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Sábado, 3 de noviembre de 2007

MUSICA › KEVIN JOHANSEN Y LA PRESENTACION DE “LOGO”

“Yo intento romper los moldes del cantautor serio”

“Creo que hay un público que pide a gritos que haya artistas que no sean tan solemnes y, al mismo tiempo, que no dejen de ser profundos”, señala el cantante desgenerado, que repasa su lugar en el escenario, los vaivenes de tanta mudanza, el estado de la industria y las aventuras de Manu Chao.

 Por Javier Rombouts

Tal vez sea sólo un detalle, pero de cualquier modo vale la pena. Allá en Fairbanks, en Alaska, hace casi cuarenta años, un chico bailaba al ritmo de un lavarropas. Eran mañanas frías esas de Alaska que el chico elegía para sacarle brillo al piso mientras el lavarropas hacía su parte en el rubro limpieza. Y no se trataba de un electrodoméstico siglo XXI, de zumbido electrónico de motor BMW lanzando en ruta, con carga frontal y luces de tablero de avión. Era uno de esos mastodontes pesados, duros de motor, con presencia de graves profundos, con su propia e inalterable música. Una máquina a la antigua, de las que dejan recuerdos.

Allá en Fairbanks, hace casi unos cuarenta años, Kevin Johansen le seguía el ritmo al dios trueno que quitaba las manchas a fuerza de pura marcha. Y él todavía cree, felizmente niño cree a sus cuarenta y pico, que algo de ese fervor de baile y lavarropas se sigue traduciendo en sus discos, que algo de esa constante percusión de su infancia ya lo estaba signando músico. Hoy y el sábado próximos en el Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), Johansen presentará Logo, su cuarto disco solista editado en la Argentina desde que volvió de Estados Unidos. Sin embargo, no se acuerda de la marca del lavarropas que lo hacía bailar. Tal vez éstas sean las coincidencias que le gustan.

–La ironía, el humor, cierta tendencia a los juegos de palabras, ¿lo sacan un poco del rol del cantautor que habla desde el púlpito?

–Para mí es muy necesario el humor. Y lo que tiene eso de interesante es que obliga a una segunda lectura. Por ahí es engañoso. Porque el trasfondo es siempre serio. En canciones como “Logo”, “MP3” y hasta “La chica rolinga” hay cierta mirada sobre las cosas que permite volver a ellas, profundizar en el tema. “Chica rolinga”, por ejemplo, habla de los partidismos musicales, donde los rolingas se creen mejores músicos que los cumbieros, cuando los géneros no tienen la culpa sino quienes los interpretan. Porque hay rock tan cuadrado como cumbia cuadrada. Se trata un poco de eso.

–Esa intención lúdica, ¿no le jugó en contra? ¿No lo puso en la posición molesta del cantante “ingenioso”?

–Primero, me gusta que moleste. Creo que si molesta está bueno. Después, este oficio de escribir canciones tiene que ver con una constante de conjugar sonoridad con sentido, y por eso tiene que ver con jugar con las palabras y jugar con su sentido y su sonido. Eso es un juego eterno por el que jamás voy a pedir disculpas. Es a lo que me dedico, es a lo que se dedica un Sabina o un Serrat. Todos, cada uno en su nivel y con sus posibilidades, conjugamos con las palabras. Yo intento adrede romper un poco con los moldes del cantautor serio, si no tendríamos que ser todos Ismael Serrano y dar cátedra. Eso no es para mí. Aparte, creo que hay un público que pide a gritos que haya artistas que no sean tan solemnes y, al mismo tiempo, que no dejen de ser profundos, que hagan pensar sobre ciertos temas sin tener que escuchar la misa.

–¿Cuánto hay de provocador en eso?

–Un poco. Creo que me gusta. En realidad, busco reírme con ellos, que el rolinga sienta que le saqué la ficha pero con onda, y el cumbiero también.

–¿Le parece que ocupa un espacio extraño dentro de la música popular?

