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Martes, 13 de mayo de 2014

LITERATURA › FERIA > BALANCE DE LA 40ª EDICIóN DE LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES

Donde los lectores dan la cara

Casi 1.200.000 personas pasaron por La Rural durante 19 días. La afluencia de público creció un 7 por ciento respecto del 2013, según datos de la Fundación El Libro. Las ventas aumentaron de un 10 a un 30 por ciento.

 Por Silvina Friera

El hábito y la costumbre no suelen tener buena prensa en casi ningún ámbito. Se los asocia con el anquilosamiento, con la inmovilidad, con la repetición. La excepción a esta “regla” –o prejuicio– es la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, una celebración, liturgia pagana o fiesta –la manía por clasificar es difícil de extirpar– que luego de cuarenta años extiende su culto por el libro y la lectura y continúa cosechando muchos fieles y devotos, muchos practicantes tan diversos que la ilusión de penetrar esa realidad tan compleja como inasible se parece a una obra que nunca termina de completarse. Lugar de paseo y de encuentro, de “callejeo” o “curioseo” libresco y no sólo literario, el rito se puede traducir en números, pero el feriante –categoría que incluye a todos los que se puedan imaginar: el visitante frecuente, aquel que se arrimó con suspicacia para ver de qué se trata, los lectores habitués de librerías, el lector esporádico– sabe que una cifra es apenas la punta del iceberg. Se trata de un fenómeno cuya dinámica logra visibilizar una multiplicidad de escenas en las que los lectores ponen el cuerpo y se muestran con sus emociones y sus inquietudes, con sus gustos y preferencias, con sus fervores y pasiones a flor de piel. Casi 1.200.000 personas pasaron por La Rural durante 19 días. La afluencia de público creció un 7 por ciento respecto de 2013, según datos de la Fundación El Libro. Las puertas se cerraron ayer, pero se abren nuevos desafíos en el horizonte inmediato.

El lector es un mirón insaciable entre libros: los toca, los manosea, incluso los lee furtivamente, no los deja en paz. Y los compra, claro. En el ánimo de los expositores flamea la bandera del optimismo. Hay coincidencia de que fue una edición muy buena, para algunos la mejor en años. Las ventas aumentaron de un 10 a un 30 por ciento. Riverside, que distribuye el sello Anagrama, entre otros, incrementó su performance en un diez por ciento más y los libros de Paul Auster, que se presentó al comienzo de esta edición junto a J. M. Coetzee, encabezaron el ranking de los más vendidos. En la editorial Colihue, Roberto García destaca el hecho de que fue una edición muy concurrida y que la editorial superó el 12 por ciento de ejemplares vendidos. La distribuidora Waldhuter, que trajo más de 1000 novedades de sellos de España, Chile y México, estima un incremento de un 20 por ciento por encima de la edición pasada. Más visitantes, más libros vendidos. No siempre se traduce de esta manera tan directa. Pero en esta ocasión, tal vez las cuatro décadas le dieron un envión singular a la necesidad de agrandar las bibliotecas personales. De atesorar y disponer de más libros para leer el resto del año.

“Lo más importante es el libro y la lectura”, dice Gabriela Adamo, directora de la Feria a Página/12. “Los números marcan tendencias, pero lo que no debemos perder de vista es que nuestro gran desafío es formar lectores; algo que no es fácil cuando uno ve tanta mezcla de estímulos. Y creo que lo logramos, que hacemos nuestro aporte.” Adamo recuerda el impacto que provocó la firma de libros del estadounidense James Dashner, autor de la saga The Maze Runner, compuesta de cinco títulos, El comienzo, Correr o morir, Prueba de fuego, La cura mortal y Expedientes secretos. “Vinieron 5000 chicos; es como si hubiesen salido de las sombras, atraídos por las redes sociales, miles y miles de lectores que no teníamos presentes, aunque sabíamos que estaban porque esos libros venden mucho. De pronto fue verlos a todos acá, venían a ver al autor, querían su firma. Eso de que los jóvenes no leen es la cantata de todos los años porque no es verdad. Los jóvenes leen tanto como siempre.” Adamo insiste en que la gran apuesta sigue siendo reunir a los lectores intensos y atraer a aquellos que todavía están alejados de los libros.

“La Feria siempre tuvo muchos lectores, creo que la cuestión es poder comunicarlo bien, que cada una de las actividades lleguen a sus públicos ideales –plantea Adamo–. Tenemos propuestas que son bastantes sofisticadas, como el Diálogo de Escritores Latinoamericanos, que este año trajo autores que no son de fácil acceso. Estoy muy contenta por cómo funcionaron los cursos y en esta edición agregamos talleres de escritura, que también estuvieron muy bien. Son actividades chicas dentro de lo que es la masa de la Feria, porque los talleres tenían capacidad para veinte personas. Podemos tener todas estas gradaciones: el gran evento con mil personas y el taller con veinte, eso es lo que tenemos que hacer en la Feria, porque le hablás distinto a cada uno, en cada uno de esos contextos. Hay mucho por hacer en lo que tiene que ver con la recepción de escuelas. Me gustaría anclarlo con el resto del año, trabajar con las escuelas antes y después de la Feria, que acá se vea la punta del iceberg, pero que sea un trabajo de más largo aliento que el que se concentra sólo en los días de Feria.”

