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Viernes, 18 de junio de 2010

LITERATURA › HERNAN RIVERA LETELIER Y SU NOVELA EL ARTE DE LA RESURRECCION

“Estamos llenos de falsos profetas”

El escritor destaca que en su último libro, ganador del Premio Alfaguara, hay mucho de su propia historia vivida en el desierto chileno. La fábula que urdió está basada en el Cristo de Elqui, un personaje de carne y hueso que en el siglo pasado se autoproclamó Mesías.

 Por Silvina Friera

La cara de Hernán Rivera Letelier, cuarteada por más de treinta años de sol y viento salitrero, es como el genoma humano del desierto chileno llamado pampa. Lleva ese paisaje físico en la piel. Y en esa voz apenas audible, al filo del silencio. El desierto asoma por sus ojos chiquitos, hundidos como dos trozos de carbón. Y es la caja de resonancia de sus libros. No podían faltar los páramos de salitre en El arte de la resurrección, donde se narra las andanzas de un iluminado, una suerte de Mesías chileno del siglo pasado, apodado el Cristo de Elqui, que cree estar llamado a repetir, en ese territorio tan inhóspito, la experiencia existencial y apostólica del fundador del cristianismo. La novela ganadora del Premio Alfaguara, que el escritor chileno presentó en Buenos Aires en Libros del Pasaje con Reynaldo Sietecase, es una fábula inspirada en un personaje de carne y hueso. Se podría decir que Domingo Zárate Vega, un hombre que tras la muerte de su madre se convirtió en un ermitaño en el Valle de Elqui, tuvo dos visiones. En medio de la soledad descubrió que él era nada menos que la reencarnación de Jesucristo. La figura bíblica de este Cristo marginal –sus largas crenchas negras, su barba hirsuta, la túnica y las sandalias– caló hondo en el ánimo de las muchedumbres que lo seguían y veneraban en los pueblos y ciudades del país. Sus sermones y axiomas aglutinaban a los que necesitaban consuelo y esperanza. Pero también cosechó detractores, especialmente entre los curas párrocos que lo trataron como un chiflado. La segunda visión fue certera. Su profecía se cumplió: Rivera Letelier escribió sobre su vida.

La novela comienza a fines de 1942 cuando el Cristo de Elqui, “ese atorrante con aire de mendigo”, decide rumbear para La Piojo –una de las salitreras más pobres y menoscabadas por las que pasearía su silueta mesiánica–, donde vive una prostituta, Magalena, que venera la imagen de la Virgen del Carmen. Quiere proponerle que sea su discípula y amante, que juntos divulguen la inminente llegada del fin del mundo. Rivera Letelier alza los hombros y confiesa que no sabe por qué eligió el año ’42. Se queda pensando unos instantes, como si le molestara no saberlo. “Simplemente porque más o menos era la mitad de su vida como predicador”, dice a Página/12. El escritor “con cara de boxeador en decadencia”, como suele autorretratarse, se entregó a la evidencia de un personaje que lo venía persiguiendo desde hace años. Apareció por primera vez en una escena de su primera novela, La reina Isabel cantaba rancheras, después regresó en Los trenes se van al purgatorio y volvió a pedir pista en Mi nombre es Malarrosa.

El precursor en resucitar al Cristo chileno fue el poeta Nicanor Parra en su libro Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui. “Ese libro es genial, lo leí y releí tantas veces. Desde niño en las salitreras escuchaba hablar del Cristo de Elqui. Y de pronto Parra apareció con esos sermones que me maravillaron. Cuando empecé a investigar, descubrí que el Cristo de Elqui había escrito un opúsculo de 50 páginas, que estaba en la biblioteca de Santiago. Fue muy lindo darme cuenta de que estábamos trabajando inspirados en los mismos textos. Parra canta la historia y yo la cuento”, compara.

–El pueblo lo seguía, pero la Iglesia y el poder lo rechazaban por “loco”. Después de haber investigado y escrito una novela, ¿usted qué cree? ¿Estaba loco?

