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Martes, 10 de junio de 2014

MUSICA › 34 PUñALADAS Y ASTIYA, SU NUEVO DISCO

“Nuestra generación volvió a meter el tango a los codazos”

La agrupación surgida la década pasada ya va por su sexto trabajo, el segundo en el que casi todos los temas –que hablan de personajes marginales y situaciones densas– le pertenecen. “Las nuestras, claramente, no son historias de ganadores”, señalan.

 Por Cristian Vitale

Astiya. Palabra áspera, dura, contundente. Palabra molesta y eficaz, a la par, para meter bajo un mismo marco los personajes dolidos que el quinteto de tango a guitarras, 34 Puñaladas, expone en su último disco. Al chorro muerto tras una persecución absurda. Al vino amargo y el basural de cenizas que intoxica amantes callejeros. A las vírgenes rotas (molidas a palos) que le rezan al dios cafishio. A los que tienen un barniz de whisky en el alma o a los de mirada perdida y turbia, todo bajo una atmósfera de guitarras densas y milongueras. “Nos preguntamos cuál es la astiya que hiere al tipo que recorre la ciudad todos los días, y lo condena a seguir cierto destino. Intentamos mirar la radiografía donde se ve el hueso del chabón, en el que se le metió un cuerpo extraño”, introduce Alejandro Guyot, cantor y responsable de hurgar en las grietas humanas de la gran urbe. “No son historias de ganadores, claramente”, distiende Edgardo González, guitarrista, en el marco del estreno del disco (arrancaron el viernes pasado y repetirán el próximo viernes a las 22.30 en el CAFF, Sánchez de Bustamante 764). “Se trata de poner zoom al máximo y ver dónde se astilló el hueso, donde se metió la melancolía, esa flecha envenenada que condena al personaje a ser un antihéroe”, desarrolla Guyot, ensimismado, posesionado en el centro nodal sobre el que gira el sexto trabajo de la agrupación de tangos bajos, nacida durante la última década del siglo XX.

Astiya representa, además, el segundo disco en que 34 Puñaladas muestra temas propios casi en su totalidad (catorce piezas entre quince), cuyo epicentro está dado, dicho está, por la metrópolis de hoy y sus personajes errantes. “Hay historias de trata, de chorros y de horas muertas, porque la ciudad sigue emanando esas historias... y no es que estamos buscando una historia de la trata para contarla en clave de 1920. No es la polaquita que vino a Buenos Aires, se hizo la francesita, y se pintó un lunar... Estamos hablando de historias que pasan hoy y que salen en el diario”, señala Guyot en ronda de palabras y conceptos con Página/12. “En ‘Otro lugar’, el primer tema, el tango persigue a un chorro toda la noche, hasta que el chorro termina baleado y muriendo en un baldío. Quiero decir que hay un montón de resonancias y personajes que vuelven a sonar cíclicamente, porque hay algo de esencia de la ciudad como metrópoli, que también tenía en otro momento: marginalidad, prostitución, violencia, en fin”, define el pintor Juan Lorenzo, otro de los guitarristas que completa la agrupación junto a Lucas Ferrara en guitarrón y el recién llegado Maximiliano Cortez, en guitarra.

–El punk no lo inventaron los Sex Pistols, claramente.

Juan Lorenzo: –Y menos Iggy Pop... podríamos arreglar en The Who (risas).

–Al margen del chiste, es nítido que Astiya continúa, de alguna manera, con el tópico que la banda expuso en Bombay Bs As, el disco anterior: la gran ciudad y sus circunstancias.

Edgardo González: –Tiene un correlato con Bombay Bs As, sí, pero mientras aquél tiene una mirada panorámica de esa ciudad entre real y ficticia, éste enfoca en historias particulares, dentro de esa misma ciudad. Es como bajar la mirada a historias personales. Fuimos de lo descriptivo e impresionista a lo narrativo, mientras que en lo musical el grupo sigue en la búsqueda de un lenguaje contemporáneo, con un anclaje en la tradición que suma elementos de la música contemporánea y del bagaje personal de cada integrante.

Alejandro Guyot: –Estuvimos en Seattle, en Vancouver, en Montreal, en Chicago, y en todas las ciudades encontramos mucho de nuestra Bombay. Hay partes de París que, papá, si te asomás, te morfan crudo. Con esto quiero decir que hay una idea de metrópoli global, que supera las idiosincrasias.

–Si tuvieran que ir a los orígenes del grupo y tender una conexión entre Astiya y Tangos carcelarios, el disco debut, ¿se reconocerían parte de un mismo todo?

