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Jueves, 29 de diciembre de 2005

LITERATURA › SEBASTIAN MARTINEZ DANIELL, GONZALO CASTRO Y ROMINA PAULA, JOVENES DEBUTANTES EN EL GENERO

“A nadie le interesaba publicar estas novelas”

Tras el parto que significó llegar a la edición de sus obras, los tres autores analizan el proceso de escritura, definen al cuento como “sospechoso” y echan un vistazo a sus influencias literarias.

 Por Silvina Friera

Tres escritores jóvenes acaban de publicar sus primeras novelas en Entropía. Sebastián Martínez Daniell, Gonzalo Castro y Romina Paula no inundaron escritorios con sus manuscritos, ansiosos por ver sus nombres y apellidos en la portada de un libro. Conscientes de que sus propuestas no encajaban en ningún molde y de que la mejor carta de presentación siempre pasa por asumir riesgos en los textos, se dedicaron a escribir y a perfeccionar sus materiales, intercambiando figuritas y funcionando, por momentos, como en un taller literario. “Nuestras novelas eran el modelo de obra que a nadie le interesa o le gusta publicar”, ironiza Martínez Daniell, como si fuera Esteban Tellier, el protagonista de Semana. “No hicimos una búsqueda exhaustiva porque sabíamos que no teníamos chances ni la más mínima permeabilidad”, confirma Castro, autor de Hidrografía doméstica. “Empecé escribiendo diálogos porque estaba muy interesada en tratar de reproducir el lenguaje oral”, dice Paula, que trabajó la estructura inicial de ¿Vos me querés a mí? con el escritor Juan Martini. En la entrevista con Página/12, los tres repasan cómo fue el proceso de escritura de sus novelas, explican por qué el cuento es un género sospechoso y cuestionado y cómo se vinculan con la tradición literaria argentina.

Obras en construcción
Ya en las primeras líneas de Hidrografía doméstica, inspirada en un fragmento de La mujer zurda, del escritor austríaco Peter Handke, Gonzalo Castro introduce al lector en el ambiente cotidiano de Chloé, una niña de once años –con percepciones tan inteligentes y desconcertantes como ingenuas– que vive sola en el fondo de la casa de sus padres. “Hace una semana que tengo miedo, y que busqué por todas partes. De todas maneras puede tratarse de un error, porque muchas veces me pasa de confundir los sentimientos. Sentir calor, y era angustia. Sentir como una opresión en el pecho, y era sueño. Por suerte puedo quedarme en la cama a analizar todo esto.” Castro, que estuvo cuatro años escribiendo esta novela, confiesa que quería encontrar un punto lo suficientemente extraño y ajeno, polarizar y cambiar de género. “La voz de una niña era algo lejano, pero después no busqué una fidelidad excesiva respecto del lenguaje que iba a manejar. Necesitaba relajarme; si intentaba producir una situación muy verosímil, iba resultar un ejercicio medio raro.” Para subrayar la subjetividad de esta niña, Castro aclara por qué utilizó la primera persona. “No podía ponerme afuera, me resultaba mucho más fluido el yo. Podía manejar más matices, el pasado, los raccontos, dispersiones o percepciones del momento que me permitían ser más caótico.”
Esteban Tellier –candidato a convertirse en un personaje paradigmático de la literatura argentina del siglo XXI– intenta reunir los pedazos sueltos de su lucidez en el lapso de una semana. “Cada día que comienza me esfuerzo por mejorar, por progresar. Recorro el escarpado camino de la autosuperación. Soy un hombre que no teme alcanzar día a día nuevas metas. Pongamos por ejemplo el tabaquismo. No me conformo con ser un adicto al cigarrillo. No me satisface sólo fumar mecánicamente sin objetivos ni perspectivas. Fumar sólo para terminar un cigarrillo y, al rato, encender otro sin un plan directriz, sin un concepto que sustente la práctica. Por el contrario, intento ser un profesional del cigarrillo. Fumar cada día más. Cada día en peores circunstancias.” Al comienzo de Semana, Martínez Daniell cuenta que se impuso una serie de restricciones muy grandes, que después fue anulando a medida que avanzaba en la novela. La única que conservó fue que no apareciera la televisión. “La tele me generaba muchos problemas porque era un universo paralelo que tiene otras reglas, y me daba miedo ponerlas en concordancia con las reglas de la pantalla para afuera. En el mundo de la novela no es que no exista la televisión; existe, sólo que no está mencionada”, explica. “La primera persona viene de cierta desmesura en la forma de percibir el entorno que tiene el protagonista. Yo prefería que la ambigüedad de esa desmesura quedase en manos del que está leyendo. En la novela en primera persona es más claro que la versión de lo que está sucediendo, es única y no hay posibilidad de contrastarla con otra”, plantea el autor de Semana. Mientras que en tercera persona el narrador tiene un efecto de verosimilitud mayor. Si este hombre me está contando las cosas desde un punto de vista externo, ¿por qué no le voy a creer? La primera persona crea más desconfianza, ¿por qué es tan desmesurada la reacción de este hombre?, ¿qué es realmente lo que está viendo?”
“Quiero que lo que escribo se parezca al lenguaje oral”, señala Romina Paula. Y ¿Vos me querés a mí? atrapa al lector en esa red de diálogos y monólogos dislocados de Inesia o “la rumana”. “Pero en un momento me puse a pensar y como que me colgué, porque es algo que me pasa siempre, y ya sé cuándo me empieza a pasar, me doy cuenta y no quiero que me pase, viene y ya sé, es una sensación que ya conozco y trato de combatirla y bueno, en eso estoy, y no es algo de lo que vos te tengas que hacer cargo, es algo más mío en realidad, pero es como que me miro de afuera y me pregunto ‘¿pero está bien esto que estoy haciendo?’. Me pasa que me pregunto sin querer si la situación en la que estoy es en la que quiero estar en realidad y bueno, como que después llego a conclusiones, tomo decisiones, no digo que esté bien, pero no puedo evitarlo, me vienen y bueno, como que el otro día me quedé pensando y la cosa es que pensé que no sé si quiero estar de novia. ¿Se entiende?” Paula señala que no sabía si esos diálogos tenían algún valor y qué iba a hacer con esos textos. “Las correcciones finales son muy molestas; esa es para mí la parte aburrida, trabajosa y molesta. Por suerte, ellos se ocuparon de hacerlo mucho más agradable”, subraya, señalando a Castro y Martínez Daniell. “La leyeron, la comentaron y me hicieron sugerencias, y eso me ayudó porque llega un momento en que el material te lima y no lo querés ver ni leer más.”

