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Martes, 4 de octubre de 2005

MUSICA › CUATRO MICROOPERAS EN EL CENTRO EXPERIMENTAL DEL COLON

El desafío de pensar un género

Edgardo Cozarinsky es uno de los artistas que a partir de hoy presentan obras breves que dialogan con la tradición de la ópera.

 Por Diego Fischerman

Edgardo Cozarinsky habla de cine. Habla de música. Habla de su pasión por bailar tango. Y cuenta acerca de Raptos, una de las microóperas que se estrenará esta semana en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC). “No soy un músico verdadero. Ese es, para mí, un territorio de impresiones; de emociones. No de saber”, dice. Edgardo Cozarinsky, escritor y director de cine y teatro, es uno de los cuatro artistas convocados por el Centro de Experimentación del Teatro Colón para redefinir en el siglo XXI un género que se cristalizó en el siglo XIX y en el XX se hizo pedazos. “Se trata más de teatro musical que de ópera”, opina acerca de Raptos, su contribución personal a la nueva categoría de “microópera”.
En su obra participan el bandoneonista Pablo Mainetti, autor además de la música, la bailarina Sofía Mazza y el actor Gustavo Heredia. La coreografía es de Marcelo Carte, los accesorios y vestuario de Minou Maguna y la iluminación de Gabriel Caputo. Radicado en París desde 1974, Cozarinsky toma como una de sus referencias la música de cine, Y explica: “La música de cine que me interesa es la que expresa la vida imaginaria de los personajes”. Autor de los libros La novia de Odessa y El rufián moldavo, de los films La Guerre d’un seul homme, Le violon de Rothschild, Fantômes de Tanger y Ronda nocturna y de la obra teatral Squash, que también dirigió, afirma que “hay una manera ilustrativa de hacer música, que le señala al espectador el tono: atención, esto es cómico, esto es sentimental, aquí hay miedo, aquí hay drama. A mí me gusta otra cosa. Lo que hacía Bernard Herrman para Hitchcock, por ejemplo. La música de Vértigo, por ejemplo, no habla tanto de lo que sucede en la imagen como de la obsesividad del personaje, de su erotismo desviado”.
En Raptos, Cozarinsky toma de la ópera “la expresión exacerbada de las emociones”. Y uno de los puntos de partida fue la idea de tener un bandoneonista en escena. “Parte del espectáculo es, simplemente, el verlo tocar”, cuenta. “Pensé que tenía ganas de trabajar sobre una idea de erotismo y se me ocurrió una forma en tres movimientos. En el primero, la música no sería un tango pero tendría reminiscencias; en los otros, iría para otro lado. Son tres escenas de raptos; de raptos emocionales, de arrebatos y, al mismo tiempo, de secuestros. En dos escenas el hombre rapta a la mujer. En un caso es una escena prostibularia, en los comienzos del tango. En otro, el hombre entra a una clínica psiquiátrica para raptar a una internada. Y en la última escena, la mujer, la muerte, lo lleva a él. Ella está en una ventana, iluminada apenas por la luna, y él está muy mal, cortando cocaína y hundiendo su cabeza en la droga. Están situadas en tres épocas distintas, aunque para los personajes no pasan los años”. Cozarinsky dice de sí mismo, además: “Soy muy poco moderno. Muy tradicional. Me gustan los personajes, me gustan las historias y me gustan las emociones. No tengo miedo de bordear el sentimentalismo. Y aquí quise llegar muy lejos en ese aspecto, en un territorio que no pase por el lenguaje hablado”.

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“Me gustan las emociones”, dice Edgardo Cozarinsky.
 
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