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Viernes, 1 de junio de 2012

LITERATURA › EL ESCRITOR BRASILEÑO FERREZ PRESENTA SU MANUAL PRACTICO DEL ODIO

“Este libro es un cuadernillo para mostrar cómo se sufre”

El autor criado en la periferia paulista publica por primera vez en la Argentina esta novela de acción, una suerte de “retrato en movimiento” de la marginalidad. “Quería mostrar cómo el destino les toma las manos a los jóvenes para que se enreden con el crimen”, dice.

 Por Silvina Friera

El niño Reginaldo Ferreira da Silva caminaba por la periferia de San Pablo, en el extremo sur de la ciudad, en el barrio Capão Redondo, un territorio surcado por las tensiones, la violencia y los sueños malogrados, el combustible preferido para inflamar la retórica demencial de la seguridad en los medios de comunicación. El primer capítulo de la batalla de la vida empezaba para el hijo de un chofer de ómnibus y una empleada doméstica. Reginaldo tenía un libro bajo el brazo, como si abrazara una esperanza. “Loco y puto”, escuchó, sin darse cuenta de que él era el blanco de esos insultos. Unos chicos lo apedrearon, lo patearon. No esperaba ese revés. No sabía que un libro y un lector podrían ser objeto de tanto desprecio. Los párpados le pesaban más que de costumbre. El dolor se expandía en cámara lenta, como un ahogado que se hunde en las profundidades del mar. “La fuerza no sirve, tenés que usar la sapiencia”, se dijo a sí mismo para amortiguar la pena y la rabia. No quería que el entendimiento abdicara. Se rehusaba a ser arrastrado y aniquilado, como tantos amigos que en el futuro morirían. Antes de que caiga el telón de la memoria sobre este episodio bautismal, Ferréz, el escritor brasileño que vino al país a presentar su novela Manual práctico del odio (Corregidor), traducida por Lucía Tennina, reconstruye otra escena trascendental para el niño que fue. Su madre, después de limpiar casas, escribía poesía en repasadores. “El corazón de los otros es una tierra por donde nadie camina”, rezaba uno de los versos que más recuerda su hijo en la entrevista con Página/12.

Ferréz, creador del Movimiento de Literatura Marginal que desde fines de los años ’90 agrupa a escritores de las regiones periféricas del Brasil, habla de forma limpia, sin desvíos, como señala el poeta Arnaldo Antunes en uno de los textos críticos que acompaña la primera edición en español de Manual práctico del odio, publicado en su país en 2003. Novela de acción, con una prosa sustantiva, sin subterfugios, es “un retrato en movimiento” desde el exterior-interior de cada personaje: Régis, Celso Capeta, Magico, Nego, Neguinho da Mancha na Mão, Modelo y Aninha, la única mujer en esa banda que planea un gran asalto. “La violencia no se aparta de la dimensión afectiva, deshaciendo la distancia de una realidad que comúnmente se prefiere ignorar –plantea Antunes–. Aquí grita más, revelando, más allá de las estadísticas y de los titulares sensacionalistas, los deseos y miedos de quien está envuelto en el mundo del crimen y la pobreza.” El poeta lo define a Ferréz como un “tejedor minucioso” que “va cosiendo el enredo en retazos que mantienen su autonomía, como minicuentos dentro de la novela, pulverizándola en múltiples puntos de vista que se entrelazan poco a poco, conectando la historia de cada personaje al contexto que comparten”.

Estilo ágil, nervioso, incisivo. El escritor que nunca mató a nadie por dinero maneja la respiración agitada, pero también los silencios de esos vagabundos y malandras que, casi a la velocidad de la luz, desenfundan un arma y gatillan sin anestesia. Cualquier chispa, por más pequeña que sea, pone en marcha el tren de la muerte. Dos salmos operan como epígrafes de Manual: “Perseguí a mis enemigos, y los alcancé: no volví sino después de haberlos consumido”. El segundo es otro poderoso aguijón: “El justo se alegrará cuando llegue la venganza: lavará sus pies en la sangre del impío”. Ferréz, como acostumbra, va directo al grano de la cuestión. “La Biblia es un libro de guerra y Dios estimula la guerra todo el tiempo. Estos salmos tienen mucho que ver con la guerra que nosotros enfrentamos en la periferia”, subraya el escritor.

–¿Estos salmos se podrían conectar también con ciertos sentimientos religiosos de las personas que viven en la periferia?

–Sí, porque la periferia es muy religiosa. Cuando se está por cometer un crimen se pide la bendición de Dios para matar a otra persona. “Lo voy a matar, pero que Dios me proteja”; esta invocación es algo muy extraño para mí.

