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Lunes, 16 de marzo de 2015

MUSICA › ANDRéS CALAMARO FUE UNO DE LOS GRANDES PROTAGONISTAS DEL FESTIVAL COLOMBIANO ESTéREO PICNIC

Bajo el eterno poder de la canción inoxidable

El Salmón se apoyó en una andanada de temas que ya forman parte de la memoria colectiva latinoamericana, y con ello puso en éxtasis a 30 mil personas. Mientras tanto, Kasabian mostró su fiereza en vivo, sorprendió Alt-J y Kings of Leon dio un show desangelado.

 Por Roque Casciero

Página/12 En Colombia

Desde Bogotá

Suena “Paloma” y las lágrimas corren por las mejillas de la chica colombiana, iluminadas por las luces del escenario. Los padres no la llamaron así por la canción, que no había sido escrita cuando ella nació, pero la tomó como su himno privado por ese asunto del nombre. Arriba del enorme tablado del festival Estéreo Picnic, el autor del tema, Andrés Calamaro, se deshace en muestras de afecto para un público que durante una hora y media lo hizo sentir casi casi en el Hipódromo de Buenos Aires. Los bogotanos cantan “Oe oe oe oe, Andrés, Andrés”, y lo único que falta es la “l” en el “olé” para que las distancias se desvanezcan. El poder de la canción radica allí: difícilmente, Paloma y sus compatriotas entiendan palabra por palabra de qué habla Calamaro en “Los chicos”, pero gritan sobre el cucumelo y el chico cuartetero como si hubieran visto a Rodrigo en Fantástico de Once.

Y si alguien sabe del poder de la canción, ése es Calamaro. El repaso de la lista que cantó y tocó en tierra colombiana sirve como confirmación, igual que revisar Jamón del medio y Pura sangre, sus recientes discos en vivo. Desde el comienzo con “Alta suciedad” hasta el adiós definitivo –tras besar el suelo del escenario, en una nueva devolución de afecto– con “Los chicos”, el Salmón encadenó canciones que a esta altura forman parte de la memoria colectiva latinoamericana. “A los ojos”, “Tuyo siempre” (en versión “cumbia colombiana”), “Loco”, “Mil horas”, “Mi enfermedad”, “Sin documentos” (con cita a “Rosa, Rosa”), “Flaca”, “Estadio azteca”, entre otros temazos, pusieron a casi treinta mil personas en éxtasis. Calamaro agradeció en varias ocasiones tanto cariño, pidió aplausos para su “cuadrilla” (los guitarristas Baltasar Comotto y Julián Kanevsky, el tecladista Germán Wiedemer, el bajista Mariano Domínguez y el baterista Sergio Verdinelli), bailó, hizo cantar a la multitud, se entregó él mismo al placer de la performance.

Una vez más, “Los chicos”: en el final de la canción, como siempre, las pantallas devolvían las imágenes de Luca Prodan, Pappo, Federico Moura, Osvaldo Pugliese, Luis Alberto Spinetta, Paco de Lucía y otros músicos fallecidos. La mayoría, seguramente muy poco familiares para el público colombiano. Pero la seguidilla de fotos terminó con la de Gustavo Cerati, al tiempo que Calamaro y su banda encaraban un fragmento de “De música ligera”. Otra vez, el poder de la canción trascendiendo distancias, tiempos y hasta existencias terrenales. Y la piel de gallina y la explosión de la multitud para confirmarlo todo.

“¿Cantan ‘Calvin, Calvin’?”, bromeó en algún momento el ex Abuelos de la Nada. Es que por el festival había pasado antes Calvin Harris, DJ y productor estrella que ha logrado el crossover de la pista de baile a las radios gracias a un abordaje pop de la música electrónica. Y eso se multiplica cuando pisa un escenario: recurre hasta el hartazgo a subir el pitch del beat para anticipar la explosión del baile, aumentada por recursos visuales en las pantallas, columnas de fuego o de humo, papelitos brillantes y luces fuera de control. La EDM cruzada por el pop, como en el hit “Summer”, todo un chicle en la mente de cualquiera que se le cruce. Aquí, Harris fue desde el primero de los tres días del festival una presencia anhelada: miles de bogotanos usaban coloridas gorras con el nombre del DJ y productor británico. Falta poco para que esa fiesta electrónica, tan efectiva como efectista, llegue a la Argentina, porque Harris es de los artistas que tras el Estéreo Picnic seguirán rumbo sur al Lollapalooza.

El festival colombiano presenta algunas diferencias notorias con lo que suele verse en Buenos Aires. Por un lado, es evidente que aquí las marcas apuestan más fuerte a lograr la atención de los asistentes, con stands carísimos que proponen atracciones ingeniosas o espacios de relax muy logrados (como el VIP de una marca de telefonía celular, montado sobre un enorme árbol artificial). Por otro, la notable idea de ubicar el escenario para artistas emergentes en medio del tránsito entre los dos principales: si se presentan novedades, siempre habrá recambio para el futuro. La ambientación del Parque Deportivo 222, en la Sabana bogotana, también es llamativa: un mercado de artesanías, sector para camping, enorme pelotero, puestos de comidas y baños de sobra para hacer sentir cómoda a la multitud, fardos de pasto y sillones para que los asistentes pudieran “parchar” (pasar el tiempo en grupo) desde temprano... Incluso, las largas colas para el ingreso del primer día se solucionaron en los dos siguientes, a pesar de que el número de personas creció.