E. G.: –Es como demasiado ir hasta allá; pero sí, se puede comparar.

J. L.: –Pasa que rompimos nuestros propios moldes cuando nos lanzamos a componer. Decidimos quemar algunas naves y dijimos: “Bueno, vamos a ver hasta dónde nos lleva la música”. No vamos a hacer tangos que sigan siendo parecidos a los carcelarios sino que vamos a tirarnos a la pileta y ver qué pasa. Así surgieron letras que no tienen que ver con el lunfardo antiguo sino con uno actual, uno callejero y de hoy. No nos propusimos estar en ese molde, pero salió así. E instrumentalmente salieron cosas diferentes a los de Tangos carcelarios o Slang, que es el segundo disco.

E. G.: –Por un lado, el grupo se reconoce y por otro, se ve claramente la evolución... Bueno, es un término antipático para la música.

–Se podría usar “devenir”.

A. G.: –Devenir, sí. O transformación, porque toda la carrera que hizo el grupo fue muy significativa tanto en la construcción y la variación del público. Si ve un show de Tangos carcelarios, notará que el 70 por ciento de la sala era gente de 60 años y el 30 restante, de 30 años. Y esa proporción ahora se ha invertido.

–¿Esto se explica sólo por el peso de las composiciones propias?

E. G.: –Diría que también por el trayecto internacional que hicimos. No por la influencia musical en sí misma en el sentido de “bueno, escuché a Hermeto Pascoal y le copié los acordes” sino en la onda “toqué en el mismo espacio que Hermeto, y me bajé de ahí siendo otro músico”. Ocupar lugares cerca de Hermeto, Ivan Lins, Marc Ribot o El Cigala, indudablemente transforma.

J. L.: –Esos músicos surgidos de diferentes folklores del mundo, del jazz, los ritmos africanos o europeos del este, no se han quedado en un lugar quieto, tradicional u ortodoxo, sino que asumieron formas nuevas. Y eso no funciona como piensan algunos acá. No es irse al carajo.

E. G.: –Discusiones perimidas, pero que se siguen dando. Y no sólo con los viejos, eh...

–Néstor Marconi lo dijo en una entrevista con Página/12: hay más tradicionalistas en las nuevas generaciones que en las viejas.

J. L.: –Tenemos alumnos de veintipico de años, que son tremendos (risas).

–El fanatismo del converso, tal vez...

A. G.: –Lo que pasa es que las nuevas generaciones también tienen que buscar una identidad. 34 Puñaladas tuvo desde el principio una identidad muy fuerte. Aunque hacíamos tangos lunfardos, con toda una carga histórica, a nosotros, por vivir la crisis de 2001, tocar en la IMPA, en medio de un contexto en el que se estaba gestando un caldo urbano y social evocado por los tangos que tocábamos, nos dotó de una personalidad, y no sólo en el repertorio o la manera en que lo poníamos en escena. Era muy difícil volver atrás.

–¿En qué sentido?

A. G.: –En que no era un simple grupo que imitaba a las guitarras gardelianas, corsinianas o incluso las de Rivero. Más bien se partió de la idea de que ese repertorio tenía resonancias contemporáneas inevitables que, por otro lado, a nosotros nos marcaba cómo podía llegar a ser el tango propio.

E. G.: –Visto a la distancia, a veces pensamos que todo ese tránsito fue apropiarnos del género, y en algunos casos aprenderlo e incorporarle nuestras propias improntas. En ese proceso construimos el lenguaje que derivó en la composición.

–¿Es mejor empezar como intérpretes y seguir como compositores? Porque hay varios proyectos que empiezan y se desarrollan al revés.

A. G.: –A ver, la Fernández Fierro, El Arranque, 34 Puñaladas, y todos los grupos de esa generación, obligadamente debimos suplir el vestuario en el que el jugador más viejo le pasa los yeites al más pibe. No tuvimos esa escuela, porque los músicos que nos precedieron generacionalmente se dedicaron a otros géneros: al jazz, al rock, a otras músicas.

–La gran mayoría, sí.

A. G.: –Ahí va, porque los hubo. Colacho Brizuela, por ejemplo, que ha grabado muy buenos discos de tango. O Juanjo Domínguez, Rubén Juárez y el Tata Cedrón, tipos más grandes a los que, sin embargo, nosotros tomamos como referentes. Pero la posta es que nos tuvimos que hacer de abajo, de forma autodidacta. ¿Quién carajo te enseñaba cómo se tocaba tango? ¿Cómo era el sonido? ¿Cómo se cantaba? Fue hacerse de abajo, en una especie de orfandad, y en nuestra primera etapa como intérpretes tuvimos que volver a meternos en la piel del tanguero. ¿Cuál es el yeite? ¿Cómo se hace? Bueno, todo eso...

