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Martes, 8 de abril de 2008

MUSICA › DIVIDIDOS, CATUPECU MACHU Y BRMC EN LA FECHA FINAL DEL QUILMES ROCK

Un cierre de fiesta a 220 voltios

Entre los norteamericanos, la banda arengadora por excelencia, y el trío de Hurlingham le dieron forma a una fecha de alta intensidad.

 Por Daniel Jiménez

Y se terminó nomás. Con un estadio con claros visibles en las plateas –principalmente en las superiores– y un campo lleno, la nueva edición del Quilmes Rock se despidió hasta el año que viene y dejó, una vez más, certezas, interrogantes, emociones cruzadas, algunos buenos pogos, un tercio más de acoples y gargantas secas sin gusto a cerveza. Aunque, vale la aclaración, en estos festivales, donde la mayoría de los actores son viejos conocidos del público argentino, los ojos –y los oídos– prestan una atención especial a los artistas internacionales que integran la grilla. En este caso, los norteamericanos Black Rebel Motorcycle Club eran el objeto de análisis en una jornada que se quedó renga prematuramente de Lenny Kravitz, impactando finalmente en la venta de entradas (fue el día de menor convocatoria de los cuatro).

Y todos aquellos, previsores o curiosos, que llegaron a las apuradas para el show del trío de San Francisco fueron testigos de una de las performances más voladas, crudas e intensas que se puedan encontrar en la escena actual del rock made in USA. Durante casi una hora y cuarto, Peter Hayes, Robert Levon Been y Nick Jago lograron que todo River ingresara en un trance hipnótico del cual parecía imposible escapar; hasta para los que sólo fueron hasta Núñez para ser abofeteados por la potencia de Divididos y el nervio emocional de Catupecu Machu. Monolíticos bajo un sistema de luces estroboscópicas y dispuestos estratégicamente como puntales graníticos de una encendida catedral gótica –obra de Sergio Lacroix, habitual escenógrafo de Babasónicos–, los BRMC ofrecieron un set fascinante y demoledor. Aun sin contar con grandes hits que, en algunas ocasiones, salvan al invitado foráneo del murmullo incómodo que genera el desconocimiento de su obra o su incompatibilidad musical con la audiencia criolla de turno (en 2007 los españoles Ojos de Brujo debieron retirarse bajo una silbatina escandalosa). Desde la espástica “Spread your love”, pasando por “Ain’t no easy way”, “Gospel song” y “Whatever happened to my rock and roll”, el grupo dejó a la monada en estado de éxtasis y sin saber muy bien si aplaudir o seguir contemplando en silencio el exorcismo eléctrico que tenía lugar en el escenario. Sensación que duró los veinte minutos previos al concierto de los creadores de uno de los mejores discos de 2007: Massacre.

Con el oficio y la experiencia que sólo da el paso del tiempo, Walas y Cía. ofrecieron un show caliente y poderoso que confirma el gran momento de la banda y en el que se recordó al accidentado Fico, cuya imagen estuvo presente en las pantallas y hasta en el bombo de la batería. En el mismo plan y luego de una breve y aplaudida aparición de Carca con su tributo al rock nacional –esta vez la gente fue más receptiva con el actual bajista de los Baba–, Catupecu se encargó de subir la temperatura de la noche, demostrando que el motor que alimenta su música sigue siendo la búsqueda. Esa que se traduce en arreglos apretadísimos (“Viaje del miedo”), reinterpretaciones (“En los sueños”), síncopas (“Dialecto”) y un espíritu guerrero con licencia para conmover que ganó en dramatismo escénico en los últimos doce meses por motivos de dominio público. El cierre con las adrenalínicas “Dale!” y “A veces vuelvo” dejaron el ambiente lo necesariamente denso para enfrentar lo que venía.

Porque el caso de Divididos era diferente. Sin álbum con material original desde 2002 (Vengo del placard de otro) y con una lista de canciones a medida de un festival, la expectativa estaba puesta en los estrenos que el trío podría llegar a presentar y que servirían para apagar el fuego de la ansiedad que devora por dentro a los fans de la aplanadora, ávidos de, por lo menos, tres o cuatro estribillos para cantar de regreso al barrio. Antecedido de un tímido “no esperen mucho” a manera de introducción por parte de Ricardo Mollo, el primer tema nuevo del grupo –que salió a asustar con los acordes de “Are you gonna go my way” y pelucas afro, en un claro mensaje a la ausencia de Lenny– en seis años no se aparta mucho de su tradicional línea compositiva; una base pesada con toques de reggae y una letra condimentada de paisajes suburbanos (“chocando autos de a pie en la ciudad”) y cruces a contramano que formará parte de la producción que los paisanos de Hurlingham están amasando en el estudio. ¿Se le puede reprochar algo a Divididos más allá de su sequía compositiva? Tal vez. Pero es muy difícil comenzar a enarbolar un reclamo cuando la banda es un verdadero tren sin freno que atropella todo lo que encuentra a su paso y que se apoya en tres bestias sanguíneas que no aflojan un minuto.

Con los Carabajal y la “Vilca’s Band” –así la bautizó Ricardo– de invitados se armó un breve set acústico/folclórico que incluyó “Ortega y gases”, “Guanuqueando” y “Qué ves”, con un exquisito solo de violín de Peteco. De ahí hasta el final, el clásico palo y a la bolsa con las resabidas “Aladelta”, “Zombie”, “Vodoo Chile”, “El 38”, “Cielito lindo” y “Sobrio a las piñas”. Ya en los bises, Fernando Ruíz Díaz y Walas subieron para una desprolija y calenturienta versión de “Nextweek” para regocijo de los coleccionistas de bootlegs en vivo y en directo y que fue la última postal de un evento que corre el riesgo de repetirse y que deja poco espacio para la sorpresa que, como se ha hecho costumbre, suele llegar en avión desde el otro lado del mundo.

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Divididos apareció con pelucas afro, en alusión a Lenny Kravitz, y presentó un tema nuevo.
Imagen: Gonzalo Martinez
 
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