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Martes, 10 de abril de 2007

MUSICA › EL BALANCE DEL FESTIVAL DE MENDOZA

Un final de fiesta con el mejor repertorio clásico

Música clásica por los caminos del vino convocó a una multitud para celebrar a artistas de buen nivel, cincuenta conciertos en cuatro días.

 Por Diego Fischerman

Desde Mendoza

Un festival de música puede ser una mera sucesión de conciertos. Puede tener o no una inserción profunda en la comunidad donde se lleva a cabo. Puede ser la resultante de un movimiento cultural o puede, por lo contrario, ser planificado para que lo provoque. Es posible que sea una exposición de grandes números traídos desde otras partes o que se convierta en un muestrario de lo que la sociedad local produce. Existe la posibilidad, desde ya, de plantar rosas en el desierto y de que esas plantaciones ni dependan ni sean capaces de generar un ecosistema. Algunas de estas posibilidades tienen más rédito inmediato que otras y están las que, sencillamente, no tienen rédito alguno. Y si el Festival Música clásica por los caminos del vino, que organiza el Ministerio de Turismo y Cultura de Mendoza, junto a muchas de las principales bodegas de la provincia, tiene, después de siete años de recorrido, la trascendencia que tiene, es, más allá del buen nivel artístico general, por mantener un lazo estrecho con la propia cultura, tanto por su llegada al público como por el respeto que tiene por los músicos locales.

De los cincuenta conciertos programados a lo largo de cuatro días, la gran mayoría corresponde a solistas, grupos de cámara y orquestas mendocinas. E incluso en una superproducción como la del oratorio La resurrezione, de George Frideric Händel, o en el concierto al aire libre que nucleó a tres mil personas en una plaza para escuchar arias de ópera, los artistas mendocinos fueron protagonistas. En el primer caso, la ajustada y expresiva orquesta que dirigió Juan Manuel Quintana, además de músicos llegados desde varios países europeos, incluyó artistas chilenos, brasileños y de varias regiones de la Argentina, además de que la totalidad de la producción fue concebida en Mendoza. En el segundo caso, junto al tenor Luis Lima y el barítono Luis Gaeta, además de la Orquesta Filarmónica de Mendoza, conducida por Pablo Herrero Pondal, se lució la soprano mendocina Eliana Bayón, la misma que el año pasado abrió la temporada del Colón como Mimí, en La bohème de Puccini, y la cerró como Liù en Turandot, del mismo autor, en el Luna Park. Entre muchos muy buenos conciertos, como los del cuarteto de cuerdas Dionysus en la bodega La Rural, el del Coro de Niños de Mendoza en la bodega Roca y el del Coro de Cámara UNCuyo, dirigido por Fernando Ballesteros, en la Basílica de San Francisco de la capital provincial, el de Musica Fiorita junto a la soprano Graciela Oddone, en el magnífico auditorio que la Bodega Salentein tiene en el Valle de Uco ocupó un lugar privilegiado.

El grupo, con base de operaciones en Suiza, dedicó la primera parte de su concierto al 1600 y, en particular, a dos compositoras femeninas, Barbara Strozzi y Camilla de Rossi. La dirección de Daniela Dolci, precisa y atenta al sentido de las palabras, y el virtuosismo del grupo, además del fantástico desempeño de la cantante invitada, lograron versiones sutiles e intensas. Las virtudes del conjunto instrumental descollaron en la segunda parte, con composiciones de Vivaldi y, en particular, con los dos conciertos de Las 4 Estaciones –Otoño e Invierno– incluidos en el programa, donde se destacó la exquisita violinista Miki Takahashi. La música antigua fue también protagonista del cierre, lo que no hace otra cosa que reflejar el lugar que los músicos argentinos ocupan dentro de ese paisaje. Quintana, uno de los mejores violagambistas del mundo y asistente del director Marc Minkowski en varias de sus producciones –entre ellas, la notable Giulio Cesare de Händel, que grabó la Deutsche Grammophon a través de su subsello Archiv–, condujo a un excelente combinado de músicos locales y extranjeros, especializados en la interpretación con instrumentos antiguos –flautas traveseras de madera, oboes sin las llaves que posee el instrumento actual, violines, violas y cellos con cuerdas de tripa, clave– y de acuerdo con lo que se sabe acerca de las prácticas de la época en que estas obras fueron compuestas. Las excelentes sopranos Soledad de la Rosa y Pilar Aguilera Jorquera, la mezzosoprano Evelyn Ramírez, de bellísimo timbre, el tenor Jaime Caicompai y el barítono Norberto Marcos, y el Coro Municipal de la ciudad de Mendoza, que cerró con eficacia cada una de las partes del oratorio, entregaron una interpretación convencida y convincente de una de las obras más bellas de Händel, La resurrezione, escrita por él en Roma cuando aún no se había convertido en el músico oficial de las pompas y circunstancias londinenses. En ese relato dramático donde un ángel, Maddalena, Cleofe, San Giovanni y Lucifero cuentan –y provocan– la historia de la resurrección de Cristo, Händel escribió algunas de sus composiciones más inspiradas, como las arias con viola obligada que Quintana, en el doble papel de director e instrumentista, tocó como los dioses.

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El oratorio La resurrezione, una superproducción.
 
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