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Lunes, 19 de septiembre de 2011

LITERATURA › JOHN MAXWELL COETZEE DESLUMBRO EN EL CIERRE DE LA TERCERA EDICION DEL FILBA

Una señal divina, una noche inolvidable

El Nobel de Literatura tiene fama de genio ermitaño debido a su timidez. Ante un auditorio del Malba repleto de admiradores leyó con gravedad y cortesía el relato “La vieja y los gatos”, celebrado con carcajadas por el auditorio.

 Por Silvina Friera

La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir como si fueran genios. El milagro sucedió anoche. La distancia entre un gesto atrevido en la programación de un festival y el acto concreto quedó abolida cuando John Maxwell Coetzee entró al auditorio del Malba para cerrar la tercera edición del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba). El genio ermitaño, aquejado por el síndrome Greta Garbo, reacio a hablar en público y más aún a conceder entrevistas, se paseó por el escenario hasta el atril, como un solitario caminante coronado por los aplausos de un público que agotó las entradas temprano, para no perderse a una celebridad literaria con aura de inalcanzable. Alguien puede ser tan tímido que apenas consiga articular un par de palabras. Se dice que es el caso del escritor sudafricano. Elegante en su traje oscuro, más delgado y con el cabello más blanco que en las fotos de las solapas de sus libros, el autor de Infancia, de 71 años, miró por primera vez a muchos de sus lectores. “Quiero agradecer al Filba y a su comité literario por haberme invitado a Buenos Aires”, dijo Coetzee en un español vacilante y como si sonriera ante el esfuerzo. “Voy a leer un capítulo de la vida de Elizabeth Costello, una escritora conocida en el ocaso de su vida, que vive en un pueblo de España y es visitada por su hijo John”, aclaró nuevamente en español.

El Premio Nobel de Literatura se plantó como si hubiese echado raíces en la tierra y con suma gravedad y cortesía arrancó con la lectura en inglés del relato “The old woman and the cats” (La vieja y los gatos) ante un puñado de escritores y artistas como Vivi Tellas, Noé Jitrik, Guillermo Kuitca, Richard Gwyn y Yaki Setton, entre otros. Narrado desde la perspectiva de John, el hijo se pregunta al llegar a la casa de su madre por qué ella tiene que terminar sus días en un territorio tan incivilizado y silencioso. Hay doce gatos, pero en el verano el número de felinos aumenta. “Si los pájaros y los peces no tienen cara, ¿por qué los gatos tienen que tener cara?”, se pregunta Elizabeth Costello –uno de los más sorprendentes alteregos que haya dado la literatura en las últimas décadas– convencida de que sólo los seres humanos tienen rostro. El auditorio celebró con carcajadas los diálogos entre Elizabeth y John. Ese público lector, fan del autor sudafricano, está acostumbrado a las complejas estrategias narrativas de Verano, novela que adopta la forma de una serie de entrevistas hechas por un biógrafo de Coetzee a gente que lo conoció a mediados de los años ’70, un período crucial en la carrera literaria de ese escritor, que ya ha muerto en la ficción es definido como un “lisiado emocional”.

El milagro sucedía gracias al Malba, institución que decidió tirar la casa por la ventana y festejar sus diez años invitando a un Nobel. Escucharlo a Coetzee, que supo forjar la leyenda de un hombre lacónico, solitario, humilde, un asceta alejado de la feria de vanidades de la vida literaria, parecía milagroso. Un rosario de hechos y anécdotas verosímiles ha labrado su célebre reticencia, aunque siempre se resalta su absoluta sencillez en el trato. Cuando obtuvo por segunda vez el mayor galardón literario del Reino Unido, el Premio Booker, por su novela Desgracia, no se molestó en recogerlo en persona. Nadie había ganado ese premio en dos ocasiones. Pero Coetzee lo hizo: envió a su agente. Entre el anecdotario verosímil, circula un relato que escuchó el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán de un profesor en Oklahoma. Un amigo del autor de Vida y época de Michael K, productor de televisión, viajaba a México para entrevistar a Gabriel García Márquez. El escritor sudafricano, que admiraba a Gabo y quería conocerlo, viajó con el productor. Una vez que llegaron al lugar de la entrevista, Coetzee, que ya era un autor famoso, le imploró anonimato al productor. Saludó a Gabo, buscó una silla, se fue a una esquina de la sala y presenció la filmación como si fuera un técnico más del equipo. Cuando todo terminó, el primero en marcharse fue Coetzee. El colombiano, que no pudo resistir la curiosidad que le había generado ese ser tan extraño, preguntó quién diablos era. “Coetzee, el escritor”, respondió el productor. Asombrado, Gabo dijo que se lo debería haber comentado antes. Admiraba a Coetzee, le hubiera encantado conocerlo.