–¿Hay quizá un sentimiento de culpa en la búsqueda de esa protección divina?

–Sí, la Iglesia Católica nos ha dejado un legado de culpas muy fuerte. Antes de hacer cualquier cosa, ya somos culpables. Es muy extraña esa relación entre religión y crimen. Hasta en la mafia italiana pasa lo mismo.

–¿Por qué el odio como motor de la escritura de esta novela?

–En el momento en que la escribí, se estaban publicando muchos libros de autoayuda y yo quería reflejar el dolor que las personas sienten. El odio genera dolor en el cuerpo. Manual práctico del odio es un cuadernillo para mostrar cómo se sufre.

–Cuando pensó la historia y los personajes, ¿sabía de antemano que, excepto Aninha, la única que logra escapar, casi todos morirían?

–Muchas personas fueron a mi casa para preguntarme qué pasaba al final con Juliana y Ricardo, la esposa y el hijo de Régis, pero nunca lo revelé (risas). En el film Bróder, del que participé del argumento, ellos copiaron el mismo final: dejaron un tipo baleado de la misma manera que ocurre en Manual... Pero confieso que no iba a dejar a Aninha viva. Conocí a una Aninha cuando yo tenía once años. Un tipo la mató atravesándola con un palo de escoba. Quise homenajearla en la novela, dejándola viva, para que tuviera un final feliz.

–¿Por qué no pueden sobrevivir los personajes?

–Así viví mi realidad: casi todos mis amigos fueron muriendo y quedé yo. Tengo solo un amigo de mi infancia que vive.

–Paulo tal vez sea uno de los personajes que se parece más a Ferréz: es el único que lee a Gorki, La batalla de la vida, y a pesar de que señala que odia vivir en el lugar que vive, sabe que no tiene que entrar en el ritmo del lugar sino seguir el suyo propio.

–Paulo es un homenaje a todos los chicos de la periferia que estudian mucho, no tienen dinero y no están involucrados en delitos. Lo que quería mostrar es cómo el destino les toma las manos a los jóvenes para que se enreden con el crimen. Puse a Gorki porque era un escritor que quería ser leído por las clases populares; de hecho conozco varios amigos que han leído a Gorki.

–Y si en vez de Gorki hubiera puesto un “equivalente” en la literatura brasileña, ¿a quién hubiera elegido?

–Hay grandes escritores en Brasil que escribieron sus libros tomados por espíritus. Y venden mucho. Eso es lo popular, pero nadie lo dice. Si no fuese Gorki, hubiera puesto a João Antõnio. Uno de sus libros se titula Abrazo a mi rencor; fue el único autor con el que logré convencer a varios ladrones para que lean. Los otros autores no atraen.

–¿Cómo fue su vida en el barrio Capão Redondo, antes de empezar a escribir?

–Siempre viví en el mismo barrio; de hecho ahora estoy muy cerca de donde nací. Antes era todo muy difícil. Cuando empecé a comprar historietas, había muchos prejuicios. Se decía que el tipo que lee se vuelve loco, puto o profesor. A los doce o trece años, compraba libros en los puestos de diarios, pero nadie me orientaba sobre lo que estaba leyendo. Y lo que me pasaba era que un autor me llevaba a otro. Como debajo de los libros que leía aparecía una recomendación “lea tal o cual libro”, yo iba y lo compraba. Eran libros de oferta a un real; yo me formé con esos libros. Muchos me cuestionan porque no hablo de literatura brasileña. Y suelo responder: “No es mi culpa; los libros de literatura brasileña no estaban en oferta”.

–¿Era el único que leía en el barrio?

–Sí, era un loco. Decían que estaba loco porque leía y de hecho me expulsaron de muchas clases porque discutía con los profesores. Creía que los profesores tenían que saber lo que yo quería aprender. Cuando empezaba a preguntar, el profesor me paraba, se sacaba la máscara y me decía: “Andate de esta clase”. Yo cumplí mi papel frente a la sociedad al ir a la escuela, pero no me ayudó en nada. Toda mi formación la aprendí fuera de las aulas.

–Y sin embargo, uno de los personajes de Manual... repite en distintas circunstancias una frase: “Nuestro arte es estudiar”.

–Celso es como una descarga mía; es alguien que va a la escuela, intenta buscar ciertas cosas y no las encuentra. De hecho, vuelve a la escuela a la noche para saltar el muro, estar en el patio y drogarse. Hubo una época en Capão Redondo en que los chicos se iban durante el recreo para matar. Y no volvían más. Incluso recuerdo que en una de las escuelas donde estudié cada vez que quería ir al baño tenía que pedir que me abrieran la puerta para poder salir del aula. Nos encerraban con llave.

