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Miércoles, 3 de junio de 2015

MUSICA › GUILHERME DE ALENCAR PINTO Y SU LIBRO SOBRE EDUARDO MATEO

Razones que no son tan locas

En Razones locas, el autor brasileño radicado en Montevideo plasma un retrato integral del legendario músico uruguayo, que intenta fijar datos concretos antes de que se los lleve el tiempo: “Sigo sin entender del todo cómo se puede tener tanto swing, tanta onda”.

 Por Cristian Vitale

“Este es el libro que durante años he querido leer.” Y si lo dice Jaime Roos es porque a Razones locas le sobra legitimidad. El libro que durante años había querido leer Roos es el que Guilherme de Alencar Pinto acaba de reeditar, Editorial Perro Andaluz mediante, para el veinticinco aniversario de la muerte de su biografiado: el genuino, contradictorio y genial Eduardo Mateo. “La idea de escribir el libro me vino en el cementerio, saliendo de su entierro, casi al mediodía del 17 de mayo de 1990. Yo lo venía siguiendo muy de cerca hacía algunos años, y tenía la sensación de saber mucho sobre su trayectoria”, enmarca Alencar, periodista, músico y melómano brasileño, sobre el minuto cero de un trabajo que superó las seiscientas páginas y que es el más completo compendio sobre vida y obra del maravilloso músico uruguayo. “El círculo de Mateo no era tanto de gente con perfil ‘intelectual-académico’, sino todo lo contrario: no había recopiladores sistemáticos de datos verificados a su alrededor, digo, porque la mayor parte de las personas cercanas a Mateo tendían a lo volado, a lo artístico. Creo que yo era el único de los tipos que eran fanáticos de Mateo y que al mismo tiempo tenía una disposición para la investigación”, desarrolla el hombre radicado en Montevideo hace treinta años, y tira así las bases de un inicio.

Inicio que, con el devenir, fue desembocando en un “acto de justicia” (Roos dixit). En un clásico de la literatura musical rioplatense que mira, a través de Mateo, treinta increíbles años de músicas celestes por dentro (Mateo por Mateo), y por fuera: Mateo, visto a través de hombres y mujeres que le giraron cerca durante partes específicas de su vida. “Yo sabía que la documentación sobre él era poca, y que la mayor parte de la información estaría en las memorias de quienes habían vivido las distintas etapas de su trayectoria. Entonces, pensando en la muerte, como suele darse en los entierros, sentí además que esa información se iría desvaneciendo, olvidada, deformada por el paso del tiempo y la pérdida de contacto con el contexto, con las muertes de los testigos, pero además de la motivación de prestarle un tributo a Mateo, era una manera de seguir teniéndolo presente, y de volcar en forma productiva la pérdida”, cuenta el autor sobre un corpus de vivencias que van desgranando, a través de largas entrevistas, personajes también centrales para la música popular uruguaya.

Entre ellos –fueron 102 en total– están Rubén Rada, Diane Denoir, Horacio Buscaglia, Nancy Charquero (novia a quien le dedicó la hermosa “Uh, qué macana”), Osvaldo y Hugo Fattoruso, Dino, Urbano Moraes, Verónica Indart, Cheché Santos, Jorge Trasante y el mismo Roos, que también interviene mediante un reportaje que le hizo, de melómano y fan nomás, en 1983. “Al principio quería escribir simplemente un texto, pero la cantidad de material interesante y de reflexiones que fueron apareciendo, aunadas a mi entusiasmo, terminaron dando en lo que dio”, explica Alencar, y extiende el sentido, a través del sentido del título. “¿Razones locas?, bueno, sí, porque Mateo era ‘loco’, hacía locuras. Pero no me quise detener en esa etiqueta: tildar a alguien de loco no es propiamente explicar su actitud. Es más, esa etiqueta suele ser un sustituto perezoso de una mejor comprensión de la persona. Quise hurgar en cómo pensaba Mateo, sobre todo con respecto a las cosas que tuvieron repercusión en su arte. Por supuesto, desde el inicio sabía que, como en Citizen Kane, nadie puede explicar o describir cabalmente a una persona, y mucho menos una tan compleja y rica como Mateo. Pero al menos, persiguiendo a Rosebud, uno llega un poco más lejos, y pienso que el libro presenta algunas hipótesis sólidas para algunos aspectos de Mateo y de su música.”

Su eclecticismo, por caso. Su enorme vuelo musical, que se fue haciendo del candombe de los barrios negros, de la psicodelia Beatle y los tambores, del desprecio por el lujo; del eterno divague –alguien dice que se juntó mucho con el último Tanguito, y que admiraba su locura–, del porro, la caña y las anfetas; de Ravi Shankar, la bossa nova, Joao Gilberto, Carlos Santana, Debussy y Astor Piazzolla; de los acordes disonantes, la autodestrucción y las melodías tristes más bellas; de una guitarra dúctil, única, indisciplinada; del loop cósmico sin maquinitas; de una poesía no siempre maldita y misteriosa; de una riqueza armónica sin igual, que empapó sus diversas vidas musicales: en la larga línea de tiempo que empieza en Orfeo Negro, Los Malditos, Diane Denoir y El Kinto, pasa por las Musicaciones, Horama, su etapa solista, los duetos con Trasante y Cabrera, Travesía, y desemboca en los viajes de La máquina del tiempo. Todo teñido de bellísimas creaciones, claro: cómo abstraerse de “Esa tristeza”, de “Mejor me voy” y “Príncipe azul”, de “La mama vieja”, de “Yulele” o “Por qué”, de “El tartamudo”, “Cuerpo y alma”, “Tras de ti”, “La Chola” o “Para el hombre y la mujer”. “Vi a Mateo por primera vez en una función del Circuito Cultural Municipal, en octubre de 1985, la primera vez que vine al Uruguay”, evoca el autor del libro.

Y se explaya: “Fue muy fuerte verlo en vivo, porque además estaba en una etapa espectacular: andaba bien, animado, alegre. Viéndole la cara, sintiendo la energía del toque en vivo, el swing casi sobrenatural de su guitarra, sus ideas arreglísticas, su vuelo con el canto, sus chistes, fue ahí como que lo de Mateo hizo un salto hacia arriba en mi conciencia, en mi apreciación. Empecé a sentir que lo que hacía era más que bueno, era como genial. Y nada, él se me acercó después del toque: al saber que era brasileño me trató con tremenda simpatía, hablando en carioca de favela”, recuerda Alencar, sobre otro de los motivos –inconscientes aún– que lo llevó a realizar Razones locas. “Pude verlo trabajar a Mateo, ir puliendo las ideas, ir creándolas, hasta el producto final. Fue una experiencia impresionante... sigo sin entender del todo cómo se puede tener tanto swing, tanta onda, tocando pulsos nomás... lo que me fascina es la manera como en él son compatibles las dimensiones de experimentación y elaboración, digamos, ‘intelectual’, con una dimensión muy vital, de swing, de vuelo rítmico”, finaliza.

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“Mateo hacía locuras, pero tildar a alguien de loco no es propiamente explicar su actitud.”
 
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