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Miércoles, 5 de julio de 2006

LITERATURA › CARMEN POSADAS Y SU NOVELA “JUEGO DE NIÑOS”

Cómo desacralizar el oficio

La escritora uruguaya, radicada desde hace años en España, pasó por Buenos Aires para hablar de su último libro, una novela caricaturesca, que aborda el tema de la maldad infantil.

 Por Angel Berlanga

Al tiempo que tensa casi hasta la caricatura las leyes del relato de suspenso, en Juego de niños Carmen Posadas se ríe bastante de sí misma y de su oficio, el de escritora. “Es que reírse de los demás, pero sobre todo de uno, es la única manera de sobrevivir en este mundo”, dice a una cuadra de la calle que lleva su apellido, en el Hotel Alvear, donde su vida no parece correr riesgo. A unos metros de distancia esta uruguaya de cincuenta y dos parece tener veinte años menos; ya cerca, sugiere unos cuarenta. Aunque se fue de su país natal a los doce y vivió por Madrid, Moscú y Londres, aunque está radicada en España desde comienzos de los ’80, se sigue sintiendo, dice, uruguaya; allá atrás en el tiempo está la alcurnia del primer gobernador de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gervasio Posadas, nombre que le hubiera tocado de haber nacido varón.

Juego de niños está protagonizada por una escritora exitosa que anda atascada con su nueva novela, protagonizada a su vez por una sensual investigadora caribeña que tiene en sus manos el caso de un niño muerto en una escuela. El libro de Posadas propone un múltiple juego de espejos, planteados a partir de poner mucho de su propia historia en la escritora protagonista, que primero descubre que lo que se plantea contar le había ocurrido a ella misma en su infancia (asistió al dudoso accidente que mató a un compañero) y luego se encuentra con que otro niño, compañero de su hija adolescente (con la que tiene una extorsiva relación), también muere de golpe, en el mismo colegio. Juego de niños plantea un ida y vuelta entre la realidad y la ficción, entre lo que se repite y lo que varía de una generación a otra, entre el significado y el sinsentido.

Además de indagar en las causas de la maldad infantil, útiles para su novela, para el pasado y para entender a su hija, la protagonista despliega a lo largo del libro una serie de teorías posibles para escribir; curiosamente, Posadas explica el truco mientras lo hace y, aunque a veces abusa un poco del recurso, la mayoría de las veces consigue la magia. “Como ella es escritora siempre está, por supuesto, en plan trascendente”, dice. “Y va desde una cita de Borges a otra de Shakespeare. Pero a la vez tiene un novio muy pedestre, fabricante de colchones, con mucho sentido común, que le dice que la razón la tiene el gran filósofo Julio Iglesias cuando canta que en la vida ‘a veces sí, a veces no’. Y ella, que se la pasa elucubrando, al final le da la razón.”

–¿Por qué le atrajo caricaturizar las reflexiones sobre la escritura?

–Yo quería desacralizar un poco, porque los escritores tienen una visión como mítica de su oficio. Hasta el punto de que muchos piensan que no se puede aprender a escribir; todo el mundo aprende lo que sea; el músico se pasa horas haciendo escalas; el bailarín practica en la barra, pero por lo visto los escritores no, lo nuestro es una ciencia que viene del cielo. Y yo creo que es mentira, que hay una gran parte de escritura pero también otra de oficio, que se tiene que aprender. En ese sentido este libro es como una pequeña traición a mis colegas, que se parecen un poco a los cocineros: nunca cuentan la receta. Me divirtió contarlas.

–Su “teoría Julio Iglesias” le erizará los pelos a más de un escritor.

–Me interesó contraponer a esta escritora culta, pero llena de inseguridades, un personaje muy elemental que, finalmente, sabe de la vida mucho más que ella, que se la pasa filosofando.

–En algún momento su protagonista se plantea si anotar “falda” o “pollera”. ¿Se le plantea este dilema a la hora de escribir?

–Eso es cuando la niña llega y dice “pollera” y todo el mundo se ríe, en el colegio. Ahora ya no, porque llevo mucho tiempo en España y digo “falda”, pero fue lo que yo sentí cuando llegué, en 1965, en una época muy negra del franquismo, todavía posguerra. Era un país muy pobre y sobre todo muy gris, daba la sensación de que todo el mundo estaba de luto. Todo estaba muy homogeneizado y los niños querían ser todos iguales, y que apareciera alguien con una palabra distinta les causaba gracia.

–Usted dice que se siente uruguaya; su escritura, en consecuencia, ¿es uruguaya?

–Yo estoy muy agradecida a España, pero sigo siendo uruguaya de alma. Mi escritura es muy mestiza. En la literatura anglosajona es más claro, con autores de un país de origen que luego crecieron en otro, los casos de Ishiguro, Kureishi. Con esa generación de escritores es la que más me identifico. Mi mestizaje también proviene de mi país de origen y el de adopción.

–¿Por qué le interesó el tema de la maldad infantil?

–Al escribir uno trata de entender cómo son las cosas. A uno lo lanzan en esta vida sin el libro de instrucciones y todo el tiempo tienes que estar tratando de averiguar por qué pasan las cosas, por qué la gente reacciona de tal o cual manera. De ninguna forma volvería a tener veinte años otra vez, porque a esa edad no sabes nada, siempre hay sorpresas espantosas: por qué mi amigo me falló, por qué mi novio me dejó. Y a medida que vas cumpliendo años... Se me fue la pregunta...

–Sobre la maldad infantil...

–Ah, eso, tratar de averiguar por qué la gente es mala. Cuando la empecé tenía mucho miedo, porque es políticamente incorrecto decir que la gente es mala, al menos en España; hay una visión según la cual todo se justifica. “Fulanito es un psicópata, pero es que su mamá no lo quería y su papá le pegaba, por eso mató siete viejas.” “Mengano es violador, pero fue traumatizado en la infancia.” Y yo creo lo evidente: son muchos los que tuvieron una infancia desgraciada y luego no se convirtieron en criminales.

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“Los escritores tienen una visión mítica de lo que hacen”, dice Posadas.
 
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