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Viernes, 21 de julio de 2006

TELEVISION › VUELVE “THE SWAN”

La ley de gravedad según el reality

“A los 40 hay que mantenerse y retocarse, hay una ley de la vida que dice que, indefectiblemente, todo se cae”, afirma la productora del reality de Warner Channel dedicado a la cirugía estética en plan extremo y morboso.

 Por Emanuel Respighi

Tres años atrás, la productora de televisión Nely Galán se encontraba en medio de una profunda crisis espiritual, producto de una conjunción de situaciones: luego de dar a luz a su primer y único hijo y separarse de su novio, la productora se sentía fea. “Estaba fuchi, fuchi: me sentía un patito feo, tanto física como psíquicamente”, le explica a Página/12. En ese momento, con la autoestima por el suelo, a la empresaria se le vino a la cabeza la enorme cantidad de mujeres que, como ella, debían estar pasando por una situación similar. “Fue ahí cuando se me ocurrió crear un programa destinado a cambiar el estado emocional y físico de las mujeres”, explica. Y de esa idea surgió “The Swan”, el reality show que lleva al extremo las transformaciones post- bisturí de mujeres en televisión, y que el próximo domingo, a las 22, estrena su segunda temporada por Warner Channel.

Invirtiendo un promedio de 250 mil dólares por participante, en “The Swan” no hay eufemismos ni dobles discursos: todo es directo. El morbo, la perversión de los reality shows de temática quirúrgica, en el programa que quiere transformar “patitos feos” en “cisnes” no se intenta disimular. Más bien se asume: en el programa, las participantes no sólo se someten a todo tipo de profesionales –que incluyen cirujanos plásticos– para ser más lindas, sino que además en cada envío compiten entre sí con la misión de ser más linda que la otra, pues la ganadora pasa a transformarse en candidata a un concurso de belleza. O sea, ya no basta con mejorar algún defecto o accidente: “The Swan” lo que busca es la exaltación de la belleza (artificial, por supuesto). Incluso, el reality show creado por la productora nacida en Cuba pero residente desde pequeña en Estados Unidos se anima a dar un paso más allá de donde llegan los programas del género como “Extreme Makeover” o “Dr. 90210”, reclutando para la ansiada transformación a las participantes durante meses enteros, período de tiempo en el cual les es vedado todo contacto con sus familias y con cualquier espejo y/o superficie que pueda reflejar el desarrollo de la transformación.

En su segunda temporada, el reality show conducido por la bella –no podía ser de otra manera– Amanda Byram mantendrá el concepto que llevó a que el programa se emita en más de cien países: si algo pasó en tu vida y te convertiste en un patito feo, puedes resucitar y convertirte en cisne. La renovación, entonces, pasa por las diferentes mujeres que le conceden su cuerpo y alma al equipo de cirujanos y las distintas intervenciones quirúrgicas a las que se someten las nuevas candidatas a ganar un concurso de belleza. “Este año los televidentes podrán ver un caso muy especial, que se desencadenó casi por azar”, le comenta a Página/12 Galán. “Resulta que una concursante se quiso operar la nariz y al empezar a hacerle los estudios, nos dimos cuenta de que tenía cáncer. Fue todo muy raro, porque ella no sabía nada y hubo que contarlo en el contexto de un programa de televisión, pero se lo hizo con respeto y gracias al programa se la pudo operar y le salvamos su nariz. Encontramos el tumor y se lo extirpamos. Si no hubiera venido al show a embellecerse, nunca se hubiera enterado de su enfermedad y vaya a saber uno cómo podría haber terminado”, detalla la productora, en una narración propia del programa.

–¿Qué opina acerca de la polémica que este tipo de programas desató con relación a la ética médica?

–De lo que me he dado cuenta haciendo el programa es de que tanto las mujeres como los hombres pasan a lo largo de sus vidas por un montón de circunstancias, algunas buenas y otras malas. Creo que el reality show sirve para que la gente entienda que ni la felicidad ni la tristeza son para siempre: no son estados constantes sino variables.

–“The Swan” exacerba las características del género y lo lleva, incluso, hacia un nivel de competencia por la belleza muy alto.

–“The Swan” cambia por completo la forma en que las mujeres se ven a sí mismas. En el programa, en realidad, la competencia no es otra cosa que profundizar el nudo dramático y mantener la expectativa. Pero la realidad es que las mujeres se presentan no para el concurso de belleza final sino para cambiar sus vidas: buscan en un programa de televisión aquello que la vida social les niega. Pero en la decisión del jurado no prima el factor belleza sino la dedicación y el esfuerzo de cada participante. Lo que se evalúa no es tanto la belleza alcanzada sino el esfuerzo que cada participante realiza para la transformación.

–En Estados Unidos hay un grave problema con respecto a la obesidad y la mala alimentación. ¿Cómo fue recibido allí “The Swan”?

–De manera increíble. El show es un éxito, porque creo que los deseos universales son tres: todo el mundo quiere ser millonario, encontrar su amor y ser bello. El deseo de ser bello es universal y no discrimina estratos sociales, culturales ni nacionalidades. Así y todo, el problema de salud de la sociedad norteamericana ayudó al buen andar del programa.

–A diferencia de otros realities como “Extreme Makeover”, “The Swan” convoca a mujeres con baja autoestima, dispuestas a todo, lo que hace “más televisable” la narración...

–Ese perfil es cambiante. No todo el mundo se siente mal toda la vida, ni todo el mundo se siente bien siempre. En el programa buscamos gente que esté atravesando por una época mala, no con el fin de aprovechar esa situación en términos televisivos, sino porque todo lo que salga de la transformación es vivido mucho más intensamente. Buscamos gente que esté pasando por un momento malo porque lo que queremos es alegrarle la vida.

–Pero someter a participantes vulnerables a cirugías estéticas, ¿no puede ocasionar arrepentimientos una vez equilibrado su estado emocional?

–Hasta ahora, eso no ha pasado nunca. ¿A quién no le gusta que le regalen 250 mil dólares en el embellecimiento de su figura?

–El problema no es el dinero invertido sino que, en muchos casos, se realizan transformaciones físicas irreparables, que pueden generar trastornos psicológicos en los pacientes/participantes...

–El mundo no se divide entre la belleza y la fealdad, y estos programas tampoco incentivan esa mirada. El problema de estos realities es que hay seres humanos. Si fueran casas las que embellecemos, nadie diría nada. Yo creo que uno no puede ir por la vida y dejarse caer. Uno no tiene que aspirar a ser el más bello del mundo, pero sí se debe preocupar por sí mismo. Está comprobado que cuanto mejor se siente uno consigo mismo, mejor realiza el resto de sus tareas. En el mundo de hoy, en el que la apariencia prima por sobre cualquier otra característica, a los 40 hay que mantenerse y retocarse. Hay una ley de la vida que dice que, indefectiblemente, todo se cae.

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El cisne Amanda Byram es la conductora del ciclo.
 
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