La primera actividad de Teresa Parodi como ministra de Cultura de la Nación fue en la Feria del Libro, durante la inauguración de las jornadas de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), un acto en el que Juan Sasturain recibió el Premio Amigo de las Bibliotecas Populares. “Uno de los programas más importantes para nosotros es el de la Conabip –pondera Adamo–. Me produce una enorme emoción ver todos los años a los bibliotecarios de todo el país comprando libros. Hace nueve años que venimos trabajando en conjunto, hay mucho camino recorrido entre los editores, los bibliotecarios, la Conabip. Venimos hace nueve años mejorando este trabajo. Lo que dijo Parodi fue muy cálido y dio en el meollo de la cuestión de tener los libros para usarlos, para tocarlos, para romperlos en el mejor sentido. Parodi entró por la mejor puerta a través de la Conabip.”

El escritor Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977), autor de los libros de cuentos 222 patitos y La hora de los monos, participó del primer Diálogo de Provincias. Lecturas con tonada, una iniciativa que reunió a narradores de todo el país como Perla Suez, Selva Almada y Liliana Bodoc, Elvio Gandolfo, Hernán Ronsino, Mario Ortiz, Mariano Quirós, Eugenia Almeida, Rogelio Ramos Signes, Orlando van Bredam, Arnaldo Calveyra, Gabriel dalla Torre, Alejandra Araya y Salvador Marinaro, entre otros. “La experiencia fue muy buena, era necesario habilitar este espacio para el intercambio. Me parece que obliga a la Feria a continuarlo. Una vez abierto va a ser muy difícil cerrarlo.” Falco señala que la tonada fue una cuestión muy debatida. “Habría que tener cuidado porque en Buenos Aires la gente también habla con tonada, aunque no la reconozca. La tonada fue muy comentada porque podía llegar a sonar despectivo. Todos tenemos tonada. Hay algo un tanto incómodo que es tener que venir a Buenos Aires a dialogar entre las provincias, acentúa una cierta idea de que los intercambios pueden suceder sólo en Buenos Aires, pero la Feria es de Buenos Aires y en ese sentido es muy positivo que se abra un lugar para las provincias. Este espacio hay que conservarlo y difundirlo más, pero hay que tener cuidado que no se transforme en una especie de nicho donde los autores quedemos encapsulados. La literatura es literatura a secas; la idea de que hablemos de literatura cordobesa, neuquina o literatura de provincia como diferente a la literatura porteña no es adecuada. Se habla de literatura en general; cada uno escribe desde distintos lugares geográficos o por distintas situaciones de vida, pero eso no significa que lo que se produzca tenga que ser diferente o amerite un cuidado especial. Me parece buenísimo aprovechar el punto neurálgico que es la Feria para debatir estos temas.”

Quizá lo que más sorprendía al caminar por el predio de La Rural era la búsqueda de miles y miles de feriantes, de lectores muy intensos y otros que recién empiezan a dar sus primeros pasos, revolviendo los stands o haciendo largas colas para escuchar a Arturo Pérez-Reverte, Arnaldo Antunes, Almudena Grandes, Leonardo Padura, Juan Sasturain, Víctor Hugo Morales, Sandra Russo, Felipe Pigna y Alejandro Dolina, entre otros. “Como toda feria tiene su aspecto de kermese, de descontrol, como de masa humana peleando por la firma de un autor o por entrar a una sala. Pero esta pelea es siempre en torno del libro. Así que nada puede estar mal ahí, ¿no? –advierte Falco–. La Feria propicia la lectura. Lo que pasa es que uno tiene la idea de que la lectura es algo íntimo, silencioso, personal, que implica cierta reflexión. Y la Feria no es un lugar íntimo ni silencioso. Es el lugar donde los lectores dan la cara y están participando de una gran fiesta, donde lo que predomina son el bullicio y la alegría de los encuentros. Mucha de esa gente va a ir a su casa y se va a poner a leer. O va a encontrarse por primera vez con libros que no conocía, que ni sabía que existían. La Feria es un espacio que abre puertas para lo que pueda suceder. Ahora viene lo más interesante: ahora comienza la lectura.”

Cuarenta años y muchas zozobras –la dictadura, los avatares económicos, las crisis–, pero cuántas satisfacciones en este itinerario. No cultiva la nostalgia ni cree que todo pasado fue mejor. Pero no puede olvidar el hecho de haber publicado al poeta Alberto Girri y que Osvaldo Pugliese tocara unos minutos en el stand. En la retina de su memoria preserva a César Tiempo firmando libros, agotado pero feliz. Manuel Pampín, el creador de Ediciones Corregidor, subraya que éste fue “el mejor año por un montón de razones”. Aclara que no se refiere sólo a las ventas –que calcula que crecieron un 10 por ciento en comparación con la edición pasada–, sino a la cantidad de público que concurrió. “Vi mucha juventud en esta edición, como nunca antes había visto, y una buena integración con las provincias través de la Conabip. Cada año el abastecimiento de las bibliotecas va aumentando.” Pampín comenta el hecho de que la visibilidad de la Feria es tan potente que se inmiscuye en las conversaciones en la calle, fuera del predio. “Yo suelo escuchar que alguien le pregunta a otro: ‘¿ya fuiste a la Feria?’ ¡Cómo no celebrar que se convierta en una necesidad! El lector siempre quiere estar informado. Aunque sea un cliente permanente de las librerías, viene a la Feria porque tiene más títulos y opciones que no siempre están en las librerías. En las librerías los pequeños editores tenemos que luchar más por conquistar un espacio entre los libros de las grandes editoriales. En la Feria somos todos iguales. Por más que tengamos stands con mayor o menor espacio, el público elige. Me gusta cuando una familia con hijos que habitualmente no frecuenta las librerías viene a la Feria a modo de visita turística. Estos son los lectores que podés ir conquistando, los lectores del futuro.”

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La Feria volvió a ser un lugar de “curioseo” y de búsqueda para una multitud de lectores heterogéneos.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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