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Martes, 9 de febrero de 2016

MUSICA › LAS PASTILLAS DEL ABUELO, LA VELA PUERCA Y GUASONES TOCARON EN LA SEGUNDA FECHA DE COSQUíN ROCK

Fue el día del “festival subacuático”

Una de las tradiciones del encuentro de rock más federal de la Argentina es que haya al menos una jornada pasada por agua, que en esta ocasión fue la del medio. La actuación de Eruca Sativa fue consagratoria y el escenario temático estuvo dedicado al reggae.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Desde Santa María de Punilla

Dicen que el Cosquín Rock no es Cosquín Rock sin lluvia. Y esta edición, a pesar de los pronósticos divulgados con insistencia durante la semana previa sobre fuertes precipitaciones, parecía decidida a no ser. “El cielo siempre azul”, repetía una y otra vez Manuel Moretti cuando Estelares hacía la canción “Ardimos” a eso de las 19. Para esa altura, el predio del Aeródromo de Santa María de Punilla (donde el festival se realiza desde hace seis años) ya estaba con una buena capacidad de gente, aunque muchos aún venían dilatando su ingreso para aprovechar el hermoso clima en las aguas del río Cosquín. Además, para fortuna de esos demorados, los horarios de los shows venían con unos 40 minutos de retraso, desajuste que el día anterior no había sucedido.

Desde otros lados llegaban novedades perturbadoras. “En Córdoba capital se cayó el cielo y el agua no va a tardar más que una hora en llegar acá”, auguraban muchos locales ante la ansiedad informativa de los visitantes. Incluso una cortina de nubes comenzaba a asomarse tras las sierras cuando la tarde estaba agonizando, amenazando con bajar con su intimidante escala de grises. Pero el agua no caía.

En el Escenario Temático, dedicado en la jornada del domingo al reggae, se sucedían distintos exponentes de todo el país. Entre ellos, los marplatenses Rondamon, única banda costera del género que logró ganar visibilidad nacional gracias a su capital artístico y a sus constantes apariciones en festivales como éste. En simultáneo, desde el Escenario Alternativo, concitaba un respetable número de escuchar Blazer, que en 2015 pasado ganó el concurso Viva Rock Latino y que además participó en el RockBA, un festival itinerante que recorrió todo el país durante los dos años anteriores.

Otro de los espectáculos que activaron la tarde fue Madera Microchip, el formato electroacústico que Catupecu Machu decidió replicar los tres días del Cosquín Rock, en el contexto de la carpa Geiser. Que, en esencia, no es otra cosa que el inagotable viaje de Fernando Ruiz Díaz en su desangre público, la inmolación popular de un llanero solitario que desanda los rumbos de sus curiosidades, en otro momento compartido con su sociohermano Gabriel, y ahora expuestas al plebiscito popular de quienes abrazan piezas densas y sin estribillo a cabalgue de una violenta guitarra criolla. Aunque se sabe que el instrumento más distintivo del ADN-catupé es la voz de su cantante. La demanda por ver Madera Microchip es tan grande que la organización obliga a retirar las entradas horas antes del show, momento en el que se agotan rápidamente.

Algunos aprovechaban la calma de la tarde para recorrer los sectores satélites. Uno de ellos: el “mercadillo persa” del rock, compuesto por puestos de cervezas, bebidas varias, cafés calientes, remeras y discos, a los que se les sumaron otros menos obvios o previsibles como el de tatuajes o la peluquería. En los momentos de calor, un conocido banco ofrecía en su stand un curioso dispositivo para ofrecer refresco que consistía en un ventilador y aire frío. Aunque la innovación más llamativa de todo el CR16 haya sido, por lejos, los mingitorios a cielo abierto –y casi que a pared limpia– en los cuales los muchachos hacían su necesidad primaria ante la absorta mirada de las señoritas que por allí circunstancialmente deambulaban.

Los números más fuertes comenzaron a salir al atardecer. Con bermuda y remera negra, Pato Fontanet se asomó al escenario y dio fin a una de las expectativas más incubadas de todo el Cosquín Rock 2016: la nueva aparición pública de Don Osvaldo. El show del ex líder de Callejeros fue uno de los más largos de todo el festival, a pesar de que fue ubicado lejos de los horarios centrales. Esto quizás haya respondido a una decisión de sensibilidad estratégica por parte de la organización, quien buscó bajarle el perfil público a una presencia bien recibida por sus fanáticos, pero eternamente cuestionada por los detractores de Fontanet. Para colmo, el morbo Cromañón estaba azuzado por el show previo de Ojos Locos, la banda que había tocado en Cemento aquella fatídica noche del 30 de diciembre de 2004.

Al principio Fontanet ofreció pocas palabras más que las cantadas. “Buenas tardes. ¡Se armó la barra!” fue de lo poco que dijo durante largo rato. Recién una hora después, notablemente más distendido, empezó a soltar la lengua. Entre el público, un mar de banderas dominaba el horizonte. Dos decenas de ellas eran de Uruguay, cuyos dueños se habían agrupado pacientemente desde temprano en un costado a la espera de hacer su aparición con la salida de Don Osvaldo, replicando otro hábito más de la tribuna futbolera.

Y entonces, cuando ya nadie pensaba en ella... se hizo la lluvia. “El festival subacuático”, como lo anticipó su organizador, José Palazzo, en Página/12. Y el Cosquín fue Cosquín, con su dimensión diluviana copando la parada y decidiendo qué sigue, qué se acorta o qué se estira. Inaugurada la temporada de agua, Eruca Sativa (el valor cordobés de mayor penetración en el CR16 y en la escena rockera en general) fue una de las pocas bandas que pudo disfrutar de la breve tregua climática. Y lo hizo con un show audaz y caliente, a pesar de que para ese entonces el campo ya era un fangal y la cantidad de público sobre el escenario principal había mercado notablemente. Es que no fueron pocos quienes se tentaron con la presencia de Dancing Mood en el Temático (recién llegados de un show en el Konex durante la noche anterior) y no dudaron en atravesar todo el Aeródromo para llegar hasta ese sector donde Hugo Lobo le hacía frente a la lluvia con la fuerza eólica de su trompeta (y un cierre épico con su festejada versión de “Police woman” de The Skatalites).

Anticipando la recta final, el platense Fer Soto paseó su figura viboreante y su impronta escénica –nunca del todo reconocida– con el set ajustado a hits radiales de Guasones. Para ese entonces el agua caía de manera apocalíptica y el campo se llenó de preguntas. La Vela Puerca se demoraba en pisar al escenario para activar el penúltimo número de la noche y los fantasmas sobre la suspensión sobrevolaron el Aeródromo de Santa María de Punilla. Finalmente los uruguayos salieron a como diera lugar y le respondieron a los numerosos incondicionales que aguantaban estoicos el aguacero con un repertorio abreviado de menos diez canciones que, encima, casi tienen que abortar por la imposibilidad técnica de tocar en esas condiciones.

Distinta fue la suerte de Las Pastillas del Abuelo, el acto final de la segunda noche del Cosquín Rock 2016. La lluvia, si bien nunca paró de caer, ofreció una breve merma avanzada la madrugada, intersticio que le permitió al conjunto de Piti Fernández extenderse con las dos decenas de canciones pensadas. Entre ellas, las de Paradojas, el disco que presentarán en abril en el estadio de Ferro y que testearon ante el gran público que invade las sierras cordobesas cada febrero desde todos los puntos del país.

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Las Pastillas del Abuelo testearon ante el gran público las canciones del reciente Paradojas.
Imagen: Gentileza Cosquín Rock
 
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