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Domingo, 12 de agosto de 2007

MUSICA › LES LUTHIERS Y EL FESTEJO POR SUS CUARENTA AÑOS DE CARRERA

Cuatro décadas, una cita de honor

“Al ser con entrada gratuita va a venir gente que no puede ir al teatro”, se entusiasma el quinteto, que este jueves abre la Expo Les Luthiers, un recorrido imperdible para los seguidores de vida y obra de Johann Sebastian Mastropiero.

 Por Oscar Ranzani

Johann Sebastian Mastropiero surgió como un personaje creado por Marcos Mundstock antes de que naciera Les Luthiers. En realidad, el personaje tuvo tres etapas, según cuenta Sebastián Masana, hijo de Gerardo o, mejor dicho, del “Flaco Masana” (fallecido en 1973), fundador del histórico grupo que cumple por estos días nada menos que cuarenta años de vida. Cuatro décadas combinando el humor y la música de una manera inolvidable para cualquiera que alguna vez presenció un show o escuchó algún CD del conjunto integrado por Daniel Rabinovich, Carlos Núñez Cortés, Jorge Maronna, Carlos López Puccio y el propio Mundstock. Masana (h) investigó el tema en su libro Masana y la fundación de Les Lu-thiers, y comenta en diálogo con Página/12 que, al principio, el personaje se llamaba Freddy Mastropiero. “La primera biografía de Mastropiero la hizo Mundstock en el Coro de la Facultad de Ingeniería en 1961”, dice acerca del momento en que algunos de sus integrantes coincidieron en aquel coro universitario de los ’60. Cuenta Masana que cuando el grupo del coro saltó al profesionalismo a fines de 1965 adoptó el nombre de I Musicisti. “Cuando les propusieron hacer un espectáculo en un teatro se encontraron con que tenían tres o cuatro obras, pero les faltaba cómo para armar un espectáculo entero.” Entonces, decidieron rescatar aquel personaje de Mundstock e insertar el material que habían creado como si fueran obras de Mastropiero. “Se les ocurrió la idea de aglutinar o generar un hilo conductor para todas las obras a través de las biografías de Mastropiero, que en ese momento pasó a llamarse Johann Sebastian Masana, porque mi viejo era el que componía música en esa época y además él representaba a quien después sería Mastropiero. Estaba parado arriba de un pedestal e iba interactuando con los demás.” La tercera etapa sí fue con Les Lu-thiers, a partir de diciembre de 1969, cuando se estrenó Querida condesa. Cartas de Johann Sebastian Mastropiero a la Condesa de Shortshot. Desde entonces, su nombre quedó asociado a la identidad del grupo como el personaje ausente pero al que siempre se lo referencia.

Lógicamente, Mastropiero va a estar representado en la Expo Les Luthiers que se inaugurará este jueves en el Centro Cultural Recoleta, y a través de la cual se va a poder conocer (o rememorar) la historia del conjunto que revolucionó la manera de hacer humor en la Argentina. “El festejo por los cuarenta años de vida fue a raíz de una idea de Lino Patalano: hacer una expo que nos comunique con el público que nos sigue y con la gente que pueda visitar esta exposición, y que le devuelva en parte todo lo que hemos hecho a lo largo de esta vida: con fotos, con películas, con audio, con charlas, con conferencias”, cuenta Rabinovich, y agrega que “de manera tal que la fiesta que estamos haciendo de estos cuarenta años, y que va a durar un mes o un poco más, es recoger y dar parte de la gran movida que ha sido estar en este grupo durante tanto tiempo”.

En la Sala Cronopios, cada década ocupará un pasillo que se irá recorriendo “año por año”. Una de las perlas de la expo, curada por Carlos Ulanovsky, será el espacio destinado a los instrumentos informales, un clásico del conjunto ideado por Masana. “El Flaco hizo una andanada de instrumentos en el ’65 y ’66. Hizo el contrachitarrone, el cello legüero, el dactilófono –que fabricó con una máquina de escribir que era del estudio de abogado de mi padre–, el violín de lata, que estaba hecho con una lata de bizcochos de la casa de mi vieja. Algunos de esos instrumentos los hizo en un taller que había en la terraza de la casa de mis viejos”, relata Rabinovich, y destaca que en los últimos quince años buscaron que hubiera en cada espectáculo un instrumento informal nuevo. Para López Puccio, el más llamativo de todos era la ferrocalíope. “Era un instrumento que funcionaba con silbatos de locomotora de ferrocarril y se le cargaba vapor en el escenario. Largaba un chorro de humo muy fuerte al pasar por un tubo y se iluminaba. Eran columnas de humo coloreadas”, recuerda.

Durante los días que dure la Expo Les Luthiers, se realizarán diversas actividades paralelas (ver nota aparte) y todo concluirá el 15 de septiembre con un recital gratuito en las escalinatas de la Facultad de Derecho, un hecho que seguramente quedará como histórico, cuyo único precedente se remonta a la actuación del grupo al aire libre con motivo de los mil días de la democracia. Posteriormente, la muestra podrá visitarse en Mar del Plata, ya hay tratativas con España y se está pensado presentarla en Punta del Este. “Al ser con entrada gratuita va a poder venir gente que no puede ir al teatro. Eso es bienvenido”, comenta Rabinovich. “Y al ser una restrospectiva de las cinco décadas en las que hemos trabajado, también va a haber público de Les Luthiers que se entere de cosas que no conocía. Digo cinco décadas porque son cuatro décadas en las que hemos trabajado más la anterior en que estuvo I Musicisti”, agrega.

