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Lunes, 21 de abril de 2014

LITERATURA › CLAUDIO ZEIGER Y LOS INMORTALES, SU úLTIMO LIBRO

“La que nos toca vivir es una época menos intensa”

El escritor y periodista propone diez relatos íntimos en los que el ensayo se fusiona con la ficción. “Yo fui a buscar intensidad a determinados escondrijos de la cultura y la literatura argentina”, dice, y reconoce su nostalgia por la generación de Contorno.

 Por Silvina Friera

La nostalgia merodea como una sombra al acecho. Un hombre sale a recorrer la calle Corrientes con su padre. Quizá sea la última vez, el principio de la despedida. “La repetición, en los mayores, parecer ser la manera de persistir en el mundo, una forma de aferrarse tenazmente. A veces hay que tener mucho humor para soportarlo, para aguantar la tristeza que se viene encima como si un armario empotrado en la pared se desprendiera y desplomara en cámara lenta”, dice el narrador. A su memoria vuelven fragmentos de los años ’80 y el inicio de la democracia. “Pasábamos de una agrupación política y estudiantil a otra. Ibamos a peñas y festivales y reuniones en bares, pero en algún momento de la noche yirábamos por Corrientes y nos cruzábamos hermanados en la misma orfandad. Anidaba en el fondo oscuro de la efervescencia la falta de fe. Eran los años de la desprotección. Había entre nosotros algunas criaturas abandonadas de verdad, tiradas en la calle. Y de verdad se fueron perdiendo. (...) Primero los fundidos, después los zarpados, después los quemados. Nunca nos hicimos demasiadas ilusiones”, plantea desde un “nosotros” que se postula generacional. Claudio Zeiger hilvana en Los inmortales (Emecé) diez relatos íntimos que se van volviendo cada vez más intensos a medida que el ensayo se fusiona con el combustible de la ficción.

“El primer texto que escribí es ‘Idiosincrasia’, sobre el malestar en la Ciudad de Buenos Aires. No es el epicentro del libro, pero le dio un tono. Quería expresar el malestar con la ciudad que habito, que amo y que odio, todo junto. Ese es el momento inaugural del libro. Por otro lado, estaba dando vuelta la historia de escribir sobre lo generacional. Algo había hecho sobre Contorno y Juan José Sebreli, el único del grupo que sobrevive. Siempre pensé más en las partes que en el todo”, confiesa Zeiger a Página/12. Los inmortales –organizado en tres partes: “Filiaciones”, “Intermedio: ficciones” y “Autobiografía del otro”– es “un texto caliente, muy del presente”, dice el escritor y editor de Radar y Radar Libros. Durante la escritura fue emergiendo el concepto de filiaciones, “esa idea que no es lo que entendemos por tradición literaria estrictamente, no es las influencias”. “Es algo que va desde la historia personal, familiar y privada hasta esta apertura a las filiaciones que uno va encontrando, desechando, retomando y con lo que va dialogando a lo largo de su formación como escritor.”

–La primera filiación inevitable es el padre...

–Sí, no pretendo que sea la verdad de la relación, pero sí es un texto sincero. El escritor varón se enfrenta con la temática del padre. En la literatura norteamericana es un tópico, también en la literatura argentina. Guillermo Saccomanno, que escribió muy generosamente la contratapa de Los inmortales, es un modelo con Situación de peligro y El buen dolor. Yo elegí otro registro, otro tono. Elegí un tono más suave, menos jugado a querer atrapar o entender la relación en sí.

–Hay nostalgia por haber vivido un tiempo que no se vivió, como el de la generación de Contorno, por ejemplo.

–Sí, no niego esa nostalgia. La sentía en un libro como Redacciones perdidas y en los ensayitos de El paraíso argentino. En los últimos libros hablo a partir de cierta fascinación por esos años en que nuestros padres fueron jóvenes. Esos años cincuenta y tempranos sesenta –los años anteriores incluso a mi nacimiento– me producen fascinación, una nostalgia que se parece a la canción de (Joaquín) Sabina: “Añorar lo que nunca jamás sucedió”. Una sensibilidad que se instala sobre algo que no tiene un basamento material es una doble nostalgia. Probablemente lo del tono sale de esa nostalgia. Hay que tener cuidado de no pasarse al registro patético o ser un “profesional de la nostalgia”. La historia del país, la historia de personas de carne y hueso, te empieza a interesar cuando agotaste la experiencia del presente.

