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Martes, 2 de diciembre de 2008

LITERATURA › “DIVINA” TUBERCULOSIS, UNA INVESTIGACION DE ELSA ROSSI RACCIO

Sobre la enfermedad y sus metáforas

La autora rastrea la presencia de este mal en óperas, novelas, poemas y letras de tangos y revela también qué artistas y personajes lo padecieron, desde la frágil Mimí de La bohème a La dama de las camelias, de Alejandro Dumas.

 Por Silvina Friera

La romantización de la tuberculosis, también llamada “peste blanca”, fue una actitud ampliamente difundida y no una mera transfiguración literaria. El aspecto tísico –la palidez casi lechosa de la piel, las ojeras marcadas, la expresión lánguida y triste– era el símbolo de una vulnerabilidad fascinante que se convirtió en el aspecto ideal de la mujer en la segunda mitad del siglo XIX. En “Divina” tuberculosis (Puentes del Sur), Elsa Rossi Raccio le sigue el rastro a esta enfermedad en las óperas, novelas, poemas y letras de tangos, pero revela también qué músicos, pintores y escritores la padecieron. Desde la frágil Mimí, concebida por Giacomo Puccini en La bohème, una de las óperas más representadas de la historia, la depresiva Violetta Valery de La Traviata de Guiseppe Verdi, inspirada en La dama de las camelias, de Alejandro Dumas, pasando por las hermanas Brontë, el pintor Antoine Watteau (1684-1721), el representante más exquisito del estilo rococó, Frédéric Chopin, Franz Kafka, Amedeo Modigliani, Antón Chéjov, hasta las costureras, planchadoras y sombrereras de Evaristo Carriego, “ciudadanas del mundo del trabajo, de la tristeza y la humildad, siempre ancladas en la vida barrial”, y el inolvidable Juan Carlos Etchepare de Boquitas pintadas, de Manuel Puig, todas y todos tosieron, escupieron sangre y sufrieron por el cruel presentimiento de que sus vidas se extinguían.

“Dos enfermedades conllevan, por igual y con la misma aparatosidad, el peso agobiador de la metáfora: la tuberculosis y el cáncer”, plantea Susan Sontag en el primer capítulo de La enfermedad y sus metáforas. A cualquier enfermedad importante, cuyos orígenes sean oscuros y su tratamiento ineficaz, se le asignan los horrores más hondos: la corrupción, la putrefacción, la polución, la anomia, la debilidad. La enfermedad misma se vuelve metáfora. Raccio cuenta cómo Puccini creó una Mimí muy frágil y asentada en su modesto modo de vida. En la Nochebuena del Barrio Latino de París, en una pobre buhardilla, Mimí golpeó la puerta vecina para pedir prestada una vela para alumbrarse y Rodolfo la invitó a pasar. Mimí comenzó a toser y se desvaneció. Rodolfo le tomó las manos, que estaban muy frías, y las calentó entre las suyas. “La muerte de Mimí es, probablemente, una de las escenas operísticas más conmovedoras –sugiere Raccio–. El primero que lloró fue el propio Puccini cuando tocó por primera vez el final de la obra ante un círculo de amigos: El club de los bohemios. Nuestra heroína termina sus días como el número ocho de una sala de mujeres del Hospital de la Pitié, esperando en vano a su amante que no pudo llegar”. El escenario cambia con La Traviata de Puccini. El espectador ahora está ante palacios, teatros de París, aristócratas y burgueses adinerados, y la heroína es una cortesana de alto vuelo. A poco de iniciar su relación amorosa con Alfredo, el padre de éste culpabiliza a Violetta de la ruina de su hijo. Violetta se hundió en la depresión, en el sentimiento de la culpa, en la soledad y en una idea recurrente de la muerte. Y para colmo de males, se le sumó el estrés inmunológico de la propia tuberculosis.

Sontag recordaba cómo en Armance de Stendhal (1827), la madre del héroe rehúsa decir “tuberculosis” por temor a que con sólo pronunciar la palabra pueda acelerar el curso de la enfermedad de su hijo. Pero el controvertido escritor y periodista francés Jean Lorrain (1856-1906), que se regodeaba con el placer de escandalizar, escribió en El amante de las tuberculosas: “Amar a una mujer moribunda, saber limitado el tiempo de sus besos y de sus caricias, sentir en los estertores de su agonía la hora que huye irrevocable y perdida para siempre; desesperado de antemano y sin embargo ebrio de amor, tener la conciencia de que cada dulce emoción voluptuosa implica un paso más hacia la tumba y, las manos temblando de horror y deseo, cavar en la propia alcoba la fosa en la que descansará eternamente el amor, ¡éste es el sabor de la cosa! ¡Y hay que desconocer por completo el amargo encanto de las citas apresuradas y sin segunda vez para no comprender la embriaguez punzante y melancólica de estas relaciones irremediablemente condenadas, en las que el placer conduce al otro mundo!”

