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Jueves, 25 de octubre de 2007

CINE › “LA MUJER ROTA”, DE SEBASTIAN FAENA, CON DOLORES FONZI

Soliloquios de una neurótica

 Por Horacio Bernades

“No lo soporto”, dice Dolores Fonzi en el primer encuadre de La mujer rota, un plano cercanísimo, en imagen de video deliberadamente granulosa. Es parte de un soliloquio de carácter confesional, en el que su personaje, Camila, le confía su desolación íntima a alguien que se mantiene fuera de campo. Pero la actriz pronuncia esa frase no sólo de modo absolutamente indiferente, como recitando un texto ajeno, sino que además lo hace con un gesto coqueto, sacando trompita. Ese desfase entre texto y actriz, entre cuerpo y diálogo, entre lo que se dice y cómo se lo dice, entre lo que se quiere transmitir y lo que en verdad se transmite, es esencial a una película cuyos tupidos diálogos y monólogos rebosan una presunta desesperación existencial. A la hora de la puesta en escena, sin embargo, todo se vuelve pose, impostación, cuidado por la elegancia.

Narrada en tiempos desestructurados, esta ópera prima de Sebastián Faena (Buenos Aires, 1980) gira alrededor de una obsesión: la que su protagonista siente por Juan, músico casado y ex alumno de su padre (Pablo Rago, que aparece con el pelo más corto o más largo). Que el personaje del padre nunca haga acto de presencia –aunque tiene el suficiente peso en la vida de su hija como para que ella haya reciclado su viejo estudio de grabación en hogar– y el hecho de que en el sitio www.imdb.com figure Norman Briski como parte del elenco habla de ciertos problemas de producción que terminaron incidiendo en el relato (hasta el punto de que en una escena Camila le anuncia al padre que va a salir, pero se lo dice al vacío, porque el padre no está). Pero eso sería disculpable, teniendo en cuenta que producir una ópera prima no suele ser fácil. Los verdaderos problemas de La mujer rota no son de producción (los rubros técnicos están cubiertos con profesionalismo), sino de concepción.

La limitación presupuestaria ha llevado a reducir decorados y cerrar encuadres, lo cual bien podría colaborar con la idea de que Camila no puede salir de su propio encierro. Es pertinente: por más que se desplace espacialmente (se la ve llegando en avión, viajando a una playa al encuentro de un chico que no le gusta, cayendo de improviso en la casa de Juan, que vive extrañamente en medio de un bosque y cerca de un pantano), Camila no deja de girar sobre un punto fijo. No sólo el determinado por su fijación amorosa, sino sobre todo por ese regodeo neurótico que la lleva a volver una y otra vez sobre sus declamadas angustias. Subráyese “declamadas”. Con su rostro de muñeca, llena de bucles rubios que la asemejan a una star de los ’40, envuelta en un piloto beige (lo que recuerda también a la Deneuve de Ecoute voir, de Hugo Santiago), Camila se tira sobre la arena y dice: “Nada se materializa”.

¿Existencialismo chic, bolerización bián? Así lo hace pensar el soliloquio en el que Camila ruega “Dejame amarte, haceme tuya”, como una Olga Guillot desencontradamente lánguida. En tren de autorridiculización, el momento supremo es, sin embargo, ese en el que, a punto de practicarle una fellatio a su objeto amoroso, se pone a discurrir sobre las nociones de sutileza, sencillez y despilfarro existencial. El otro, comprensiblemente, se la saca de encima, reprochándole que ni siquiera en momentos como ese pueda dejar de hablar.

4-LA MUJER ROTA

Argentina, 2005.

Dirección y guión: Sebastián Faena.

Fotografía: Paola Rizzi.

Música: Guillermo Guareschi.

Intérpretes: Dolores Fonzi, Pablo Rago y Juan de Benedictis.

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Dolores Fonzi, estilo star de Hollywood años ’40.
 
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