “El Festival de Teatro ha creado un público”, explica Ramiro Osorio, quien fundó aquel festival, condujo el Festival Cervantino de México, fue ministro de cultura colombiano y actualmente dirige el Centro Cultural Santo Domingo. “Y en los tres años de vida que lleva este teatro se ha generado una gran confianza del público en lo que programamos. Pasa habitualmente, y ha sido una constante durante el festival, que al no conseguir entradas para los espectáculos que iba a ver, la gente preguntaba qué es lo que quedaba y compraba su boleto para otro distinto.” Osorio reconoce, además, la importancia de la tarea de la Filarmónica de Bogotá. “Hace cuarenta años que tocan en todas partes, llevando la música a todos los barrios y sin hacer diferencia entre repertorios. Han tocado versiones sinfónicas de salsa y de temas populares, y la gente de la ciudad los reconoce, admira y quiere.”

Más de cincuenta conciertos en cuatro días, con la participación de 420 artistas, tendrán su culminación hoy a la noche, con la Sinfonía Nº 9 de Beethoven, una obra que, a su indudable valor musical, agrega un capital simbólico sin paralelo en la historia musical. Fue la música con la que se festejó el ascenso del nazismo y su caída, y la edificación del Muro de Berlín y su derrumbe, entre muchas otras ocasiones juzgadas por sus gestores como profundamente humanistas. En este caso, en que se recorrieron sus cuartetos de cuerdas, varias de las sinfonías y sonatas para piano, y violín y piano, y sus conciertos para piano, violín y piano, violín y cello, y en que la cara del compositor inundó los barrios junto a carteles donde aparecían caras de los ciudadanos más diversos diciendo “Soy amigo de Beethoven”, nada podría haber resultado más pertinente que la invocación de esta última sinfonía que lleva el sentido de la teatralidad musical hasta el abismo, y donde todo, desde el cataclismo sonoro del comienzo hasta el anuncio, a la manera de un heraldo, que da comienzo a la parte vocal, y la explosión final del coro, remite a la idea de drama. Y, en particular, a la de sociedad.

“Desde que fue creado, por el teatro han pasado 380 mil personas”, sintetiza su director. “Y trabajamos siempre en dos sentidos. En el de los que tienen el hábito y el deseo, tratando de profundizar ese conocimiento. Y en el de los que aún no han descubierto lo que aquí se ofrece y se comparte, para que puedan hacerlo. Si bien en Colombia hay muchos casos de alianza privada y estatal, éste es el primero que tiene lugar en el ámbito de la cultura. La ciudad, en rigor, financia tan sólo el 17 por ciento del teatro, la boletería solventa un 27 por ciento (querríamos llegar a una tercera parte) y el resto lo aportan nuestros patrocinadores.” La elección de Beethoven como protagonista de esta edición inaugural del Festival tiene que ver, para Osorio, con el hecho de que “Beethoven es un compositor que conoce cualquier ciudadano del mundo. Su obra es un legado universal.” La programación de este encuentro bogotano discute con éxito, en todo caso, con algunas de las posturas tradicionales de la izquierda latinoamericana, en el sentido de no oponer lo popular a lo clásico y de no entender a esto como elitista en sí. La apuesta parece ser, más bien, la de garantizar el libre acceso a aquello que, lejos de ser propiedad legítima de una clase social, debe ser considerado patrimonio de la humanidad.

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