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Lunes, 25 de agosto de 2014

MUSICA › CATUPECU MACHU CELEBRó EN EL LUNA PARK

Cuatro horas de tsunami

 Por Yumber Vera Rojas

Es conocido que los Catupecu Machu son dueños de un sonido inclasificable en el rock argentino, que siempre corrió a contramano de las tendencias musicales en boga, de las etiquetas impuestas por la prensa y hasta de su propio pasado. Pero en la noche del sábado pasado, la banda hizo especial hincapié en un rasgo que la acompañó desde su germinación en el departamento de Dominga, madre de los capitanes de la banda, los hermanos Ruiz Díaz, en el porteño barrio de Villa Luro, pero que no explicitó hasta ahora: su pluralidad. “Estamos abiertos a todos: tanto a los travestis como a los heterosexuales”, afirmó Fernando, frontman del grupo, al tiempo que por el escenario de un Luna Park inflado de pasión desfilaban invitados diferentes entre sí en estilos y generaciones, quienes acompañaron al hoy cuarteto en la celebración de sus dos décadas de trayectoria artística. A lo largo de cuatro horas de show, el combinado amenizó una conmemoración inolvidable, a la que tituló “Veinte años: el grito después”, en la que no faltó absolutamente nada.

Aunque el cacique de Catupecu amagó con extender el festejo hasta que su público demostrara su satisfacción con la oferta, lo que hizo desde el vamos con “El grito después”, tema que inauguró la treintena de clásicos que erigieron un espectáculo mágico. Y es que el mayor de los Ruiz Díaz es un músico tan generoso que peca de anti-rockstar al superponer con la cosmogonía que gira en torno a su banda su propio ingenio. Lo que contrasta con su carisma, un tsunami de verborragia, fraternidad y anécdotas. “Cada show es una canción”, explicó Fernando, antes de invitar a ese escenario orwelliano, del que sobresalían dos triángulos que emanaban imágenes, mensajes, rayos, mandalas y luces, a uno de sus “amigos y brothers”, Fabián “El Zorrito” Quintiero, para tocar el bajo en “Perfectos cromosomas”, quien al acabar el tema rindió elogios a la banda por haber sobrevivido a momentos difíciles como el accidente automovilístico que casi le costó la vida a Gabriel Ruiz Díaz, presente en el aforo.

Después de una primera mitad en la que una formación solvente y efectiva, al igual que disciplinada y multifuncional (en la que Ruiz Díaz tiene en Macabre, Sebastián Cáceres y Agustín Rocino a los cómplices idóneos para “seguir haciendo lo que les salga del orto”), se concentró en desplegar su vuelo existencialista e irascible, con “Secretos pasadizos”, “Dialecto” y “Origen extremo”, el resto del cumple dio un giro tan radical que pasó de una fiesta íntima a convertirse en una gran romería en la que participaron ex integrantes, ídolos, pupilos y colegas de la juerga festivalera. No obstante, a partir del último tramo de show, con dos covers con sello catupequero: “Plan B”, al lado de Wallas, y “Héroes anónimos”, con su autora, Isabel de Sebastián, la emoción cobró intensidad, al punto de que, tras “Dale!”, en el que Zeta Bosio agarró el bajo, Fernando, notablemente afectado, se tomó un par de minutos para luego dedicarle, ya en la madrugada del domingo, “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” a Spinetta, al que invocó por su condición de leyenda del rock local. Así como ellos, a partir de ahora.

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Fernando Ruiz Díaz, carismático y talentoso.
Imagen: Joaquin Salguero
 
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