La insoportable levedad del cuento
En un país con raíces profundas en el cuento y los textos breves –Eduardo Wilde, Quiroga, Arlt, Borges, Daniel Moyano, Silvina Ocampo, Juan José Hernández, Bernardo Kordon, Hebe Uhart, Alicia Steimberg, Ana María Shua y Luisa Valenzuela, entre otros–, no es un dato menor que estos jóvenes que nacieron durante la década del ’70 sientan que se mueven como peces en el agua de la novela. ¿Es un rechazo estético generacional o es, quizás, el mercado que ha canonizado un género y olvidado o relegado al cuento? “En general, tengo dificultades para leer cuentos”, admite Castro. “Hay ciertos efectos que se producen en los relatos clásicos que me llevan a sospechar que hay dos o tres elementos que se van a conjugar: El clásico si aparece un revólver, tiene que usarlo. La eficacia narrativa me repele, siento el artificio, cuanto mejor imbricado y más eficiente ese procedimiento, más lo rechazo. Prefiero cierta disolución natural de la realidad interna de una novela a la cuestión concentrada del cuento.” El autor de Hidrografía doméstica opina que esta sospecha no es un fenómeno local. “Me parece que el cuento es un género que está cuestionado universalmente.” Paula advierte que hay cuentistas que manejan estructuras similares a la de la novela. “Pienso en Carver –ejemplifica–, que genera mundos y que cada cuento es como un universo. Las sensaciones Carver o Quiroga son repotentes, ahí sí entro y me gustan.” Martínez Daniell, en cambio, añade un matiz. “El cuento como mecanismo me sigue resultando eficaz como lector. Como autor, tengo la necesidad de escribir novelas, necesito más márgenes hacia los costados, y tuve la vanidad de pensar que la voz de Tellier y su historia no se agotaba en quince páginas, que podía seguir funcionando hacia delante.”

Los fantasmas de la tradición
Las influencias literarias son como el talón de Aquiles, un punto débil, molesto y complejo. “La literatura consagrada me deprime, no me da ganas de escribir”, dispara la autora de ¿Vos me querés a mí?. “Me gusta leer cosas más imperfectas, donde de repente hay destellos de genialidad más a mano. A mí la idea de lo literario me aburre... esos escritores que están muy recargados me dejan afuera.” Sin embargo, Paula menciona al escritor que más influencia ejerció a la hora de escribir su novela. “Manuel Puig para mí es lo más, lo más de lo más.” Castro elige a dos referentes japoneses, Murakami e Ishiguro. “La literatura japonesa me vino bien para compensar mis inclinaciones nabokovianas”, sugiere el autor de Hidrografía doméstica.
–¿Y por estos pagos qué influencias reconocen?
Gonzalo Castro: –Aira no funciona; quizá le juega en contra que a la crítica le gusta tanto hablar de Aira y de lo fabuloso que es. Me pasa lo mismo que con Calamaro en la música. Calamaro produce 200 canciones, pero cinco son geniales y tienen la autonomía de funcionar. En cambio hay que buscar dentro de las novelas de Aira esos momentos geniales. Sé que la literatura argentina es un déficit mío.
Sebastián Martínez Daniell: –No sé si uno termina de entender bien cómo influye lo que lee en su escritura. Uno puede renegar de la tradición literaria argentina, pero al renegar también se vincula con ella. No encuentro referencias directas en la literatura argentina, pero no sé si no se está colando por otro lado. Quizás es algo fantasmal que está ahí y uno está dialogando con esa tradición, aunque no se sienta parte de ella.

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“No hicimos una búsqueda exhaustiva porque sabíamos que no teníamos chances ni la más mínima permeabilidad”, dice el trío.
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