E. G.: –Incluso en algún momento circuló la denominación “generación bastarda” para referirse a nosotros.

A. G.: –Nuestra generación, si tuvo algún tipo de mérito es que volvió a meter el tango a los codazos.

–A lo Giunta...

A. G.: –Así es (risas).

J. L.: –Y que las compañías discográficas, las independientes, claro, vuelvan a interesarse un poco por el tango, ¿no? Y también los medios. La verdad es que hoy nadie puede decir que no se componen tangos, cuando hace diez años había que buscar mucho.

A. G.: –E incluso ahora hay muchas estéticas que son tan personales como la cantidad de grupos que existen. Para mí fue un gran logro poder hacerse espacio a los codazos en escenarios que estaban vedados. Hace un tiempo, encontrar o hacer una nota de tango en un medio era prácticamente imposible.

J. L.: –Que haya una generación posterior a la nuestra también está bueno, porque es un efecto multiplicador. Es cierto que la tiene más compleja porque es un embudo conseguir lugares para tocar o poder editar un disco, pero es un signo de vitalidad.

E. G.: –Y en lo estético, volviendo a lo que decíamos antes, es lógico que los pibes se pongan más ortodoxos, al menos frente a nuestra generación, que intentó un tango más contemporáneo. Tienen que empezar a pelearse con nosotros, está bueno.

A. G.: –Hay una manera de meterse en la cadena tanguera, que en algún momento te hace preguntarte qué había antes. Escuchás el sonido de Gardel, el sonido de Corsini, y te fascinás. Es inevitable que te pase en algún momento.

E. G.: –De ahí a venir a un concierto de 34 Puñaladas con una remera de Jorge Vidal me parece medio excesivo (muchas risas).

–Otra costumbre rockera aplicada al tango: las remeras...

A. G.: –Es que somos de una generación a la que el rock le pasó cerca por donde la mires... el tipo que quedó ileso, bueno...

–Hay uno...

E. G.: –Sí, Hugo Rivas.

–¡Muy bien!

A. G.: –El tipo es genuino, sí, pero a los demás no les creo nada, porque el rock te pasó por adentro, y si no te pasó es porque vivías en un zapallo, no sé...

J. L.: –Hay algunos que intentan impostar eso, pero todos hemos ido a ver a los Redondos, a Black Sabbath o hemos escuchado a Hendrix, aunque puedo asegurar que Hugo no sabía quién era Hendrix. Lo conozco desde cuando tenía 19 años y sé que no lo finge. Es así, genuino.

A. G.: –Para nosotros lo más genuino era poder apropiarnos de todo ese lenguaje, hasta que en un momento dijimos: “Basta, hagamos un disco todo compuesto por nosotros”. Y ya no vemos la ciudad de 1920 o 1960, vemos la de hoy. Poder apoderarnos de un cacho de ciudad en tanto escenario, medios o poesía, fue una actitud política. Poder apoderarnos poéticamente de la ciudad para devolverla en forma de música y poesía fue alentador.

E. G.: –Y armar una metáfora sobre el agobio urbano.

–Una Buenos Aires que no tiene espacios libres, y a la que se le corrieron los márgenes, o los tiene adentro, incorporados.

E. G.: –Hay una universalidad de ese formato de ciudad.

J. L.: –Con la salvedad de que Buenos Aires es una ciudad sudamericana, y en otras épocas el tango la comparaba con París, ¿no? Nosotros bajamos a la tierra y dijimos: “Sí, Buenos Aires tiene cosas de París, pero también de cualquier otra gran ciudad de América”.

E. G.: –Alejada de esas miradas evocativas o pintoresquistas de Chico Novarro o Eladia Blázquez, que están buenísimas, pero tienen otro perfil.

A. G.: –Bombay... salió en 2009 y yo creo que generacionalmente fue una manera de drenar la experiencia del menemismo, la experiencia de 2001, y hasta las vivencias del macrismo en cuanto a clausura de lugares. Lanzarnos a la composición fue el desafío de actualizar el lenguaje musical y poético, de la manera que el tango habla de la ciudad. ¿Cómo hablo el tango de la ciudad en 1930? De esta manera. ¿En el ’60? De tal otra. Y nosotros tenemos que hablar de cómo lo haría hoy.

–Trasvasamiento generacional aplicado al tango.

A. G.: –Personajes, lugares e historias de otras generaciones y épocas que se resignifican hoy, con sus propias improntas.

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34 Puñaladas se presentará el próximo viernes a las 22.30 en el CAFF.
Imagen: Bernardino Avila
 
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