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Martes, 10 de abril de 2007

CINE › UN RECORRIDO POR LOS AUTORES, TITULOS Y ESTILOS QUE PONEN LA PANTALLA DEL FESTIVAL AL ROJO VIVO

Un maratón de películas que sólo piensan en eso

John Cameron Mitchell, Lionel Soukaz, Ryuichi Hiroki, Larry Clark, Gaspar Noé, William Jones: nombres que toman por asalto el Bafici para un amplio abanico de rarezas y provocaciones, crónicas de viajes sexuales narrados por sus propios protagonistas que, en muchos casos, exigen espectadores con espíritu resistente a lo explícito.

 Por Julián Gorodischer

Un manual apócrifo del sexo en los Balcanes (en uno de los cortos de Destricted), una orgía continuada en el centro de Manhattan (Shortbus, de John Cameron Mitchell), la intimidad de una pareja que se excita con materia fecal (Faceless Things, de Kim Kyung-mook) y el ritual de las ataduras según dicta la sofisticada técnica del kinbaku japonés (Bakushi, de Ryuichi Hiroki): nada de lo exótico le es ajeno al amplio repertorio de películas de temática sexual del Bafici. El maratón encuentra una constante: la excursión a la rareza se ejecuta como una crónica de viaje cruzando sólo las fronteras de la convención; narrada por sus protagonistas, proclama una diversidad que, en muchos casos, exige espectadores con espíritu resistente a las imágenes explícitas, sobre todo en casos como el de Faceless Things (sección competitiva “Cine del futuro”), organizada en dos largos planos-secuencia de relaciones que, para concluir que “el sexo es un misterio íntimo”, alterna la violencia consentida en una pareja de hombre maduro y adolescente con los detalles de una relación coprofílica que no ahorra planos del enchastre.

Porno de autor

La enorme expectativa por conocer la continuidad de esa hermosa película sobre “una vida de estrella” que fue Hedwig and the Angry Inch agotó las funciones de Shortbus (sección Panorama – Nocturna), del estadounidense Mitchell. Es un fresco social de una Nueva York actual, que les aplica a sus personajes el corte de una película coral y lo reduce a sus vidas sexuales, nucleadas en el pub Shortbus, con licencia para consumar orgías gays y heterosexuales, en el que –como el tono general del film– se respira una melancolía de los ’60, como si se refundara la década libertaria en un match esta vez sin trasfondo político, que destina la relación monogámica a la ruptura, el suicidio o la decepción. Su director une a Shortbus con Hedwig... en sus condiciones productivas: “Tuve una educación muy católica –dijo–, fui a un internado de monjes benedictinos en Escocia. Crecí en un ambiente militar, religioso, artístico, pero bastante fóbico hacia el sexo. Encima, yo era gay. La mojigatería crece en los Estados Unidos (y su gobierno) y quería meterme con eso. Semejante mojigatería acaba desahogándose en una pornografía triste y repetitiva que es quizá la principal educación sexual de los jóvenes estadounidenses”.

Muchos de los autores del porno en el Bafici aplican a una narración clásica un tono explícito en el tratamiento de escenas sexuales, como si redescubrieran que hay posibilidades de crear en el cine condicionado, un paso más allá del erotismo de Hedwig... En Shortbus, el tratamiento extremo incluye desde la fellatio de un hombre a sí mismo hasta un trío de extrañas poses amatorias combinadas con el himno estadounidense como fondo musical. En los cortos de Destricted (con obras de Gaspar Noé, María Abramovic, Larry Clark y Matthew Barney, entre otros) se percibe esa misma reflexión sobre la ampliación y renovación de géneros que instaló Shortbus. Aquí, el acto sexual se recrea bajo una mirada colectiva que reivindica el correrse de las fórmulas fijas para excitar. En el conjunto de cortos, We Fuck Alone, de Gaspar Noé, podría pasar por “una película pornográfica de bajo presupuesto influida por El imperio de los sentidos” –definió su director– unida a Irreversible, su film anterior, en la violencia implícita en todo encuentro carnal y en la rugosidad de las formas (de un brillo intermitente no apto para epilépticos); e Impaled, de Larry Clark, vuelve sobre sus temas de siempre –la iniciación adolescente en el sexo, como actor o espectador–, pero esta vez según las reglas del documental clásico: mirada a cámara, sucesión de testimonios biográficos.

