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Domingo, 27 de marzo de 2011

LITERATURA › ROBERT HILBURN HABLA DE DESAYUNO CON JOHN LENNON

“El rock and roll me empujó a ser una mejor persona”

El libro, que acaba de llegar a la Argentina, es un repaso de los treinta y cinco años en los que el autor se desempeñó como crítico y periodista en el diario Los Angeles Times, pero más centrado en el valor de los artistas que en las anécdotas personales.

 Por Roque Casciero

“No estoy seguro de que Robert Hilburn exista. Sé que no es humano. Debe ser un ángel del Señor o alguna clase de ente. Desde luego, es un enigma. Bob no bebe ni fuma, y su manera tranquila de hablar es la antítesis de la música ruidosa que tanto ama, el rock and roll. Es el hombre silencioso que hay al otro lado del ‘muro de sonido’. Posee esa claridad que siempre atrae al caos creativo.” Así comienza el prólogo que Bono escribió para Desayuno con John Lennon (Océano), el libro en el que el periodista y crítico Robert Hilburn, de 71 años, hace una suerte de revisión de su carrera en el diario Los Angeles Times. Y en las palabras del cantante de U2 se nota el respeto y la admiración que le provoca este hombre “inmune a la fama, cosa muy extraña en alguien que vive en su epicentro”. Nada frecuente, por supuesto, que un músico reconozca el valor de un crítico, pero Hilburn lo amerita, por la pasión y la austeridad en el tono que Bono descubre en los textos del periodista. Y, claro, porque el hombre estuvo en momentos clave de la historia del rock: fue el único periodista presente en la cárcel de Folsom cuando Johnny Cash grabó allí su famoso disco en vivo, al que decidió recibir Yoko Ono para transmitir su mensaje de paz a los fans tras el asesinato de Lennon (ver aparte), el que escribió el perfil que le permitió a Kurt Cobain no perder la custodia de su hija Frances Bean, el que lograba que se abrieran ante él personajes tan enmarañados como Bob Dylan o Michael Jackson.

“Uno de mis objetivos era encontrar talentos grandiosos y jóvenes, y poder contarles sobre ellos a mis lectores, así éstos podrían sentir el mismo entusiasmo que yo”, le dice Hilburn a Página/12 por correo electrónico. “La música significaba tanto para mí que quería volcar a los lectores hacia grandes artistas, y era una emoción maravillosa cuando veía a estos artistas empezar a congregar a un público grande. Siempre fui cuidadoso de no alabar a alguien por el mero hecho de que vendiera muchos discos o tuviera muchas críticas positivas. Quise asegurarme de sentir que el artista era verdaderamente importante porque no quería alabar a un artista mediocre sólo para ser un copado o algo así, porque no quería que un lector escuchara a ese artista por recomendación mía y que después se sintiera decepcionado y no les prestara atención a otros comentarios míos sobre otros artistas jóvenes.” El amor de Hilburn por la música comenzó con el country, pero más tarde el rock and roll ocupó la mayor parte de su atención: como tantos otros chicos norteamericanos, vio Semilla de maldad –donde Bill Halley tocaba “Rock Around the Clock”– en la semana de su estreno y ya nada fue lo mismo. Y si hacía falta más combustible para alimentar esa pasión, al poco tiempo descubrió a su ídolo de juventud, Elvis Presley.

Paradójicamente, Hilburn nunca pudo entrevistar a Presley, aunque lo conoció porque al Coronel Parker, manager del astro, le gustó un artículo publicado por el periodista. El recuento de ese cruce, reproducido en Desayuno..., tiene bastante gracia, sobre todo porque Hilburn comenta que nunca logró que Elvis dejara de tratarlo de “señor”. Y cuesta no conmoverse con el relato del funeral del cantante, claro, aunque ése no fue el artículo que más le costó escribir al periodista: “Probablemente haya sido uno mencionado en el libro, en la que exhortaba a Elvis a que se retirara. El era mi primer héroe del rock and roll y ahí estaba yo diciendo que era mejor que dejara la música en lugar de continuar dando vergüenza y manchando su legado...”