–¿Por qué prefiere seguir viviendo en el mismo barrio?

–Me gusta la vida ahí, aunque ahora me trae problemas porque soy más conocido. Le tengo mucho miedo a la vida de clase media; basta con mirarles las caras para darte cuenta de las expresiones que tienen. Eso no pasa en la periferia; la gente está más junta y relajada y te invita a tomar una cerveza. Esto de estar todos juntos es algo que viene de la esclavitud; es “una vida de perros locos”, como decimos nosotros.

–En la novela llama la atención que varias veces aparece la palabra vagabundo, algunas en un sentido negativo, pero también usada con cierta carga afectiva, ¿no?

–Vagabundo es una palabra coloquial que ya no se usa en un sentido negativo. Incluso ahora se saluda diciendo “¿cómo estás, vagabundo?, ¿todo bien, vagabundo?”. Lo mismo pasó con “puto”, que se transformó en una forma positiva y cariñosa. Lo más raro es ver a criminales, que son en general muy grandotes, que se saludan entre ellos con un “¿qué haces, puto?”.

El cuerpo grandote de Ferréz se retuerce en la silla de un bar de San Telmo. Desde la ventana observa media docena de policías, apostados en una de las esquinas. Acaso para conjurar el mal presagio que anticipa ese desfile de uniformados, regresa al abrigo de la lectura y la escritura. “Estaba en tercer grado y copiaba en un cuaderno partes de La Biblia que me interesaban –cuenta–. Pero el gran giro de mi vida fue cuando leí algunos escritores que considero ‘malditos’, como Norman Mailer, Bukowski y John Fante.” A los trece años garabateó un relato sobre el futuro, poblado de superhéroes. Cada personaje tenía un vestuario especial y una tecnología acorde con el rol que desempeñaban en la trama. Cuando lo leyó una de sus profesoras, le dijo: “Esto es un cuento”. Era la primera vez que escuchaba esa palabra. Después escribió y publicó poesía concreta. Más acá en el tiempo llegaría Capão Pecado (2000), novela antecesora de Manual práctico del odio. Pero antes creó el movimiento 1 Dasul, una usina cultural que, entre otras actividades, tiene un sello musical propio y una marca de ropa de hip hop. En el camino fue tatuando su cuerpo. Por el brazo derecho asoma el dibujo de un niño que lee una historieta y un superhéroe vuela alrededor, un homenaje al artista Alex Rossa. En el izquierdo, tiene una poesía de Antunes y la tapa del primer libro de poesía que publicó. En la espalda, en cambio, se tatuó el rostro de un amigo que murió. Y a la altura del corazón, la “E” de escritor, entre otros.

–¿Cómo lo consideran en el barrio?

–Soy el primero al que le fue bien. Otros me tienen miedo porque creen que soy muy intenso y digo las cosas en la cara. Cuando empecé a publicar, la gente de la comunidad me contaba historias para que las pusiera en los libros. Y fui coleccionando esas historias. Modelo, uno de los personaje de Manual que era mi amigo, quiso una vez subirme a una moto para matar a una persona y que lo escribiera en un libro. Entonces me di cuenta de que debía dejar de estar con Modelo.

–¿Por qué decidió crear el Movimiento de Literatura Marginal?

–A fines de los ’90, no me consideraba un autor contemporáneo; además en San Pablo hay una elite muy exquisita que se cree dueña de la literatura y yo no quería formar parte de ese grupo. Yo quería ser popular, que mis libros se leyeran. Y de hecho se cumplió. Muchas personas que salieron de la cárcel se me acercaban para decirme: “Leer tus libros me salvó”. Yo vivo donde vivo porque hice un trabajo de base. Si no hubiese hecho ese trabajo, no podría vivir en Capão Redondo. Lo importante del Movimiento de Literatura Marginal es que muchos escritores nos asumimos como brasileños, en cambio otros siguen escribiendo según el modelo europeo; es como si se quedaran mirando la alcantarilla para escribir, sin arrancar la tapa ni meterse. El lector percibe cuando no hay un compromiso social con la comunidad ni con el tema. La literatura nunca me dio dinero, pero sí muchas satisfacciones. Escribir para mí es como andar en bicicleta.

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“Casi todos mis amigos fueron muriendo y quedé yo. Tengo solo un amigo de mi infancia que vive.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
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