–En realidad, creo que tengo varios parientes. La afinidad estética que tengo con Jorge Drexler y Paulinho Moska es un ejemplo claro. La primera persona que me llamó por el disco, antes de que mi primer disco, The Nada, estuviera editado, fue Santaolalla. Ahí empecé a tener indicios de que había picado bien, que había entrado en un lugar interesante. Me siento muy cómodo donde estoy. Obviamente me doy cuenta de que no encajo a la perfección, intuyo que hay algo en mí de desubicado. Y creo que tiene que ver con mi historia. Incluso entiendo que lo que hago no sea tremendamente popular, no sé si le puede gustar a todo el mundo. Pero siento pequeños reconocimientos y eso me hace seguir adelante. Veo el interés de colegas como León Gieco, Rubén Rada, Dani Buira de La Chilinga. Me siento en una suerte de historia argentina sin haberme desprendido del resto del mundo.

–¿No lo pone en un plano muy elitista?

–No, creo que también hago música para la popular, evito lo elitista por completo. Me parece que se trata de tener cierto aprecio por el desparpajo. Sé que busco hacer algo diferente y, quizás, el hincapié en la originalidad, el tratar de no parecerme a nada fue durante muchos años una desventaja. No tuve discos editados por casi una década y, sin embargo, lo que venía haciendo tomó envión porque me parece que las discográficas también saturaron ofreciendo siempre más de lo mismo.

–¿No es un riesgo alto ser tan cool?

–No, no, no. No soy cool para nada. Cool es otra cosa, cool es el Nuevo Folk. Y a mí no me invitaron al Nuevo folk, Nuevos aires. A mí la Inrockuptibles no me hace una nota ni en pedo. La última me la hicieron hace unos tres años y maltrataron el disco. Justamente, no creo que sea ni in ni cool. Y eso en Buenos Aires puede ser un problema, porque acá se sigue mucho lo in y lo cool. El otro día, en la puerta de Sadaic, un pibe me dio un disco muy lindo de música experimental. Y después de escucharlo me pareció que lo que trasmitía era una experimentación comodísima. Porque es así: hay discos que se hacen para que los críticos los traten bien. Hay experimentación que actualmente no asume ningún riesgo. Hay mucho temor de ser dejado afuera por algún sistema, aunque sea un sistema mínimo. Ya sea el minisistema alternativo “indie”, o el rockero o el pop o el no sé qué. Y, en ese sentido, sé que no encajo en ninguno. A grosso modo creo que me siento un músico popular, o un músico paulatinamente popular. Y el mejor castigo que se me ocurre para mis detractores es que sus nietos escuchen mis canciones. Esa es mi mayor pretensión de venganza a futuro.

–Eso significa que sus temas van a perdurar...

–Creo que una buena cantidad de temas van a perdurar y de eso, humildemente, me enorgullezco. Porque ésa siempre fue la pretensión. La pretensión siempre fue artística, nunca monetaria. De ser así me hubiera metido a hacer jingles hace 15 años.

–El llamar a su disco Logo, una clara referencia al libro de Naomi Klein No Logo, al ofrecer en cada tema una suerte de “etiqueta” rítmica o temática, ¿no es un modo de buscar un guiño intelectual en los que escuchan su trabajo?

–Ojalá que eso no pase. Lo que ocurre es que siento una libertad artística muy fuerte y estoy convencido de que en esta época el que no arriesga no gana. Hoy no hay nada que pueda presionarte: ni los medios ni las discográficas, salvo que seas un muñeco de torta que quiere ser Ricky Martin o Chayanne. La verdad, si empiezo a tener temores al qué dirán, cagué fuego. También intenté zafar de lo intelectual a partir de la grabación del disco. Busqué que tuviera una libertad absoluta. Y si el título lo condenaba a decir algo, creo que cada canción es un mundo en sí mismo, cuenta otra historia. Es cierto que cada tema, a diferencia de mis discos anteriores, tiene su logo: su espacio y su ritmo marcado. Después de eso, me parece que en realidad el disco es muy libre, muy caótico. El disco, se me ocurre, es una especie de pesimismo festivo.