Como en la mayoría de los festivales actuales (en el Lolla argentino estará la Fernández Fierro, por ejemplo), la mezcla de géneros resulta esencial para sostener el interés de muchos públicos distintos. En el día final del Estéreo Picnic hubo electrónica (Deep Dish), funk latino (con los venezolanos Los Amigos Invisibles), hip hop (la española Mala Rodríguez, los locales Crew Peligrosos, el combo Compass), rock (Calamaro), electropop (Miami Horror), fusiones (Systema Solar combina hip hop, dance y folklore colombiano), y reggae (con los SOJA, favoritos del público argentino).

La profusión de estilos también había sido notoria en los días anteriores. Desde el energético abordaje de los sonidos norteños de Rancho Aparte y Herencia de Timbiquí hasta el clasicismo de los reformados Aterciopelados o los muy aplaudidos Litio, la oferta local fue variada. Tanto que incluyó a DMK, una banda tributo a Depeche Mode (y fenómeno de YouTube) formada por un padre y sus dos niños –los únicos que pudieron entrar al festival, seguramente–, quienes usan algunos instrumentos de juguete para abordar las canciones de Martin Gore y Dave Gahan.

El cierre del escenario principal el segundo día le correspondió a Kings of Leon, que ofreció un show bastante desangelado. En el frío de la noche bogotana, el público apenas se enganchó con los hits “Sex on fire” y “Use somebody”. Algo similar sucedió con Damian Marley, otro de los que bajará a Buenos Aires: su reggae roots no terminó de encender y con el dancehall apenas levantaba a los más seguidores del género. Estos sí se sentían a sus anchas, porque sobre el escenario tenían todo lo que se puede esperar del reggae, desde un tipo que sólo agitó la bandera de Etiopía durante todo el show hasta los larguísimos dreadlocks del cantante, que en poco tiempo deberá hacer esfuerzos para no pisarlos.

Vaya a saber por qué alineación de estrellas particular, quienes más público tuvieron durante la segunda jornada fueron los británicos Alt-J, que supieron capitalizar semejante atención. El cuarteto de indie rock combina cierta oscura introspección con el músculo provisto por el notable batero Thom Green, y en su primer show sudamericano fue sorpresa tanto por su performance como por la respuesta de la multitud (especialmente en “Matilda”). En Buenos Aires habrá doble oportunidad para verlos: además de presentarse en el Lollapalooza, el 23 tendrá su “sideshow” en Niceto.

Eso mismo ocurrirá con los británicos Kasabian (el mismo 23 compartirán escenario de “sideshow” junto a The Kooks en La Rural), también muy exitosos en su aventura colombiana. El grupo liderado por el guitarrista y cantante Sergio Pizzorno energizó al público que llenó la inmensa carpa donde estaba el segundo escenario, y puso a bailar con esa suerte de combinación entre The Stone Roses y Primal Scream que tan bien funciona en vivo. El final del concierto fue bien demostrativo de las influencias del cuarteto: como introducción a su hit “L. S. F. (Lost Souls Forever)”, hicieron “Praise you”, de Fatboy Slim. Quien, es menester recordarlo, además de ser un nombre fuerte del big beat de los ’90, fue el bajista de The Housemartins cuando todavía se llamaba Norman Cook.

Por la misma carpa habían pasado antes los Rudimental, quienes también estarán en la Argentina. Curioso caso este cuarteto de electrónica en su traslado al vivo: además de disparar pistas y mezclar en vivo de sus temas, el DJ Locksmith metía hits como “Hit the road, Jack”... y la gente los cantaba como si fueran parte de lo mismo. Mientras, el cantante Amir Amor se limitaba a hacer la mímica de la canción y a arengar a la multitud efervescente (lo mismo que cuando presentaron “Bloodstream”, la canción que compusieron junto a Ed Sheeran). De algún extraño modo, la cosa funciona.

Con el festival Estéreo Picnic como referencia, aun con notorios cambios de cartel, esperar al Lollapalooza Argentina genera ansiedad. Lo de Jack White aquí fue demoledor, como ya se consignó oportunamente, y Skrillex seguramente compartirá el fervor de los fans de la EDM con Calvin Harris. Sumarle nombres como Robert Plant, Pharrell Williams y The Smashing Pumpkins no hace más que ilusionarse con un festival a la altura de su único antecedente. Y con el poder de las canciones como fuerza motora de todo lo demás.

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Calamaro cerró su set con “Los chicos” y el acostumbrado desfile de grandes figuras que se fueron.
 
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