–¿Por qué postula en Los inmortales que Contorno es la última generación?

–Quizá sea un poco exagerado. Si uno lo toma como un concepto biocultural, siempre va a haber generaciones. La última generación es una vibración. Decir la última generación es como decir el último mohicano, el último tren. La última generación está puesta en Contorno, una generación que nació alrededor del ’30 con una marca que después se inscribe en su imaginario, que es el cruce entre la crisis mundial y el golpe militar, el inicio de un ciclo terrible en la historia y la política argentina. Es una generación que atraviesa el peronismo en su plenitud, atraviesa enormes crisis cíclicas de los golpes militares, pero al mismo tiempo va sorteando los obstáculos y llega a un punto donde tiene una suerte de gran conclusión alrededor del 2010. (David) Viñas es una figura importante en la cultura argentina hasta su muerte. Yo hablaría de una generación de peso no tanto estrictamente en la literatura, sino en la trama cultural argentina. El relato de (Carlos) Correas, Sebreli y (Oscar) Masotta es la historia de la lucha por salirse de la estrechez intelectual de la clase media.

–En ese relato de la amistad rota entre Correas, Sebreli y Masotta aparece la cuestión de la traición, algo que es fuerte en la política y la literatura argentina. Un ejemplo extremo es la escena en que Correas cuenta que vio a Masotta en 1973 en un auto, acompañando a custodios en tiempos de la Triple A...

–Mi opinión es que el relato de Correas es arltiano. El juguete rabioso es el primer momento donde se concibe la escena de la traición de Silvio Astier. De ahí en adelante está el concepto de lealtad y traición en el peronismo –la gran fecha del peronismo es el Día de la Lealtad–; Vandor es el traidor por excelencia. Todo esto es muy shakespeareano. Pero si uno lo lleva al plano político intelectual, a nuestra trama literaria cultural, es un concepto central aunque sea negativo. Yo me pregunto si en un momento, para dar el salto hacia adelante, ¿no es necesaria alguna forma de traición? Claro, lo que pasa es que tiene una connotación tan negativa desde el punto de vista de los valores sentimentales traicionar al amigo, traicionar un ideal, traicionar al partido... Yo trato de acompañar la idea de traición con el concepto de desvío en el libro. El desvío es una forma más benigna, no tiene esa connotación donde el que traiciona se convierte inmediatamente en traidor. La traición como la idea de desvío es una marca muy fuerte de la cultura argentina.

–Quizá Correas era el más brillante. ¿Hay inteligencias que no son soportables en determinadas coyunturas?

–Correas era insoportable. Vuelvo a la idea de trío porque cada uno a su manera generó un modelo de intelectual. El gran tema de Sebreli es la autoconstrucción del intelectual argentino. Un intelectual argentino es como Sebreli: tiene zonas oscuras, zonas donde intenta tapar toda esa oscuridad en nombre de una especie de racionalidad marxista hegeliana imposible; tiene vaivenes, idas y vueltas. Claro, es muy difícil conectar al Sebreli intelectual, histórico, con el Sebreli actual que aparece junto con (Jorge) Lanata o (Beatriz) Sarlo escrachado como un pirata inglés. Y esto lo digo con ironía. Sebreli es un gran malentendido. Correas es un enigma en muchos sentidos. No lo conocí personalmente, pero accedí hace muchos años a un libro extraordinario: Los reportajes de Félix Chaneton. Si hay un faro en Los inmortales, es Correas. Si uno lo ve a Correas con cierta distancia, es la tradición del intelectual y el escritor malogrado. Correas encaja ahí y él mismo se autoconstruyó como malogrado. Trato de ponerlo en un lugar equilibrado y justo. Correas era un escritor extraordinario. Hay un punto en que si uno quiere ser un escritor argentino, dicho con subrayado, tiene la opción de convertirse en una especie de neutro todo terreno de habla hispana traducible al instante o tiene la opción de ir por el surco argentino. Lo cual es comprensible para el mundo, pero es un surco que tiene sus claves y sus lecturas. Son opciones que los escritores tienen que tomar. ¿Qué es lo argentino para nosotros? Me parece que nos está rondando un poco qué hacemos con lo argentino.

