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Miércoles, 27 de septiembre de 2006

MUSICA › DAVE HOLLAND ACTUA HOY AL FRENTE DE SU QUINTETO

“En la música hay que usar todo”

En su caso existe un raro acuerdo: considerado como el mejor contrabajista del jazz actual, un compositor fundamental y el conductor de un quinteto superlativo, se presenta esta noche por tercera vez en Buenos Aires.

 Por Diego Fischerman

Dave Holland estuvo en el momento preciso y el lugar exacto como para convertirse en una estrella del rock británico. Nacido el 1º de octubre de 1946 en Wolverhampton, empezó a hacer música a muy temprana edad: a los cuatro años comenzó con el ukelele, a los 10 con la guitarra y a los 13, exactamente en 1960, con el bajo eléctrico. La razón fue la misma que llevó a unos cuantos a elegir ese instrumento: “En la banda ya había guitarrista y se necesitaba alguien que tocara el bajo”. Nadie podría haber supuesto, en ese momento, que apenas ocho años después, Dave Holland sería el contrabajista del grupo de Miles Davis y que a partir de allí llegaría a ser considerado, con unanimidad pasmosa, no sólo el mejor en su instrumento, sino el conductor de uno de los más importantes grupos existentes y uno de los compositores más destacados del jazz de los últimos treinta años. Al frente de su extraordinario quinteto, precisamente, Holland volverá a actuar esta noche en Buenos Aires, donde ya se presentó en 2000 y en 2004. En el Teatro Coliseo, y luego de la apertura a cargo de la notable orquesta de Mariano Otero –otro contrabajista y líder de banda–, Holland tocará junto a los mismos con los que llegó en 2004: el vibrafonista Steve Nelson, el saxofonista Chris Potter, el trombonista Robin Eubanks y el baterista Nate Smith.

“Hacía la música popular del momento. Eso incluía rock, rhythm & blues, country y todo lo que apareciera en los rankings de venta pop”, cuenta Holland acerca de sus comienzos. “Aunque estudié piano durante un tiempo, aprendía de la radio y de cancioneros. A los 15 dejé la escuela y empecé a escuchar jazz en serio. Siempre disfruté de una gran variedad de músicas, tanto a la hora de escucharlas como de hacerlas. Pero, al escuchar jazz, llegó la revelación y llegó de la mano de Ray Brown y de Leroy Vinnegar. Yo ignoraba que el bajo sirviera para tocar esas cosas, que pudiera ser algo más que un sostén rítmico y armónico. Escuchar que, además de eso, podía haber variedad en los ritmos, contrapuntos melódicos, y, más tarde, descubrir las posibilidades de tocar con arco, me llevó a pasarme del bajo eléctrico y a enamorarme del jazz.” Antes de cumplir veinte años, Holland ya era uno de los nombres insustituibles del jazz inglés, una escena en la que se codeaba con el trompetista Kenny Wheeler (nacido en Canadá pero radicado en Londres), los saxofonistas John Surman, Evan Parker y Elton Dean –integrante del grupo Soft Machine–, el pianista John Taylor y el guitarrista John McLaughlin. El comienzo, para él, fue en el verano de 1963, a los 17 años, cuando le ofrecieron formar parte, como contrabajista, de una banda bailable en un hotel. Después vino una corta gira con esa misma banda, acompañando al cantante Johnny Ray y, luego, los trabajos en Londres, donde, además de pasarse las noches en que no tocaba escuchando a músicos de jazz, comenzó a estudiar con James E. Merritt, solista de contrabajo de la London Philharmonic Orchestra y profesor en la Guildhall School of Music & Drama, donde empezó a estudiar al año siguiente, por recomendación de su maestro.

Eran los años en que descubrió a Charles Mingus, Scott LaFaro, Jimmy Garrison, Ron Carter y Gary Peacock. Por ese entonces era frecuente que tocara en el famoso club de Ronnie Scott, acompañando a músicos de jazz norteamericanos de gira, como Coleman Hawkins, Ben Webster y Joe Henderson. Y fue entonces cuando sucedió algo bastante parecido a un cuento de hadas. “En el club de Ronnie Scott estaba, como número principal, el trío de Bill Evans con Eddie Gomez y Jack De Johnette. Antes, yo acompañaba a una cantante, Elaine Delmar. Miles Davis llegó al club para escuchar a Evans y lo que menos pensé es que a él le interesaría oír esa parte del show. Esa fue mi primera lección acerca de Miles. El escuchaba todo. Yo sabía que él estaba allí y me incomodaba que me escuchara en una situación de tan poco lucimiento como era acompañar a una cantante. De todas maneras toqué lo mejor que pude: traté de impresionarlo. El me dejó un mensaje a través de Phily Joe Jones, que en ese entonces vivía en Londres. En el mensaje me ofrecía que me uniera a su grupo y para eso debía estar en dos semanas en Nueva York. Junté mis cosas, saqué los pasajes y me fui.”

