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Sábado, 8 de octubre de 2005

MUSICA › ANTONIO TARRAGO ROS

“El arte transforma todo lo trágico”

El músico habla de los temas de 20 años no es todo, que Página/12 presenta mañana.

 Por Cristian Vitale

Sin contar los quince discos que editó durante los setenta y parte de los ochenta, esa forma antropomórfica del chamamé llamada Antonio Tarragó Ros tuvo que hurgar en los veinte más recientes para elegir “sólo” 36 canciones, y musicalizar sintéticamente su historia cercana. El resultado aparecerá mañana en Página/12 envasado en un CD doble, cuyo título dispara, a priori, una carga de optimismo: 20 años no es todo. Sin embargo, no es lo que parece, o por lo menos no tanto. El mismo Tarragó –muy consustanciado con el trabajo– se pone profundo, dicotómico, y aclara las razones. “Repasar canciones provoca el efecto contrario al de mirar fotografías”, introduce. “Cuando mirás un álbum familiar te encontrás con buenos momentos, aunque por ahí te cause nostalgia alguna falta. Pero las fotos siempre te las sacás en asados, cumpleaños o recitales. Por el contrario, revisar canciones te mete para adentro, porque son producto de momentos dolorosos. Uno casi siempre compone con nostalgia, que es recordar con dolor. De hecho, el arte es una manera de transformar lo trágico en otra cosa. Algo lindo no es necesario que se transforme. En cambio, las canciones embellecen momentos dolorosos.” Con el sostén de la belleza, entonces, el chamamecero nacido en Curuzú Cuatiá hace 58 años pudo soportar la angustia del redescubrimiento, y la soportó ampliamente, ya que de las doce canciones que iban a formar parte del CD en un principio, terminó eligiendo el triple, sin omitir polcas, galopas, chamarras ni schotís. “Estuve dos meses trabajando con este disco y lo mejor que me pasó fue recibir piropos de mis hijas. Irupé me llegó a decir que ciertas canciones mías estaban al nivel de Seru Giran, por sus complejidades armónicas”, comenta.
Laura e Irupé Ros conforman un aparte que papá Antonio denominó “bonus family”. Son los últimos dos temas de cada CD –cuya foto de portada pertenece a Antonio Fernández– y cada uno encierra, a su manera, una historia de amor: Porque tus ojos, Jazmín, Del aire y Baguala para las dos. “Son canciones compuestas, interpretadas y arregladas por ellas; yo sólo aparezco con mi acordeón”, sostiene. Irupé, cuenta su padre, escribió Jazmín cuando él, recluido en su quinta de Villa Elisa, atravesaba por un mal de amores y ella se mudó allí para hacerlo sentir mejor. Así es como canta en uno de sus versos: “Necesito verte feliz/ aunque ya no creas en mí”. “Lo mejor que tenemos en común es lo peor: es decir, somos los tres muy diferentes. Ellas son muy creativas y particulares, cada una tiene su propia vida, y lo más lindo es que siempre nos encontramos a través del arte”, dice Antonio. El resto del trabajo, en el que Laura e Irupé subyacen de una u otra manera –“las canciones me hicieron reencontrar con el crecimiento de ambas”, insiste Tarragó–, engloba el particular mundo del autor de María va, con sus polirritmias e improvisaciones, sus climas de verdes tupidos y serenos, sus notas finas y puntuales, su acordeón como transmisor inevitable de un pedazo significativo de argentinidad. “En mis discos nunca puse búsquedas sino hallazgos, y ahora resumo esos hallazgos pese a remezclas, manoseos y reversiones”, define este militante del chamamé, ninguneado por propios y extraños en los setenta, reconocido después.
La selección de temas arranca desde aquel prodigioso disco que Tarragó editó en 1985 (Como el agua clara) y se extiende –como el título indica– hasta el presente. Un puñado de ellos se vincula a la época en que Tarragó y León Gieco eran culo y calzón. Camino de hermanos, un rasguido doble que ambos grabaron para el film de Teo Kofman, Perros de la noche, pertenece precisamente a esa época. “Era un momento en que andábamos mucho juntos, éramos una especie de matrimonio y justo me llamó Kofman para hacer la música de su película. Entonces busqué a León y le dije: ‘Dale Topo, hagamos algo’. Primero lo rechazó, pero después lo convencí. En esta canción trabajamos mucho los climas y él, lógicamente, le mete armónica a todo”, recuerda Ros. Otras canciones de cosecha conjunta son la infaltable y mil veces versionada Carito, Donde vuela el río, En Misiones y Palermo Cué, ¡qué Hollywood ni Soho! “Es un chamamé muy rocanrol y le pusimos así porque yo vivía en Palermo Viejo. Creo que con León provocamos una bisagra en la historia de la música argentina. Nos queríamos mucho, teníamos una gran amplitud y mirábamos siempre con cariño al otro.”
Otro cúmulo de canciones vincula a Ros con músicos más “sofisticados”. Por ejemplo, al violinista Antonio Agri, con quien coexiste en una hermosa polca rural llamada Adrenalina y en Raúl Albornoz. “Cada vez que tocaba con Agri lloraba”, recuerda. También estimula oídos la presencia del Chango Farías Gómez, junto a quien ejecuta La chacarera del Chaco. “Esta versión la grabamos con unos lujos totales... el Chango metió cuatro o cinco palazos y cambió la historia del tema. Yo ya tenía los arreglos hechos a su medida y salió algo copado. Es una chacarera sin pegoteos, llena de aires y espacios”, describe.
El costado rioplatense se inmiscuye en el Litoral a través del milongón Chau adoquín y el Candombe por la vuelta, cuya letra pertenece a Jaime Roos, a quien Tarragó subtitula “mi primo humilde”. “El videoclip de este tema lo hicimos en El Mincho de Montevideo, un bar construido con estaño. Al principio iba a ser instrumental, pero cuando Jaime la escuchó me dijo: ‘Este es un candombe puro, bo, Cerávolo (Luis) toca la batería como Fato (Osvaldo Fattoruso)’ y le contesté: ‘Entonces ponele letra, boludo’. Primero puso como excusa que no le iba a salir, que le iba a demandar mucho tiempo, pero al final la escribió en una noche. Los Trovadores hicieron los coros y el arreglo estuvo a cargo del brasileño Paulinho do Pino, que ahora dirige una orquesta de cámara en Santiago del Estero.” En el compendio también figuran Víctor Heredia (Corazón perdido), Luis Landriscina (Viejo musiquero) y Teresa Parodi (Como el agua clara). “El folklore es una música muy familiar, por eso se presta para compartir y, también, para brindarte momentos alegres: una vez, en 1978, me crucé con un gurí en la calle y me dijo: ‘Loco, sabés que vos sos de las pocas cosas que yo comparto con mi viejo’. El pibe me salvó la vida en un momento en que me quería matar, porque la dictadura no me dejaba tocar en ningún lado.”

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“En mis discos nunca puse búsquedas sino hallazgos y ahora resumo esos hallazgos.”
 
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