Rabinovich recuerda que hubo muchos momentos emocionantes en estos cuarenta años: “Volver a trabajar cuando murió el Flaco Masana. O volver a trabajar después del infarto. Fue muy fuerte”, dice. Y López Puccio destaca otro hecho emotivo: “No me acuerdo exactamente cómo fue la anécdota, pero una noche en el Teatro La Salle, Marcos dijo: ‘Vamos a hacer el bis y se lo dedicamos a Inés Rabinovich que acaba de cumplir una hora”. Cuentan que la hija de Rabinovich había nacido en una clínica que estaba al lado del teatro y que “iba a verla y volvía a la función. Fue emocionante”, reconocen.

–Si tuvieran que definir la fórmula química de un Les Luthiers, ¿qué porcentaje de músico y qué porcentaje de humorista hay?

Daniel Rabinovich: –Para ser un Les Luthiers hay que ser músico, hay que saber cantar a voces y tener una buena afinación. También hay que saber pensar humorismo, y en lo posible también hay que saber actuarlo.

Carlos López Puccio: –De todas maneras, si entre nosotros hay que poner números las proporciones cambian, lo cual le da alguna versatilidad al conjunto. No somos iguales. Hay algunos más actores y otros más músicos.

D. R.: –Pero es muy difícil pensar en un grupo como el nuestro con gente que no pueda cantar a voces. Es fundamental que sepa cantar a voces, que sea afinado, que tenga ductilidad para poder tocar varios instrumentos, porque la orquesta de instrumentos informales es enorme. Entonces, hay que saber tocar muchas cosas. Y en lo posible, hay que ser buen actor. Eso no quiere decir que tengamos que ser actores fuera del grupo. Adentro del grupo hay que saber trabajar. Por eso fuimos aprendiendo nosotros. Imperceptiblemente, fuimos aprendiendo el trabajo.

–¿Cómo es el mundo interno de Les Luthiers, la cocina de un espectáculo?

D. R.: –Como buena cocina, está llena de cuchillos (risas). Complicada. La preparación es el momento en el que más rigideces y más dificultades tenemos. Nos cuesta mucho encontrar nuevos temas. Después, eso se va aceitando, como en una buena cocina, con un aceite y con ingredientes. Cada cual va agregando un poco a la salsa y queda una comida riquísima, que es la que servimos y comemos entre todos. Hay momentos muy divertidos y momentos muy trabajosos, penosos, en los que hay que repetir partes hasta el hartazgo porque uno no la aprende, porque nos cuesta aprender a tocar algún instrumento. Es complicado.

–¿El secreto de hacer reír consiste en el factor sorpresa antes que en lo previsible?

C. L. P.: –Uno de los mejores mecanismos de Les Luthiers es utilizar la ambigüedad del significante, digamos. Una cosa que viene para significar una cosa y que por un cambio en la redacción, en la forma o lo que sea, termina significando otra. La inteligencia se ve sacudida. Pero no es la sorpresa. La sorpresa en sí misma yo creo que genera susto. La sorpresa es como una consecuencia en el humor. Después de que te reís decís: “¡Ah, mirá qué sorprendente que fue esto!”.

–¿Cómo afrontaron el riesgo de combinar la parodia con la música clásica, que siempre fue considerada solemne?

C. L. P.: –El inicio tuvo que ver con una especie de complicidad de amantes de la música, contra las formas o el ritual en el cual se envuelve habitualmente la interpretación clásica. Entonces, era reírse con la música clásica. Pero más bien, reírse del rito y no de la música. Por eso, nuestros primeros espectáculos eran una parodia de un concierto concretamente. Todavía a veces lo hacemos.

–¿Nacieron como vanguardistas y se convirtieron en un clásico?

C. L. P.: –Yo creo que no, que Les Luthiers nunca fue realmente vanguardista. No era una propuesta vanguardista, era un juego de humor, divertido y con calidad.

Finalmente, Rabinovich deja su recuerdo para un histórico colaborador del grupo, Roberto Fontanarrosa: “Tenemos lo que cualquier persona que sigue viva tiene de una que quiso y que se murió: esa sensación de ‘me falta’. Nos falta el Negro, con mucho dolor. Nos duele por nosotros. Por él a mí personalmente no me duele porque no era vida la que tenía. El está mejor muerto que vivo. Estaba muy, muy mal, sufriendo terribles penurias en todo este último tiempo. En lo personal siento la sensación egoísta de que me falta mi amigo. Me falta la posibilidad de llamarlo y que me conteste el teléfono. Y como colaborador del grupo, bueno... El único colaborador creativo que tuvo el grupo en toda la historia fue él, durante casi treinta años...”

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