–¿Cómo es eso?

–Claro, el disco dice: está todo perdido, está todo manoseado, pero a la vez hay un nuevo comenzar. Creo que pasó el fin del mundo y seguimos acá. Somos los espectadores del fin del mundo. Entonces, como cuando se toca fondo, lo único que podemos hacer es ir hacia arriba. Ya tocamos el fondo, ya fuimos manoseados por todos los lodos y todos los logos. Sólo resta mejorar.

Johansen conoce de mudanzas. Del frío de Alaska pasó al sol de California. Y sus ritmos comenzaron a ser otros: San Francisco en los ’70, compañeros de primaria con afro enorme, amigos de origen filipino, un mundo con muchos colores. Para más, madre “progre” e intelectual que trabajaba en la universidad. Casi una postal hippie, con banda de sonido folk. Pero las cosas cambiaron como en la canción de Dylan. Y en mayo del ’76 el sol de California se transformó en la oscura Buenos Aires de la dictadura. “Venir en esa época fue duro. Lo único que tuvo de piola fue que un hermano de mi vieja que era medio facho le dijo: “A vos, que te gustan los intelectuales de izquierda, los judíos y los psicoanalistas, mandalo a la Escuela del Sol”. Y ahí fui, lo que estuvo bueno porque era un lugar bastante particular, muy libre para esa Argentina”, asegura. Casi de inmediato, dos años en Montevideo y el retorno a la Buenos Aires del terror. Una banda que tuvo su cuarto de hora, Instrucción Cívica, formada con algunos compañeros del colegio, más otros amigos de por ahí. El primer disco, Obediencia debida, sonando en las radios. “Me parece que conocí lo bueno y lo malo de la industria discográfica a una edad muy temprana. Conocí el productor trucho, fuimos a Perú y tuvimos un disco de oro, nos sentimos por un instante The Beatles, fuimos a una gira inolvidable por el sur con Sumo y David Lebon y todas las bandas de esa época. Después, el desencanto de un segundo disco que no tuvo ninguna difusión, un productor que se escapó a Europa con su novia y con la guita del disco”, enumera.

–¿Creyó que ahí terminaba todo o que era sólo el primer paso?

–Me parece que no me lo tomé tan a pecho porque sabía que estaba un poco descolocado. Por eso de las mudanzas, de no ser necesariamente de ningún lugar, sentía que tenía licencia para equivocarme. Para un chabón de acá creo que era más a matar o morir. Y cuando se desarmó Instrucción Cívica seguí componiendo, pero sabía que me estaba despidiendo de Buenos Aires.

La siguiente década lo encontró en Nueva York, tocando en el CBGB, vendiendo después de los shows los discos artesanales que grababa. Antes, incluso, vendió videos puerta a puerta. “Llegué a Nueva York con mi primera mujer. Ella fue a estudiar y yo a ver qué onda. Estaba en bolas. Tenía sólo un demo y muchas ganas de mostrarlo, nada más. Pero mi primer trabajo fue como vendedor de videos en las casas y en los negocios. El dueño era un tano neoyorquino de película, tipo Joe Pesci, que en una especie de loft enseñaba a vender con un mazo de cartas. Agarraba el mazo, empezaba a tirar cartas sobre una mesa y decía: ‘Bueno, ustedes van a las casas, a los negocios y tratan de vender’. Entonces, cuando tiraba un as, cortaba la tirada y lo señalaba: ‘Ven ese as, ése es el cliente que te compra. A ese hay que venderle todo: desde los videos educativos de dos dólares hasta las últimas películas de 18’. Yo estaba ahí y no entendía nada, estaba por completo perdido. Igual, dentro de lo difícil, era tragicómico, al punto de que podía reírme de la situación”, recuerda.

