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Viernes, 7 de junio de 2013

MUSICA › ESPERANZA SPALDING EN EL GRAN REX

Demasiadas confituras

El concierto con el que la contrabajista mostró el material de su más reciente disco, Radio Music Society, terminó cayendo en un exceso de virtuosismo que lindó con el mero aburrimiento.

 Por Diego Fischerman

Por momentos parece una de esas niñas prodigio, tan talentosas como incontinentes, que no pueden parar de hablar y, como diría un tío de barrio, de presumir. Esperanza Spalding es una notable contrabajista, canta con afinación asombrosa las melodías más intrincadas y lo hace con swing, compone sus temas, tanto la música como la letra, y dirige una banda sumamente sólida. En el primer tema asombra, en el segundo apabulla y para cuando promedia el concierto ya se ha escuchado lo mismo muchas veces y queda poco más que aburrimiento.

En su tercera visita a Buenos Aires –la primera, en 2007, había sido con el Niño Josele y el año siguiente ya había llegado con su propia banda–, Spalding presentó casi completo su álbum más reciente, Radio Music Society, de donde provino todo su material, salvo los dos bises, “Precious” y “I Know that you Know”, pertenecientes al disco Esperanza, y el inicial, “Us”, donde literalmente presenta al “no-sotros” que la acompaña, con solos de varios de sus integrantes. Melodías quebradas y angulares, un poco en la vena de aquellas canciones que Flora Purim y, más tarde, Gayle Moran cantaban en el viejo y buen Return To Forever, comentarios del bajo y solos entre los que se destacaron los que estuvieron en manos de la saxofonista Tia Fuller, fueron las piezas con las que se montaron cada una de las canciones. Sin variedad dinámica ni expresiva, la casi continua exhibición de virtuosismo vocal –dentro de la que merece especial mención Chris Turner, un cantante especialmente dotado– acabó semejándose a un postre con sucesivas –e interminables– capas de crema, confituras y merengue. En todo caso podría pensarse que para Spalding permanece en el misterio la tenue división entre la dulzura y el empalago.

Mezclando palabras en inglés y español tarzánico –Spalding, a pesar de su nombre, que su madre eligió para homenajear a una amiga, no desciende directamente de hispanoparlantes–, la artista habló de amores perdidos (“mucho sonrisa, mucho maraviia, ahora mucho dolor”), de los reyes (“una clase de hombres que lo puedes tener sentado a tu lado, que pueden no tener oro ni castel pero tienen corazón de reies”) y, sobre todo, de que no era necesario hablar y de que la música se explicaba por sí sola. A pesar de eso habló y, además, llenó sus canciones de palabras. Desfilaron “Hold on me”, “I Can’t Help it” y “Smile Like that”, entre otras, hasta llegar a “Radio Song”, que abre el disco y aquí fue elegida como cierre. Improvisando sobre los textos –a diferencia del scat clásico, que lo hace sobre sílabas sin significado específico–, Esperanza Spalding fue del agudo al grave y del grave al agudo, pero con intensidad y tempo invariable. Una banda que logra una singular cohesión en los tramos colectivos y que consigue sus mejores momentos cuando sus bronces se acercan al coral, la acompaña con eficiencia, aunque no demasiada pasión. Los solos dan la sensación de ser repetidos con prolijidad estudiantil más que con espíritu de riesgo y, eventualmente, faltó esa sensación de salto al vacío sin la cual el jazz se convierte en su caricatura. Tal vez –a veces sucede– las capas de confitura fueran necesarias para ocultar la nada.

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Gran instrumentista y cantante, Spalding no puede evitar hacer gala permanentemente de esas virtudes.
 
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