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Jueves, 25 de octubre de 2007

MUSICA › LINA AVELLANEDA Y LOS TANGOS DE SU DISCO “CONTRA LAS CUERDAS”

“Es un momento de cambio”

La cantante no sólo reniega de anclarse en el pasado, sino que además pone en tela de juicio los mitos porteños asociados al tango. “Yo no adhiero al estigma fatídico del ser argentino”, dice.

 Por Cristian Vitale

El 4 de octubre de 1975, Graciela Pane regresaba de la facultad y un grupo parapolicial la interceptó cuando bajaba del colectivo. Tenía una criatura en el vientre, militaba en la Federación Juvenil Comunista, estudiaba en la UTN de Avellaneda y trabajaba en el Centro de Estudiantes, tipeando apuntes. Nunca más se supo de ella. Tampoco de su hijo. Para Liliana, hermana, dos años menor, la ausencia deviene pesadilla. “De todos los duelos que he pasado es el único que no pude elaborar, porque no se ha hecho justicia”, dice, con temple y un dejo de tristeza. Ella canta tangos y Avellaneda –su pseudo apellido– no es artístico, sino producto del terror. “Estaba muerta de miedo. ¿Cómo me iba a llamar Pane, si cada vez que me paraba la policía me decía: ‘¿Usted es algo de Graciela?’. Muchos años de miedo, y todavía tengo. Mire Julio López... Pero no me dejo ganar por el miedo, no me paraliza”, dice. Tal vez el título de su nuevo disco –Contra las cuerdas– le expropie algo a su inconsciente: “Siento que Graciela me dice: ‘Acordate que no elegí el camino de las armas, sino el de la paz, que yo escribía canciones con vos cuando éramos chicas’. Otras veces se me filtra por la hermana que extraño, por la tía de mi hijo que no está, por la sobrina o sobrino que tenía en su vientre y que no conozco. Igual, no me genera la necesidad de ir por la vida con una pancarta que diga ‘soy la hermana de...’”.

Lina presentará su disco, poblado por doce canciones propias, el 24 de noviembre en el Teatro IFT, como parte de la conmemoración de los 70 años de la Liga por los Derechos del Hombre. Formarán parte, también, Laura Novak, Juan Palomino, Julio Lacarra, el Quinteto Tiempo y Alejandro Balbis. “A mí no me merece respeto cualquier lucha armada, sabe...”, reflexiona. “No siempre los medios justifican el fin. Quienes militaban con armas estaban más expuestos a la represalia, pero el que portaba una poesía, un ideal de paz o de justicia social... no creo. Eso duele.” La rottweiller de su hijo Pablo, fotógrafo profesional, merodea el loft buscando afecto. Es la mimada. Sus ladridos son apenas demandas afectivas: quiere que la acaricien. Lina acude al pedido y la sube en su falda. Cerca del cuadro hay una ventana que da a ese condominio antiguo, inmenso y lujoso que termina donde empieza el Parque Lezama. La imagen es sumamente porteña y dispara reflexiones. “Yo no adhiero a que los argentinos somos como somos, al estigma fatídico del ser argentino. Para algunos somos ególatras, para otros chantas, tarados o idealistas... como si ser argentino fuera una cosa que se hereda genéticamente. Yo creo que uno nace con la piel tersa de un bebé y adentro se van fijando marquitas de mamá, papá, el vecino, la calle, el mundo. Creo que era Tuñón el que decía ‘ser argentino es una manera de ser universal’.”

Lina va ingresando así al particular mundo de Entre las cuerdas, sostenido en una mirada posible del futuro sonido de Buenos Aires. Las canciones, todas de pluma propia, hablan de pertenencias, amores, desencantos, injusticias o necesidades colectivas. Ella acuerda con la palabra transición. “Claro que estamos parados en un momento de cambio. Desde el yum-ba –tararea dos o tres veces– hasta el 3-3-2 de Piazzolla, no hubo grandes cambios. Están Marconi o Garello sembrando lo nuevo, pero son más los que vuelven atrás. Dicen que escriben tangos de hoy y hablan en idiomas inentendibles para los chicos. El tango no es de hoy aunque lo escribas hoy. Buenos Aires es una miscelánea... es un tipo silbando chamamé y otro cantando cumbia. ¿Qué música da este conglomerado? ¿Cómo interpretás esta Buenos Aires?”

Prima de Julio Pane, Lina es profundamente crítica con los conservadores del tango. Habla de rigidez y ceguera. Y se desmarca con habilidad de lo establecido. “Yo no creo ser la inventora del tango nuevo ni mucho menos, porque todos somos en relación con el otro. Más bien soy un granito más en la suma de una música que algún día será representativa de Buenos Aires, que ya no es solamente el tango. No lo puede ser. Me siento parte de algo que va a venir. ¿Qué es lo que está bárbaro del tango? ¡Si se siguen haciendo los doce más vendidos! A mí se me cayeron cuatro o cinco actuaciones porque no canto tango viejos”, reclama.

–Entonces, para usted, el tango agoniza. No es la visión general...

–Así es, pero no por falta de autores ni de letras, sino por falta de medios. Yo nunca hice otra cosa que escribir tangos, pero la música venía de donde venía. ¿O me tenía que acercar a Soldán con su peluquín?

–Muchas de sus canciones, “Madero Cabarute” o “Como turco en la neblina”, hablan del valor de la pertenencia. ¿Es una necesidad propia?

–Es que uno tiene que estar muy orgulloso de su lugar de pertenencia... llevarlo como una bandera. Esto no tiene nada que ver con la plata... la plata no compra deseo ni pertenencia.

La pertenencia de Lina es suburbana y está marcada por el río. Nació en el arroyo de Sarandí, al costado del Riachuelo, y permanece en la zona. Vivió en Quilmes, en el complejo Fonavi de Wilde, en Berazategui... no es casual que su libro reciente (Marrón y plata) esté sostenido por el pulso ribereño. “El río fue mi lugar de juegos cuando niña, después se entubó y fue mi lugar de andar en patineta. Digamos que agarré sus últimas olas mansas y limpias, antes que se contaminara. Nunca lo olvidé como lugar de placer.” Marrón y plata consta de diez “canciones-relato” que ponen al río como testigo de la historia: las orillas coloniales, las invasiones, los primeros inundados, los inmigrantes, el nacimiento del tango. “Siempre me interesó saber qué le pasaba a ese río, por qué era tan cambiante. Yo lo amaba, la pasaba bien, pero de golpe los grandes se enojaban con él. Todo el barrio quedaba bajo el agua... la alegría se transformaba en tristeza de un día para otro. Pasaba de caminar alegremente por el barro a escuchar la sirena de las ambulancias. Los padres de mi suegro tenían una casita de chapa y un día el río se la llevó entera”, evoca.

–¿Qué busca con este relato? Todo está en boca del río. Parece que usted se transforma en él y mira la ciudad desde sus orillas.

–Es que lo tomé y lo hice hablar a través de textos que mezclan al paisaje y al hombre. El río es un personaje que se pone a opinar, pero éste es el único punto subjetivo... lo demás está documentado. No inventé nada, apenas está mi mirada crítica a través del río. Y también esperanzada, porque si venimos de los barcos es porque somos muy pichones todavía.

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Además de Contra las cuerdas, Avellaneda acaba de editar un libro de canciones-relato, Marrón y plata.
 
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