Hilburn, que “inventó” el puesto de crítico de rock y pop en el Los Angeles Times, siempre mantuvo una distancia prudencial de sus entrevistados, aunque su estilo no era confrontativo como el de Lester Bangs, una de las estrellas de la crítica de rock. “El fue un escritor notable, pero no conozco demasiado sobre su filosofía entre periodista y artista”, arranca Hilburn. “De todos modos, creo que mi rol fue muy diferente del de Lester. En cierto sentido, sentía que Lester era la estrella de sus artículos. El deslumbraba con su uso de las palabras y tenía opiniones muy provocativas. En cambio, veía mi rol como secundario respecto de los artistas. Como crítico, definitivamente quería decirles a los lectores quién creía que era importante, en su mayoría, pero también quién sentía que era mediocre o peor que eso. Como periodista, por otro lado, quería presentar los puntos de vista de los artistas lo más clara y certeramente posible. En ese rol, sentía que mi trabajo era ser un intermediario entre el artista y el lector. Como reportero, antes de convertirme en periodista de música, sabía que era importante mantener una distancia entre el escritor y el artista, y creo que hice un buen trabajo en ese sentido durante mi carrera porque es difícil ser un crítico honesto y ser amigo de un artista.”

“Nunca, prácticamente, fui a las bambalinas a ver a un artista cuando estaba haciendo una crítica, o a las fiestas de la industria”, continúa Hilburn. “Traté de mantener mis contactos en un nivel puramente profesional. Sí tuve algún almuerzo o cena ocasional con un artista, pero no creo que haya pasado más de una docena de veces en treinta años. Al leer el libro, puedo ver dónde alguien puede pensar que yo era muy amigo de algunos de los artistas, pero mis encuentros con ellos fueron casi siempre enteramente profesionales; esto es, en situaciones de entrevistas. No salía a cenar, no los llamaba por teléfono con regularidad ni iba a verlos cuando venían a Los Angeles. Era una relación profesional. Ahora bien, si hacés entre ocho y diez entrevistas con un artista, hay una suerte de amistad que se desarrolla, pero es principalmente una amistad profesional. Ambos nos respetamos, pero uno no puede acercarse a un artista al punto de que eso lo inhiba de hacerle una crítica negativa. Tengo críticas para hacerles a todos los artistas sobre los que escribí repetidamente, desde Elvis Presley y John Lennon hasta Bob Dylan y Bruce Springsteen. Nunca se puede dejar que algo contamine la objetividad.”

–Algunos artistas, con Dylan como mejor ejemplo, parecen haberlo puesto a examen durante mucho tiempo antes de finalmente abrirse en sus entrevistas. ¿En algún momento sintió que no iba a poder lograrlo?

–Algunos artistas sienten que han sido caracterizados tan erróneamente por la prensa que los pone nerviosos tener que abrirse ante un periodista, así que lleva unas cuantas entrevistas hacer que ellos empiecen a sentir que uno está genuinamente interesado en mostrarlos de un modo certero en lugar de sencillamente escribir algo “colorido”. En este sentido, es de mucha ayuda hacer contacto con un artista cuando recién empieza su carrera, cuando ellos pueden darse cuenta de que tu interés está en la música y en el potencial, no en el estrellato. Una vez que alguien se hace exitoso, la prensa viene corriendo hacia él, y muchos de los periodistas sencillamente están subiéndose al carro. Sólo se interesan en el artista porque vende discos y los lectores quieren saber sobre él.

–¿Por qué les da tanta importancia a que los artistas alcancen un público masivo?

–Durante años he escuchado a la gente decir algo entre líneas sobre lo bueno que sería ver a un artista, pongámosle a Springsteen o U2, en un local chico, en los comienzos de su carrera. Y puedo entenderlo. Pero amo el disfrute comunitario del rock and roll. Adoro ver que un artista tiene cada vez más público porque eso significa que se vuelve cada vez más influyente, que toca a más gente con sus mensajes. Así que creo que es emocionante pararse en un estadio de fútbol y ver a miles de fans alentando la música de un gran artista porque es como si todos nos uniéramos, aunque sea por un momento.

–Usted menciona en el libro que la gente, con el paso del tiempo, pierde interés en la música. ¿Cuál es la “anomalía” que hizo que eso no le sucediera a usted?

