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Viernes, 3 de mayo de 2013

LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR HOLANDES ARNON GRUNBERG

“Exploro la realidad antes de escribir”

El autor presentará hoy su novela El refugiado en la Feria del Libro. Polémico y provocador, suele crear personajes que persiguen empresas desmesuradas, imposibles.

 Por Silvina Friera

“Un hamster es vanguardia”, escribe Arnon Grunberg en una agudísima y desopilante carta abierta a la nueva reina Máxima. El esgrimista de la provocación propone que se proclame a una mascota como rey o reina de los Países Bajos. “En un país como Holanda, en el que al menos una parte de la población apoya el Partido por los Animales –hasta donde yo sé, único en el mundo–, no es absurdo que en algún momento también se elija una mascota como gobernante. ¿No es mucho más efectivo que un hamster enjaulado recorra el mundo defendiendo los intereses comerciales de los Países Bajos, en lugar de que lo haga un hombre blanco con su mujer blanca?” Quizá cierta dosis de invisibilidad, como postula el narrador de El refugiado (Tusquets), novela que presenta hoy a las 16 en la Feria del Libro (Café Amsterdam), sea una condición para la felicidad. El escritor holandés sabe que hay que jugar el juego y se consuela pensando que tal vez, en un futuro no tan lejano, el autor desaparezca en el texto. Aunque muy diferentes en extensión, estructuras y temas, un hilo conductor de su narrativa podrían ser personajes que persiguen empresas desmesuradas, imposibles. Como Christian Beck, “un buscador de inocencia, un coleccionista de inocencia, como quien colecciona mariposas”. O Marek van der Jagt –heterónimo que alguna vez utilizó Grunberg–, que creyó ser un dominador y que finalmente se convirtió en quien creía ser.

Lo primero que asombra es que la supuesta “figurita difícil” de la literatura holandesa es amable, locuaz, sarcástico, filoso. “Me parecen mucho más interesantes los personajes que quieren algo y tienen una ambición, a diferencia de los personajes que han abandonado la ilusión –plantea Grunberg en la entrevista con Página/12–. Un gran proyecto es mucho más estimulante para un novelista porque hay más cosas en juego. Nos podemos conformar con poco, es cierto, pero cuando sos joven tenés sueños que suelen ser muy grandes. Es muy triste si la juventud no tiene esa ilusión, ¿no?”

–El narrador de Monógamo dice que el escritor es ante todo alguien que observa e investiga al mundo y a sí mismo. ¿Coincide con esta definición?

–Sí, creo que es cierto, pero también hay escritores que sólo se analizan a sí mismos (risas). Yo espero ser un escritor que también investiga el mundo. Aunque suene distante o frío, como si me encontrara por encima de la realidad, que no es mi caso. Si vas a escribir de algo, tenés una relación diferente sobre lo que escribís si estás inserto en esa realidad. Exploro la realidad antes de escribir, pero también mientras escribo. Monógamo no es sólo mi libro más delgado, sino que está entre un ensayo y un relato corto como género. El refugiado es mucho más complejo y analiza muchas más cosas al mismo tiempo. Hay una investigación previa, antes de escribir, pero la escritura misma es una investigación en sí.

–¿Cuál fue la investigación previa de El refugiado?

–Muchas veces viajé a Israel, es decir que hubo una investigación que no se puede denominar investigación, que se desprendió de mi vida. La idea básica es que había una mujer que se va a casar con un hombre para darle un pasaporte. Desde el ’95 vivo en Nueva York y hay mucha gente que se casa con un extranjero para darle la tarjeta verde; es una transacción frecuente. Esa fue la idea inicial de El refugiado, pero se trata de muchas cosas más: de lo que es un matrimonio y el matrimonio sin sexo y qué significa la pérdida. El matrimonio a veces es una transacción puramente comercial: alguien paga algo y te casás. Pero también es un gesto de amistad y esa zona gris me parece interesante. El matrimonio tiene una historia económica. Aunque hoy en día se le da una gran dosis de romanticismo, tiene un aspecto financiero-comercial que no se puede negar.

–Pero se suele ocultar ese aspecto comercial, de eso no se habla tanto. A usted le gusta indagar en esas cuestiones que suelen escamotearse por ser demasiado incómodas, ¿no?