–¿No lo angustiaba la situación?

–Mucho. Pero por ahí era muy inconsciente. Además, tenía muchas ganas de reconectarme con mi parte yanqui. Me fascinaba la ciudad y hubo algunos guiños con lo artístico. Porque caí al CBGB con mi demo, me lo aprobaron y toqué un martes a la noche de lluvia, con tres amigos haciéndome el aguante. Entonces, un viejo medio barrigón, con barba, me dice que le gustaba lo que hacía y me pide que le cuente mi historia. Era Hilly Kristal, el dueño del CBGB. Un tipo que me ayudó mucho, que me hizo ver que no tenía que tener vergüenza de cantar en inglés ni de cantar en castellano, ni de mezclar los idiomas. Fue una imagen paterna fuerte, Y siguiendo su consejo, en 1993 salió “Guacamole”, que es un menjunje de idiomas. Comencé a tener una vida muy “indie”, superindependiente; la contracara de lo que había pasado acá, donde me había zambullido en la industria y el mainstream me había escupido como no apto, no preparado.

–¿Los diez años de independencia fueron el prólogo necesario para su carrera actual?

–Absolutamente. Me prepararon muchísimo y sin darme cuenta. Cuando volví a la Argentina con la idea de probar, ya me había habituado a la independencia. Y Javier Tenenbaum, de la discográfica Los Años Luz, terminó sacando el primer disco. Estábamos en plena crisis económica, pero Buenos Aires ya era una ciudad con la cabeza muy abierta, sin tantos prejuicios.

–Tantos años de independencia y tantos viajes, ¿no tiene miedo de convertirse en el Manu Chao argentino?

–No, para nada. Igual creo que al tipo le dieron con un caño un poco sin sentido. Le fue bien y le empezaron a dar. Empezaron a decir que Estación Esperanza estaba hecho con las canciones descartadas de Clandestino. Y eso es lo que hacemos todos los cantantes: los temas que quedan afuera y están buenos tienen su segunda oportunidad en el siguiente disco. Pero al tipo lo mataron. Siempre digo que la pequeñez humana es un fenómeno que no para de crecer. Igual, mi target es otro, estoy lejos de Manu Chao. Si hubo un riesgo que él cayera en cierta demagogia, creo que la supo ver y zafó. Y yo le escapo a lo demagogo como un principio de vida.

–Es que a veces no se trata de escapar, sino que el camino lleva a ese destino. Un cantante hace determinado tipo de música, compone canciones que les gustan a la nieta y a la abuela, siempre es correcto y tiene buena onda. Entonces, un día se despierta y es Bono.

–Es cierto. Bono y Manu Chao son tipos increíbles, pero tienen el arte del descuido calculado. Esa cosa de verlos en las fotos y decir “se pusieron cualquier cosa” y después descubrís que para ese “cualquier cosa” estuvieron tres horas frente al espejo. Es la demagogia del marketing. Pero lo que más me asusta de eso es la demagogia de gritar “Marihuana libre” a 40.000 pibes que fuman faso en un recital. Porque ahí estás predicando a los convertidos. Eso no me interesa. De todos modos, creo que Manu Chao zafó porque estuvo en el borde, vio lo que había y se asustó. Bono es otro cantar.

–De todos modos, usted tiene como una imagen de ser una persona muy amable y correcta. ¿Siempre es un buen tipo?

–No siempre. Tengo mis lados oscuros, pero no los comparto porque no me gusta oscurecer el ambiente. Hace poco vino a visitarme mi viejo, a quien no veía desde hacía veinte años. Y me dijo dos cosas que me hicieron confiar en la genética. Primero, “nunca tuve una ambición en la vida”. Y yo siempre fui un poco así, un poco Homero Simpson. Y lo otro que me dijo fue que siempre tuvo un desacato muy fuerte frente a la autoridad. Y en eso soy igual que él. Muchas veces pienso que tengo algo de inadaptado social.

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