Una de las características que llama la atención de los proyectos conducidos por Holland es la manera en que van desarrollando una línea estilística sumamente definida sin que eso signifique repetición de fórmulas ni reiteración de modelos. En 1972 grabó el genial Conference of the Birds, donde tocaban Anthony Braxton y Sam Rivers. El disco fue editado por ECM, el mismo sello que publica desde su fundación todo lo grabado por Keith Jarrett y del que surgieron figuras como Pat Metheny. Y Manfred Eicher, su dueño y productor, dice sin dudar que Conference of the Birds “es uno de los álbumes más importantes que produje”. Treinta y cuatro años después, acaba de salir Critical Mass –editado por Sunny Side y distribuido por Universal–. Antes, una gloriosa prehistoria en que figuran sus grabaciones con Miles –las sesiones de Bitches Brew y de Jack Johnson–, el cuarteto Circle, con Braxton en saxo, Chick Corea en piano y Barry Altschul en batería, y el trío A. R. C., con Corea y Altschul. Y en el medio, queda una carrera de una originalidad deslumbrante, con hitos como Jumpin’ In, Seeds of Time, The Razors’s Edge, Extensions, Dream of the Elders, Points of View, Prime Directive, Extended Play y su grabación junto a una big band que no es otra cosa que una versión ampliada del quinteto. Entre uno y otro, formó parte del trío Gateway con el guitarrista John Abercrombie y el baterista Jack De Johnette, grabó discos con contrabajo y con cello solos –Emerald Tears, Life Cycle y Ones All–, un extraordinario trío con Steve Coleman en saxo y De Johnette –Triplicate– y formó parte de Question and Answer, con Pat Metheny y Roy Haynes, y de So Near, So Far, de Joe Henderson, dos de los discos de jazz más exitosos de la década pasada. Sus grupos, cuartetos y quintetos rondaron distintas formaciones aunque, como aquellos cuartetos de Ornette Coleman y de Gerry Mulligan, evitaron cuidadosamente el piano. Por allí pasaron Wheeler, el trombonista Julian Priester y luego Robin Eubanks en ese mismo instrumento, Steve Coleman y los bateristas Steve Ellington y Marvin “Smitty” Smith y el guitarrista Kevin Eubanks. En el verano de 1997 fundó el grupo actual, que se mantiene salvo en el caso del baterista, que originariamente era Billy Kilson.

“Una de las cosas que me sucede al hacerme más viejo –comenta Holland– es que pienso más y más en usar la totalidad de mi experiencia como intérprete. Algo que me decía Sam Rivers, hace ya un largo tiempo, era que no dejara nada afuera. Que utilizara todo. Eso se convirtió en una especie de mantra para mí, a través de los años, y estoy tratando de encontrar un vehículo que me permita recurrir a todo el espectro que incluye la tradición, que incluye al blues y que incluye la improvisación libre. Amo toda esa música y tengo el deseo de reconciliar todas esas áreas y volverlas relevantes en un contexto contemporáneo, como si se tratara de una única música.” Haber pasado por la experiencia del free jazz, en todo caso, está lejos de ser un dato menor para Holland. “Conference of the Birds es para mí como una vieja fotografía”, dice. “Me muestra como yo era. Cuando me veo allí no soy del todo un extraño y tampoco me desagrado por completo. Pero tampoco soy otro. Es como verme de pantalón corto frente a un kiosco de golosinas: ya no me visto de la misma manera ni siento la misma pasión por las golosinas, pero esa imagen es parte de lo que ahora sé. De lo que ahora soy.” De allí queda, sobre todo, la conciencia de que la tonalidad está lejos de ser la única posibilidad. En cuanto al ritmo, el juego se plantea entre las pulsaciones regulares y otro de sus grandes amores musicales: la música de Africa Central.

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El quinteto de Holland está conformado por solistas extraordinarios y, al mismo tiempo, tiene un poderoso sonido grupal.
 
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