Coetzee escondía el ritmo con la mirada y al concluir cada línea movía la cabeza como si aprobara el contenido. La madre ostenta un discurso más espiritual, mientras que el hijo tiene clavado el aguijón de cierto escepticismo. Antes del ingreso triunfal del Premio Nobel de Literatura 2003, la escritora Matilde Sánchez repasó y analizó la obra del escritor sudafricano con la intención de transmitir “la particular emoción de su literatura, una cierta forma de emoción contenida pero muy concentrada”. J. M., el autor de las misteriosas iniciales, nació en Ciudad del Cabo, en febrero de 1940; de madre docente, y padre abogado. Su infancia bilingüe –africaans, inglés– se repartió entre un suburbio de clase media y una granja familiar en la estepa del Karoo. Creció y escribió una parte considerable de su obra en un medio social organizado bajo la ley de Apartheid, que rigió en Sudáfrica entre 1948 y 1994. Se graduó con honores en inglés y matemática, abrevó de la bohemia europea durante su estadía en Londres (1962-1965), estudió en Estados Unidos, donde se le negó la residencia debido a su activismo anti-Vietnam en 1973, y después de casi treinta años de residencia en su país natal se mudó a Australia.

Sánchez recordó que el autor de Esperando a los bárbaros y Foe –”dos de sus novelas más perfectas, metaficciones de reescritura de clásicos coloniales”– definió su empresa literaria en una conferencia que dio en 1987: “En tiempos de intensa presión ideológica como ahora, cuando se convierte en casi nulo el espacio que novela e historia normalmente comparten como dos vacas que pastan en una misma llanura, la novela tiene dos opciones, complementar a la historia o rivalizar con ella”. Coetzee eligió rivalizar con la historia, contradecir las versiones consagradas.

“Aun cuando los personajes de Coetzee estén llenos de ambivalencia, su prosa no lo está”, afirmó la escritora. “Tal vez buena parte de la fuerza de este realismo tan singular consiste en limitar la ambivalencia, de la que el arte en el siglo XX por momentos parece haber abusado.” Sánchez recomendó la lectura de un relato del etnógrafo Jacobus Coetzee, incluido en el primer libro que publicó el autor sudafricano, En tierras ponientes (1974), para “encontrarse con el Borges del Informe de Brodie y con una versión apenas atenuada de las sátiras de Swift”. Minutos antes de la irrupción de Coetzee al auditorio, Pablo Braun, el director del Filba, le dijo a Página/12: “Disfrutemos que el Maradona de la Literatura va a hacer jueguitos delante nuestro”. Agotado pero feliz después de diez intensos días de lecturas, performances, diálogos y debates, Braun sintetizó el espíritu de esta fiesta literaria con tres ediciones en su haber. “El Filba está en vías de consolidación; tenemos festival para la posteridad.” Hay algunos hombres misteriosos que no pueden ser sino grandes. Casi 45 minutos después, la cálida voz del escritor sudafricano se despedía de sus lectores. “Vaya con Dios, señor”, dijo Pablo a John, después de pasar dos noches en el extraño hogar materno. Así terminó la última línea del cuento. No hubo preguntas del público, pero el escritor aceptó firmar libros. Muchos, cientos. Eso sí: un ejemplar por persona, acaso temiendo que más de uno haya traído media biblioteca en su mochila. Otra larga fila se formó en busca del segundo milagro: la dedicatoria. El hombre que detesta la fama y las vanidades mundanas saludaba, pedía el nombre, anotaba y estampaba su firma, las iniciales misteriosas y ese apellido que opera como una marca registrada. Coetzee fue una señal divina en una noche inolvidable.

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Coetzee supo forjarse la fama de asceta alejado de la feria de vanidades de la vida literaria.
Imagen: Rolando Andrade
 
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