–La Iglesia siempre va a rechazar a cualquier tipo que aparezca diciendo “yo soy Cristo”; si fuera el Cristo verdadero, también lo rechazaría. Porque, claro, Cristo es el mayor producto de esa empresa que se llama Iglesia Católica Apostólica Romana; cualquiera que se metiera con esa empresa sería rechazado. Cuando al Cristo de Elqui lo encerraron en el manicomio, los médicos lo revisaron y le diagnosticaron “delirio místico crónico”. Este personaje se trastorna, por decirlo de alguna forma, cuando muere su madre y le promete que en su memoria va a predicar el Evangelio. El tipo regaló todo lo que tenía, incluso un pequeño almacén; había trabajado como bestia hasta los 29 años y se internó en los cerros para purificarse durante cuatro años en los que tuvo visiones y se convenció de que él era la reencarnación de Cristo. Si hubiese sido él, lo tratamos muy mal... El mundo está lleno de falsos profetas.

–¿Hasta qué punto las similitudes con su propia vida lo llevaron también al personaje?

–Si había alguien en Chile con la facultad de contar su historia, ése era yo. Ningún otro podría. Conozco el desierto como nadie y el tipo predicaba mucho allí. Además era un Cristo transhumante, un Cristo vagabundo, y yo fui un vagabundo durante cuatro años. Anduve con la mochila al hombro comiendo y no comiendo, durmiendo en los lugares más insólitos. Pero lo más importante es que el lenguaje y el tono que se necesitaban para contar al Cristo lo tenía en mis genes. Mi padre fue un predicador y me crié leyendo la Biblia desde niño. Soy un convencido de que este Cristo sabía que yo era el más indicado, por eso me venía persiguiendo (risas). Cuando colgó la sotana, todo el mundo se olvidó de él. Sé que está enterrado en el cementerio de Santiago, pero no quise investigar más allá. El novelista no debe saber mucho sobre lo que va a escribir; hay que dejarle espacio a la imaginación.

–¿La invención, la ficción, aparece con la prostituta?

–Claro, y esa puta santa se volvió entrañable. ¿De dónde apareció? No sé. Cuando escribí mi primera novela, una novela de putas, no tenía por dónde meterse un Cristo. Ahora en ésta, que era una novela de Cristo, no tenía por dónde meterse una puta. Y se metió (risas). Magalena Mercado fue como un milagro de Cristo de Elqui.

–En un momento de la novela se dice que la pampa está llena de leyendas supersticiosas. ¿Cómo se lleva usted con esas leyendas?

–Me ocurren cosas casi milagreras que me dejan desconcertado. Esta era mi novela número diez, pero mi número de la suerte siempre fue el once. Las cosas más importantes que me han ocurrido tienen que ver con el número once. Yo nací un 11 de julio del año ’50. Cuando gané el premio por La reina Isabel cantaba rancheras, que me cambió la vida, me lo entregaron a las once de la mañana, de un día once, del mes once. Y así un montón de cosas. Tenía 130 páginas de esta novela, estaba inspiradísimo y no quería que me llamaran para nada, pero de pronto se me atravesó una historia tan potente que tuve que dejar el texto de lado. Y escribí una novela corta, La contadora de películas, que se publicó. Esa novela pasó a ser la número diez para que ésta, la número once, pudiera ganar el Premio Alfaguara.

–Ah, pero es muy supersticioso, ¿qué día se conoció el premio?

–El 22 de marzo, dos veces once (se ríe).

Las andanzas de Rivera Letelier merecen un párrafo aparte. A los 11 años vendía diarios en la calle. A los 15 empezó a trabajar en la industria del salitre, con ese sol que era una piedra ardiendo en mitad del cielo pampino. “El trabajo no era tan bárbaro como al principio –recuerda y resume esos años–. Yo veía a mi viejo que tenía un trabajo de esclavo, partiendo piedras en ese desierto, desde la salida del sol hasta la puesta del sol. Y ganaba una miseria. Con la tecnología llegaron las maquinarias y el trabajo no era tan bruto. Aunque igual era pesadísimo.”

–¿Podía trabajar y escribir?

–Sí, llegaba a la casa muerto y me sentaba a escribir. A las nueve de la noche estaba cabeceando porque al otro día me tenía que levantar a las cinco y media de la mañana. Pero cansado y todo, tiempito que tenía era para escribir. Estaba trabajando en una mina y de pronto me llegaba la inspiración, me iba a un cerro y escribía. Las mejores ideas se me ocurrían cuando estaba trabajando, con el jefe encima. Y no sabía qué hacer. “¡Voy al baño que se me ocurrió una idea!”, le decía (risas).