“Los románticos moralizaron la muerte de un nuevo modo –subrayaba Sontag–: la tuberculosis disolvía el cuerpo, grosero, volvía etérea la personalidad, ensanchaba la conciencia. Fantaseando sobre la tuberculosis también era posible estetizar la muerte. Thoreau, que tenía tuberculosis, escribió en 1852: “La muerte y la enfermedad suelen ser hermosas, como la fiebre tísica de la consunción”. Simonetta Vespucci, hermana del navegante, hechizó con su belleza nada menos que a Sandro Botticelli, quien la pintó en El nacimiento de Venus. El pintor se enamoró de ella con una pasión tan arrebatadora como platónica. Pero Simonetta vivió apenas veintitrés años y “voló, etérea, en alas de la tuberculosis” en 1476. Botticelli, que finalizó El nacimiento de Venus nueve años después de la muerte de su musa inspiradora, pidió ser enterrado a sus pies. A partir de los románticos, la tuberculosis pasa a concebirse como una variante de la enfermedad del amor. Un ejemplo es la carta escrita por Keats desde Nápoles en 1820, separado definitivamente de Fanny Brawne: “Si tuviera la mínima posibilidad de mejorarme (de la tuberculosis), esta pasión me mataría”. La languidez, la tristeza extrema, las ganas frecuentes de llorar y la palidez del semblante conformaban la sintomatología polimorfa de esta enfermedad. Una mujer tendida en un diván, un lecho o una butaca con almohadones era el modo en que se representaba pictóricamente la tuberculosis (como la joven mujer de Flaming June, la pintura del inglés Lord Frederick Leighton que ilustra la portada de “Divina” tuberculosis).

Los hombres no estuvieron exentos de las garras de la tisis. Watteau, cuyos cuadros están ambientados en jardines aristocráticos, con personajes muy elegantes que mostraban el ambiente social del rococó, murió en 1721, a los 37 años, de tuberculosis. Antes de morir, el 17 de octubre de 1849, a los 39 años, Chopin se despidió de sus amigos, alumnos y familiares: “Encontraréis muchas partituras más o menos dignas de mí. En nombre del amor que me tenéis, por favor, quemadlas todas excepto la primera parte de mi método para piano. El resto debe ser consumido por el fuego sin excepción porque tengo demasiado respeto por mi público y no quiero que todas las piezas que no sean dignas de él anden circulando por mi culpa y bajo mi nombre”. Como aclara Raccio, afortunadamente para el arte universal ninguno de los presentes cumplió semejante orden. En 1917 se le declaró la tisis a Kafka. El autor de La metamorfosis, que murió en 1924, llegó a tener tantas molestias en la garganta que tragar los alimentos le era imposible. Las últimas semanas de su vida se alimentó solamente de líquidos. “Una complicación de tos y de huesos.” Así se definía el escritor escocés Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Chéjov, escritor y médico, contrajo la enfermedad a través de sus pacientes. Pasaba largas temporadas en Niza (Francia) huyendo de los crudos inviernos de Rusia. “La medicina es mi esposa, la literatura es mi amante; cuando me canso de una me voy con la otra”, solía decir este genio de la literatura del siglo XX que murió a los 44 años en Badenweiller (Alemania), en 1904.

Después de su incursión en el Viejo Mundo, la peste blanca llegaría al Río de la Plata. Raccio repasa alguna de las letras de tangos donde están insertas las historias de “esas mujeres de la vida”, como también las “obreritas y costureritas” que terminaron su existencia en manos de la cruel enfermedad. Se detiene en Carne de cabaret: “Y así fue en la pendiente fatal,/ del cabaret al hospital, y a ninguno encontró que por su mal/ tuviera compasión”; en Galleguita: “Y hoy te veo,/ galleguita,/ sentada triste y solita/ en un rincón del Pigall,/ y la pena/ que te mata/ claramente se retrata/ en tu palidez mortal”; en Caminito al taller: “Ayer cuando pasaste/ envuelta en una racha de tos seca y tenaz,/ como una hoja al viento, la impresión me dejaste/ de que aquella tu marcha no se acaba más”; en Tu pálido final: “Tu cabellera rubia/caía entre las flores/ pintada del percal/ y había en tus ojeras/ la inconfundible huella/ que hablaba de tu mal”, entre otras letras. De El alma del suburbio, el segundo poemario de Carriego, Raccio elige, entre otros poemas: “La queja”, donde las muchachas escupen sangre: “Por eso a solas, hoy, en el cuarto/donde se muere, donde le arranca hondos gemidos la tos violenta/ la tos maldita que la desangra,/ bajo la fiebre que la consume/ tiene rencores de sublevada,/¡tiene unas cosas!...¡Oh, si pudiera/ con los pulmones echar el alma”.

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Flaming June, del inglés Lord Frederick Leighton, ilustra la portada del libro.
 
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