La unión con sus ficciones anteriores está dada por la inclusión de aficionados. “Hay realizadores –justificó el director de Kids y Ken Park– que dicen que no se puede trabajar al mismo tiempo con profesionales y amateurs. No estoy de acuerdo. Uno de los secretos de ser actor es conseguir no estar del todo consciente, cosa a la que son más proclives quienes no tienen experiencia ante cámaras.” El resto, en Destricted, abarca una tradición evidentemente apócrifa en materia sexual balcánica (Marina Abramovic), las imágenes de un exhibicionismo de antaño en tomas de mujeres solas al sol (Richard Prince) y la masturbación épica en contraste con el fondo de paisaje árido (Sam Taylor Wood) y colabora con los objetivos del todo: desplazar los rostros del objeto de deseo al junkie, el voyeur, el ama de casa de los ’50 y el novato inexperimentado.

Fetiches compartidos

Sorprende la naturalidad con la que el director japonés Ryuichi Hiroki narra la rareza de la práctica S/M del Kinbaku. El cineasta es un experimentado autor de películas de erotismo soft, que retrató también una alternatividad del sexo en producciones como Vibrator y L’amant. No hay toma de partido por el dominante; el punto de vista se desplaza a las atadas, que a pesar del –por momentos– insoportable gemido de dolor asumen “en discurso” el enorme placer sensual que les implica entregarse a la compleja artesanía manual a cargo del maestro Bakushi. La extraña belleza estética del kinbaku aparece en el relato del artista de la práctica cuando dice que “ella actúa como si no le importara morir”, consagrando este film como una intervención política por el respeto a la otredad. Casi hipnóticos, los gemidos de dolor se van fundiendo con los suaves bramidos de él, y no hay apuro en el director que espía, cuyo máximo aporte parece ser la readaptación del catálogo clásico de la cultura japonesa for export (el tatami, el kimono, el té verde, la geisha), aquí ligada a un hardcore que confirma que no todo es lo que parece. Las variaciones al estándar que plantea Bakushi incluyen el goce en la inmovilidad total, la búsqueda coreográfica como meca de satisfacción, el relegamiento de la penetración a elemento suntuario y la extraña declaración de una geisha apasionada: “Puedo expresar mejor mi ser cuando estoy atada”.

Los cortos y mediometrajes del francés Lionel Soukaz comienzan en un ensayo documental sobre escenas perdidas de la historia de la homosexualidad (Race d’Ep, recorrido por curiosidades que incluyen al barón von Gloeden y sus fotografías, un instituto de investigaciones sexuales reprimido y perseguido por el nazismo (el Magnus Hirschfield), pero también la incidencia cultural revulsiva del arte pop y la vitalidad de un circuito de bares gays. En Bouts tabous, Soukaz responde a sus propios censores con un conjunto de escenas sexuales provocadoras. Y en sus cortos Maman que man, Ixe, Boy friend 2 y Copi Je’tm demuestra qué queda cuando el film ensayo sobre libertades sexuales y modos de vivir lo privado y hacerlo público se fusionan con la fuerza de su propia historia personal, para alejarlo de cualquier atisbo de frialdad. La falta de distancia con lo narrado, esta vez como paradoja, aparece también en Tearoom, del estadounidense William Jones, cuyo mérito es aportar la mirada de autor a registros de una cámara de seguridad en baños públicos que funcionaban como punto de encuentro para relaciones sexuales entre hombres. Si originalmente las tomas sirvieron para condenar según las leyes represivas de la comunidad de Mansfield (Ohio) en 1962, Tearoom propone una inversión de la causa de la prueba, reivindicando, en la variedad de modos del deseo, esta opción particular.

Tearoom se exhibe hoy a las 18.30, en la Alianza Francesa; el Programa 3 de cortos de Lionel Soukaz, el jueves a las 20.15 en el Hoyts 11; Destricted, el sábado 14 a la medianoche, en el Malba, y Faceless Things, mañana a las 17.15, en la Alianza Francesa.

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Shortbus, de John Cameron Mitchell, con aroma a los ’60.
 
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