–¿Ya sabían sus compañeros y jefes que escribía?

–Sí, cuando empecé La reina Isabel... todo el mundo sabía que escribía. Después de mis andanzas por todo Chile, Ecuador, Perú y Bolivia volví al desierto y comencé a escribir poemas. Pero no le contaba a nadie porque la poesía era cosa de maricones. Hasta que gané un concurso y aparecí en los diarios. Al día siguiente de haber aparecido en los diarios, estaba trabajando en el campamento Pedro de Valdivia y pasó un camión lleno de mineros. Todos juntos, al unísono, me gritaron: “Bueeenas, Gabriela Mistral”.

El escritor chileno tiene las manos cerca de su boca, como si estuviera en el desierto gritando a alguien que está muy lejos, un gesto con el que acompañó lo que le gritaron los mineros de alguno de los campamentos por donde él también trabajó, en Coya Sur, María Elena, Pedro de Valdivia y Algorta, entre otros. “O me iba con mis compañeros de trabajo a las cantinas o me iba a mi casa a escribir. O me convertía en un borracho o en el mejor escritor del mundo –recapitula esos dilemas existenciales–. Opté por irme a mi casa.”

–Pero además de escribir en su casa, ¿cómo fue su formación como escritor?

–Quería convertirme en un escritor de verdad, pero tenía sexto año básico. A los 26 años había empezado a leer como loco. De pronto me dije “voy a estudiar”. Me anoté en una escuela nocturna, pensando en hacer la secundaria para que me sirviera para escribir. No me sirvió para nada; lo que me sirvió fue leer a escritores que no conocía, como Juan Rulfo. Y comencé a escribir, consciente de que más que la meta de llegar a ser el mejor escritor, el hecho de querer serlo me daba ánimo para ganarles al cansancio, a la fatiga.

–¿En qué momento quemó las naves y decidió dedicarse de lleno a la escritura?

–En 1995 el campamento en el que estaba trabajando, Pedro de Valdivia, se convirtió en un pueblo fantasma y nos tuvimos que ir todos. Quemé mis naves y me dediqué sólo a escribir porque había publicado La reina Isabel... y me había ido muy bien. Me jugué ciento por ciento, pero me salió. Soy uno de los pocos escritores chilenos que vive de esto realmente. He tenido mucha suerte. Soy un convencido de que en esto del arte hay un uno por ciento de talento, 49 por ciento de trabajo y 50 por ciento de suerte. Cuántas obras maestras pueden estar inéditas porque el tipo no estaba en el lugar indicado en el momento adecuado.

–¿Qué representa el desierto para usted?

–Si no me hubiese criado en el desierto, no habría sido escritor. Hay tres paisajes que son propicios para encontrar la espiritualidad: el mar, la montaña y el desierto. De los tres el más adecuado es el desierto. En el desierto en el que me crié no crece nada, no hay flora ni fauna. Allí el reino mineral es el que impera. Allí estás completamente desnudo; no hay ningún ruido de pájaro, de insecto, como si estuvieras en un planeta abandonado donde no existe nada. Excepto el silencio. Allí el silencio zumba como un cable de alta tensión. Allí te encuentras con tu alma. Allí aprendí a estar solo, a estar conmigo mismo, a conocerme a mí mismo, a soportarme a mí mismo. Todos los días necesito una dosis de silencio y soledad.

–¿Cómo hace ahora para alcanzar esa dosis de soledad cuando tiene entrevistas con periodistas, encuentros con escritores o intelectuales en cada uno de los países?

–Una de las cosas que pedí es no tener cenas con los intelectuales de cada país. Todas las entrevistas que quieran, pero con intelectuales no. Las cenas con los intelectuales son una lata (risas). Cuando me queda un tiempito, me voy a las zonas rojas. ¡Ahí está la vida! (Risas.)

Rivera Letelier quiere que cada obra que escriba sea mejor que la anterior: “Yo transpiro literatura, orino literatura, defeco literatura, sangro literatura y eyaculo literatura”.

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“En esto del arte hay un uno por ciento de talento, 49 por ciento de trabajo y 50 por ciento de suerte.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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