–Es una de las funciones del novelista y no deja de ser gracioso el hecho de que me sirva no vivir más en Amsterdam. Hablar de dinero en Holanda es un tabú. En Nueva York he escuchado conversaciones entre mujeres en la que una dice que está saliendo con tal tipo y la otra le dice que chequee sus ingresos (risas). Necesita saber si es un buen partido, si gana bien. Aunque considero que en Holanda la clase social juega una función como lo que gana tu pareja, la relación romántica pura, donde sólo se trata de atracción o de vínculos espirituales, donde no hay influencia de la sociedad, del estatus, creo que casi no existe.

–¿Por qué no se habla del dinero en Holanda?

–Los holandeses tienen una relación muy rara con las clases sociales. El holandés medio no quiere hablar de clases sociales porque cree en una sociedad igualitaria. Todas las sociedades tienen sus propios tabúes y los holandeses siguen sin querer hablar del dinero.

Arnon Yasha Yves Grunberg nació el 22 de febrero de 1971 en Amsterdam, Holanda. Probó ser actor, pero la escritura ganó la pulseada artística. Tenía 23 años cuando publicó Lunes azules, novela con la que obtuvo su primer premio, el Anton Wachter. La ruta del revuelo, el arte de la provocación, llegó en 2000, cuando lanzó Cómo me quedé calvo con el seudónimo de Marek van der Jagt, sobre los padecimientos de un adolescente que tiene un pene chico. Esta novela también ganó un Anton Wachter. ¿Quién demonios era aquel autor? “Al comienzo quise saber cómo leerían los lectores un libro que escribí, sin que supieran que lo escribí yo –recuerda Grunberg–. El heterónimo me permitía no tener que ir a las librerías ni firmar autógrafos. Y me dio muchísima libertad. Saco un libro y nadie lo vincula con mi persona. Pero cometí el error de enviar correos electrónicos desde la casilla de Marek, sin saber que alguien un poco inteligente con las computadoras podía rastrear desde dónde había sido enviado. Ahí fui muy ingenuo.”

–Hay una construcción respecto de Grunberg como un escritor polémico, provocador. ¿Lo disfruta o termina siendo víctima en parte de su propia creación?

–Soy más que un escritor polémico. No solamente escribo novelas, sino columnas y artículos periodísticos. Cuando mis opiniones no enojan a nadie, mi aporte será una opinión aburrida. Siempre vas a provocar a alguien, sobre todo si tenés una opinión muy marcada y si escribís en un periódico que lee mucha gente. He polemizado con algunos autores y me han cuestionado supuestamente por tratar mal a mis colegas. Me parece raro que puedas hablar de ciertas cuestiones a espaldas de la gente y que no las puedas publicar. Sólo tiene sentido polemizar con un autor que tenga cierta reputación. Si hay una jerarquía en la literatura, pateás para arriba y no para abajo (risas). Harry Mulisch, un escritor holandés que fue muy conocido, escribió una novela sobre Hitler que me pareció muy mala. Pero los críticos no lo veían de esta manera. Así que yo tenía que corregir algo. Una parte de la necesidad de provocar es corregir algo.

–Hay que pegarle a lo que se suele llamar “las vacas sagradas”.

–Sí, justamente de eso se trata, de la vaca sagrada. De eso que no se toca, hay que escribir. En estos días se habló mucho de la asunción del nuevo rey y creo que la realeza es la nueva vaca sagrada de Holanda (risas). Escribí un artículo en The New York Times contra la monarquía y me mandaron un montón de correos en los que me cuestionaban porque no era un “holandés de verdad” y tenía que ir preso. Incluso personas muy inteligentes están a favor de la monarquía porque dicen que el rey no es elegido y que por eso no hay peligro de que sea tan corrupto como un político. ¡Entonces saquemos la democracia y volvamos a antes de la Revolución Francesa! La democracia da resultados que no son ideales, pero es absurdo que haya una función que sea hereditaria. Y esto dice mucho de la sociedad holandesa. Muchas personas que se denominan progresistas defienden la monarquía y creen que es algo bueno. La democracia como concepto es mucho más débil de lo que creemos.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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