–El tono que elige es suave pero los temas que toca en Los inmortales son intensos. Quizá la generación de Contorno fue la última en términos de intensidad.

–Quizás esa intensidad es lo que los hace insoportables. Contorno es la última generación intensa. No se trata de que los escritores posteriores son menos intensos o más posmo. Desde la apertura democrática hasta nuestros días, se fue abriendo paso el paradigma de la diversidad, que hoy está bastante institucionalizado. La diversidad trae enormes ventajas y avances, pero trae problemas nuevos. El problema que vivimos en la trama literaria y cultural es que la diversidad nos pone en un lugar un poco líquido. Todos flotamos y no friccionamos. No quiero ser el que diga que hay que volver a friccionar y volver al parricidio porque ahí sí sería una nostalgia estúpida, una nostalgia sin brújula, sin norte. Pero es la época que nos toca vivir, una época menos intensa. Si uno quiere intensidades, las tiene que buscar en otra parte o en el pasado. La nostalgia que marcabas al principio es la nostalgia de una intensidad que uno tiene que generar. Los inmortales es un libro intenso, es una intensidad que tuve que construir porque no está dada. Es la época que nos toca, pero no hay que quejarse ni tampoco renunciar a poder ir a buscarla. Yo la fui a buscar a determinados escondrijos de la cultura y la literatura argentina.

–¿La escena de la pensión en Los inmortales, la reescritura de Arlt, es el modo en que sale a buscar la intensidad?

–Puede ser... Es interesante pensar, en términos bien ficcionales, que al personaje de la escena de la pensión el psicoanalista le dice: “Usted tiene que decidir si quiere irse a vivir ahí para siempre o no”. El decide que quiere la intensidad que hay en la pensión. Volver a El juguete rabioso, que puede ser un gesto fatigoso o desgastado, lo asumo como volver a ciertas zonas de Cortázar, pero al mismo tiempo es volver a lugares de intensidad que tienen mucho para decir todavía. El juguete rabioso es una potencia que no cesa. El juguete rabioso te reinterpreta los años ’90 en muchos sentidos y nos sigue hablando.

El Gato, personaje que atraviesa los últimos relatos del libro, no estaba en el plan inicial de Zeiger. “Me parecía que lo que faltaba era volcarme hacia la otredad; estuve hablando de mí más o menos confesionalmente, estuve hablando de mi padre, de mis filiaciones literarias, de lo que me importó en algún momento, de mi vínculo con la ciudad. Esa otredad está en El Gato, que es el otro de mi generación que se quedó en el camino. El Gato es una construcción literaria, pero sobre una experiencia de otredad que fue ese viaje a Embalse Río Tercero, una colonia peronista donde los chicos que iban del interior del país eran felices y nosotros los chicos de capital, que veníamos de Liniers y Mataderos, sufríamos el choque cultural”, recuerda el autor de las novelas Nombre de guerra , Tres deseos, Adiós a la calle y Redacciones perdidas.

–O sea que, aunque no se explicite, El Gato está pensado como un otro peronista, ¿no?

–Es como la frase que repetía Osvaldo Soriano: “Soy peronista, nunca me metí en política...”. Si querés, es peronista. El Gato tiene muchos elementos generacionales. La apertura democrática fue un momento muy duro, contracara de algo que era muy bueno, que todos vivíamos en el fondo como una liberación. Pero la calle era muy dura. Muchos se perdieron y se quemaron la cabeza. Ni siquiera sé si es una generación, sino un hilo perdido en el tiempo. Hoy que se habla mucho de la militancia –cosa que me parece extraordinaria– quiero hacer hincapié en ese momento. Los militantes más grandes eran sobrevivientes de una tragedia y los que recién empezábamos no entendíamos nada. No desaparecimos ni fuimos a la guerra. Cuando asomábamos la nariz en el mundo universitario, literario, en el mundo público, nos decían que éramos “la cría del proceso”. Había una cosa muy despectiva. Salíamos de la dictadura siendo muy jóvenes y no sabíamos quién nos pegaba el palo atrás en las calles. Pero todavía estaban ahí. La democracia era frágil y en la calle había mucha represión.

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“Quería expresar el malestar con la ciudad que habito, que amo y que odio, todo junto”, dice Zeiger sobre “Idiosincrasia”.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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