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Viernes, 21 de julio de 2006

MUSICA › LA HISTORIA DE LAS HERMANAS IRUPE Y LAURA ROS

Retrato de una familia especial

Son muy distintas entre sí. Y también son muy diferentes a su padre, el chamamecero Antonio Tarragó Ros. Sin embargo, los caminos de Laura e Irupé confluirán hoy, cuando canten juntas.

 Por Cristian Vitale

Parecen una especie antropomórfica del yin y yang. Irupé es dark. Pantalón, polera y campera negras, apenas cortadas con el azul del pelo y las cejas. Hace calor, el día es súper lumínico, pero ella no pega con el contexto. Como si en vez de tocar el piano y componer bagualas fuera una fan ochentosa de Bauhaus. Del cuello le cuelga un hada-musa y abajo tiene una cruz inmensa con réplicas en miniatura del vía crucis. Mujer religiosa, enigmática, que dice tener hijos perros e hijos lagartos. Laura irradia otros rayos. Tiene el pelo rojo, destila optimismo, ceba mate y ríe cristalina. Tiene una casa toda blanca y el sol se filtra como un amigo más. “Soy titular de la cátedra alegría en la familia”, autoasume. Pero las Ros brothers –hijas del chamamecero Antonio, y distinta madre– son dualidad que se complementa. “Somos las dos caras de la luna”, grafica la menor. La menor es Laura. Irupé juega a torcer el calendario. “En realidad, la más grande es ella. En mi momento más nómade y conflictivo, agarró el diario y me preguntó: ‘¿Dónde querés vivir?, ¿en San Telmo?... bueno, acá está’. Resolvió el tema enseguida, como una madre.”

El asiento sedentario de Irupé dio lugar a los temas introspectivos que pueblan Jazmín, su segundo disco. Tal vez, parte del repertorio que presentarán juntas hoy, gratis, en el Auditorio de Radio Nacional. “Cuando vine a ver el departamento, lo único que había era un jazminero. Los temas nacieron acá y no podía ponerle de otra manera”, evoca Iru. Es su disco sandwich. La pianista ya había editado el bello y triste Angeles (1997), el último es Florencia, álbum nutrido por sus vivencias fantásticas en Italia. “Me siento italiana por adopción. Creo que es por el hada de Pinocho. Mi primer diálogo en italiano fue con la azafata del avión. Estaba subiendo y me dijo ‘eh, ¡La Fata Turquina!’, que es el hada azul de Pinocho.”

–¿Y Laura qué hada es?

Irupé: –La anaran(h)ada.

Laura –Buri, para los amigos– festeja el juego de palabras de su hermana. Dice que se tiñó de rojo porque es el color de la vida, la sangre y el fuego. “Lo adopté como una declaración de principios”, señala. Ella canta y tiene sólo un disco. Se llama Del Aire y salió hace dos años. En él pervive una mezcla cancionera que camina por las cornisas del folklore. Un cover de Charly García (“El karma de vivir al sur”) convive con un candombe escondido de su autoría y una hermosa pieza que le regaló Irupé: “Baguala para las dos”. “Yo no necesito romper con el folklore tradicional porque nunca estuve. Cuando salió el disco dijeron que era una vuelta de página en el folklore, pero yo nunca hice un disco del género. Por ahí, la renovación es la no planeada, ¿no? De todas formas, no busco romper barreras”. Irupé manotea el concepto de geo-folklore, para salir con clase de la discusión. “Yo no creo en el folklore regionalista, sino en el de la tierra-planeta. Todas las culturas se tocan en un punto.” El sonido del celular de Laura interrumpe la conversa. Dice Irupé que parece el teléfono “de esas novelas que pasan por Volver”. Y ríe. Mientras su hermana habla, ella comenta que investiga las ciencias sagradas y que la primera vez que tocaron juntas fue en Betty Blue. “Laura cantaba en las zapadas que organizaba Black Amaya y una noche coincidimos. Nos presentamos como las hermanas Von Ros. Era la época tanguera de Lau. Tenía 19 años y cantaba unos tangos bárbaros.” Cuando Laura se reintegra, la pregunta es si sienten que se complementan como artistas, más allá de tener un padre en común. Responde la menor. “Una vez fuimos a bailar a un lugar llamado Nave Jungla. Iru, en un momento, se empezó a matar de risa. Bailábamos, se me acercó al oído y me dijo ‘claro, boluda, yo soy los ’80 y vos los ’90’. La diferencia está en la superficie, ¿para qué ir a lo profundo?”

–¿Se pelean?

I.: –Mi hermana es superexcepcional. Por lo tanto, las peleas quedan entre comillas. Nos sabemos mucho.

Para hablar del padre, Irupé pone un stop. “La opinión es individual.” Laura la mira, se clava un mate amargo y pinta a mister chamamé como un estimulador permanente. “Nos enseñó a vivir la poesía y la música desde un lugar hermoso. Es un tipo increíblemente sensible, emotivo y con una data impresionante. Pero a veces nos quiere ayudar y nosotras necesitamos hacer nuestra historia. Nos dice ‘no se golpeen acá’ y nosotros vamos y nos golpeamos ahí. Actúa como cualquier padre, con la diferencia de que es un tipo con un perfil muy alto y una personalidad fortísima. Impone mucho y yo, para sentir que soy libre, necesito alejarme de él. Ahora, por ejemplo, estoy componiendo y necesito que no se meta.” Irupé aplica un plan celestial para hablar más o menos de lo mismo. “En mi cabeza hay dos papás: está el de los cielos y el de la Tierra. Por lo que Antonio Tarragó Ros, con respecto al padre de los cielos, es mi hermano. Defino: mi hermano o mi papá de la Tierra es un genio, una gran persona, un ¡bandido rural! Amo ese disco de Gieco, porque me ayudó a entender a mi viejo mejor que unos cuantos psicólogos.”

–¿Necesitó hacer terapia para entender a su papá?

I.: –Mil. ¿Querés una lista? Tenemos una guardada de todos los que fuimos tachando.

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Laura e Irupé se presentan hoy, gratis, en el Auditorio de Radio Nacional.
Imagen: Bernardino Avila
 
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