–Creo que la mayor parte de la gente pierde contacto con lo que pasa en la música porque no tiene tiempo para buscar nuevos favoritos. Tiene un trabajo, a veces dos, quizás una familia... Para la mayoría de la gente, se hace cada vez más difícil encontrar el tiempo para la música nueva y también el dinero para ver a los artistas en vivo. Pero siempre existen esos resistentes que han sido tocados tan profundamente por la música que nunca pueden decirle adiós. Siempre sentí que el mejor rock and roll me inspiraba o me reconfortaba, y me empujaba a ser una mejor persona, más generosa y cuidadosa. Simplemente parece sacar lo mejor de algunas personas. Y creo que la música de artistas como Dylan, Lennon, Springsteen, U2, Stevie Wonder y otros ayudó a darles forma a valores sociales tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo.

–En su blog usted confiesa que ya no escucha tantos discos como cuando trabajaba en el diario, que dejó en 2005. Entonces, ¿usted también perdió algo de interés?

–No, es porque mi trabajo ha cambiado. Cuando estaba en el diario, tenía las 24 horas para escuchar música, especialmente música nueva, para poder estar al tanto de los cambios que se producían. Hoy, en cambio, dedico la mayor parte de mi tiempo de trabajo a temas en particular, como por ejemplo una crítica de mis propios años como crítico en Desayuno con John Lennon y ahora en investigar la biografía de Johnny Cash. Estoy seguro de que hay mucha buena música nueva, pero es difícil encontrarla si no dedicás la mayor parte de tu tiempo a encontrarla. Lo que yo hago, mayormente, es estar al día con los nuevos trabajos de mis viejos favoritos y con recién llegados ocasionales... Soy muy fan de Jack White, Arcade Fire, Kanye West, los Avett Brothers, Black Keys y The National, entre otros. Hace diez años probablemente podría haber mencionado sin pensar unos cincuenta nuevos favoritos.

–Usted confiesa que durante años esperó que Bob Dylan le contestara cuánto tiempo puede mantener la vitalidad un músico, pero que la respuesta la encontró viendo a Johnny Cash poco antes de su muerte, porque él fue un gran artista hasta el final. ¿A usted le sucede lo mismo con el periodismo?

–Sigo escribiendo porque aún tengo pasión por la música y porque me parece un tema inspirador. En los libros tengo un modo de ver un panorama más amplio que el que tenía en el diario, donde muchos artículos y críticas eran sobre un momento en particular de la carrera de un artista. Johnny Cash, de quien planeo escribir una biografía, me fascina porque creo que él quizá fuera el artista más puro que haya conocido, el único creador de hits de los ‘50, por ejemplo, que tenía más ambiciones que meter otro hit en las fonolas. En el mejor espíritu de Woody Guthrie y la música gospel, él quería elevar a la gente.

–En varios pasajes de Desayuno... usted da cuenta de las cartas que le mandaban los lectores cuando algún artículo en particular llamaba la atención. Es de suponer que ese contacto será más fluido ahora gracias a la tecnología, ¿no?

–Lo que hice fue armarme un website (www.roberthilburnonline.com) cuando se publicó De- sayuno..., donde puse una dirección de mail en la que empecé a recibir docenas de cartas por semana, de gente que había disfrutado el libro o que quería decirme cuánto había disfrutado de mis artículos en el Los Angeles Times a lo largo de los años. Eso fue aleccionador y muy gratificante. La velocidad actual de los procesos de comunicación es notable. En los viejos tiempos, quizá recibía un par de llamadas o algunas cartas después de que aparecía un artículo, pero para cuando dejé el diario ya estaba recibiendo montones de emails. Después de que una entrevista que le hice a Bob Dylan sobre el proceso de composición saliera publicada un domingo, recuerdo llegar

a la oficina el lunes y había más de 250 e-mails de todo el mundo. Fue fascinante ver la pasión de los lectores y me recordó que mis artículos podían tocar a la gente. Por eso decidí, entonces y ahora, contestar cada e-mail. Me gusta pensar en mis artículos y ahora mis libros como el comienzo de una conversación: aquí está lo que tengo para decir, ahora veamos qué piensa el lector sobre esto.

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Robert Hilburn junto a John Lennon en un estudio de grabación neoyorquino, en 1980, mientras el ex beatle grababa Double Fantasy.
 
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