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Lunes, 12 de noviembre de 2007

MUSICA › 50 MIL PERSONAS EN EL FESTIVAL CREAMFIELDS

El baile es un buen antídoto

A pesar del frío, la fiesta electrónica criolla, esta vez en Villa Lugano, volvió a seducir al público. Se lució LCD Soundsystem.

 Por Roque Casciero

Baila como enajenado, a un ritmo que debe estar en su cabeza porque, evidentemente, no coincide con el big beat que los Chemical Brothers generan desde el escenario principal de la Creamfields 07. Y tampoco está parado en uno de esos verdaderos agujeros negros sonoros de la fiesta en los que se licuan los audios de varias carpas hasta convertir la música en una melange ininteligible. El tipo es alto, fornido y está vestido... ¡de monja! ¿Habrá llegado así hasta el Autódromo, con sus alrededores turbulentos, en medio del inusual frío (llegó a hacer 4 grados de térmica) para una noche de noviembre? En el circo electrónico criollo todo es posible, hasta ostentar la marca global de asistencia de público: el tope de 60 mil personas del año pasado se redujo esta vez en 10 mil por el cambio de lugar obligado. Claro que a él no le importa, porque sigue bailando ajeno al set poco hitero (excepto por “Hey boy, hey girl” y el bis con “Block rockin bits”) de la dupla Ed Simmons y Tom Rowlands, y jamás mira hacia el escenario/pantalla gigante en el que apenas se adivina la presencia de los hermanos químicos, las grandes estrellas de la noche.

Si no hay muchos que le den bola al religioso travestido es porque, claro, casi todos están intentando llamar la atención por las suyas, aunque la temperatura sea mortal enemiga del colorido. Y por eso quienes más se destacan son los muchachos en musculosa que arden por mostrar que van al gimnasio. O las chicas con polleras cortas y sin nylon que se interponga entre sus piernas y la noche gélida. Allá pasan unos treinta formando un trencito improvisado, mientras otros levantan carteles con deseos de cumpleaños felices para sus amigos; una lleva una remera que dice “estoy como loca” y su actitud lo ratifica, otro luce un sombrero con puntiagudas orejas de conejo, un grupo de ninfas con antenitas multicolores corre por una de las pistas (de carreras)...

En una carpa de circo desbordada la DJ Romina Cohn se ríe cuando ve una pelota inflable con dos leyendas: “Romina es fiesta” y, con el logo de la marca de hamburguesas, “Pasty te quiero”. Aquí la botellita de agua cotiza 8 pesos, el mismo precio que la latita de energizante y la cerveza... Y hay largas colas para comprar a ese precio la hamburguesa (el sushi a 23 mangos no tiene tanta salida) que sirva para fogonear a los pies cansados. En la Cream Arena, una especie de enorme hangar, más de 10 mil personas bailan con el progressive house de Hernán Cattáneo, crédito local y figura del punchi punchi global. Mientras, en el principal, LCD Soundsystem mezcla oscuridad post punk con beats irresistibles, en el set más rockero y quemacabezas de la noche, del que sobresalen la acelerada versión de “Daft Punk is playing in my house” y el final con “Yeah”.

Más tarde, después de los Chemical, el DJ estrella Carl Cox arengará con su vozarrón a la multitud, aunque ya no habrá tantos frente al escenario principal: ¿será por elección de subgéneros dance o porque en las carpas hay más resguardo del viento? De cualquier modo, la Alternative Beats estalla al punto de que no se puede bailar con el set mutante de 2ManyDjs. La Cream Arena desborda mal de gente con John Digweed, pero hay que atravesar un mar de basura para llegar. Porque a cierta hora, en Creamfields se camina sobre latas, vasos de plástico, botellitas, ¡celulares! y vaya uno a saber qué más.

No hay levante en Creamfields, que por lo demás amplifica todas las conductas del ser discotequero: casi todos llegan en grupo, aunque quizá alguno ligue un beso de una chica en pleno éxtasis sensorial. ¿Habrá besos por celular? Las pantallitas de la generación YouTube iluminan el paisaje, mientras los chicos y chicas caminan las nueve hectáreas del Autódromo en busca de “ese” beat diferente que afiebre la mente, llene de graves el estómago y obligue a bailar sin parar, a pesar del cansancio, del frío y del inevitable final en un domingo en el que habrá que dormir hasta la tarde. Cuando sea el momento de limpiar las pistas, si alguien ve a una monja con cara de hombre bailando el silencio, por favor avísele que la Creamfields 07 ya terminó y trate de convencerlo/a de que no es buena idea tomarse el 101 con los hábitos encima.

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Hubo menos gente que en 2006, por el cambio de lugar.
 
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