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Miércoles, 19 de noviembre de 2014

LITERATURA › MARCELO FIGUERAS HABLA DE EL REY DE LOS ESPINOS

“Esta novela fue liberadora y tengo ganas de seguir jugando”

El nuevo libro del autor de Kamchatka trata sobre una Argentina distópica en la que un Autor trae al plano real a varios de sus personajes. “Desde el principio quise trabajar con la historia de género y en particular la de aventuras”, afirma.

 Por Andrés Valenzuela

A Marcelo Figueras se lo conoce por Kamchatka, por ser guionista de Plata quemada, por cantidad de libros que no tienen –aparentemente– mucho que ver con héroes de comic surgidos del siglo V en Inglaterra ni con vampiros obesos, ni con contrabandistas ingleses en China. Pero en su más reciente novela, El rey de los espinos, reúne a todos esos personajes y otros más para una aventura en una Argentina distópica. Un festival literario de más de 800 páginas con viajes por el multiverso, espadas, naves espaciales, mucho conurbano y fuerzas parapoliciales ominosas. Un universo con héroes renuentes y poco futuro que, asegura el autor a Página/12, no está divorciado de su obra anterior ni de los temas que lo obsesionaron hasta ahora.

El rey de los espinos está ambientada en una Argentina donde el neoliberalismo jamás terminó y que se volcó al totalitarismo. Allí conviven elementos de tiempos de la dictadura, del menemato y del auge de los multimedios. La exclusión social es regla y de los excluidos se encarga la OFAC, una policía militarizada que opera como grupo de tareas legalizado para un gobierno respaldado por los medios. En este contexto, antes de ser asesinado, un autor de historietas (el Autor) trae al mundo “real” a varios de sus personajes. Para qué, es el misterio que los aparecidos deben dilucidar junto a dos jóvenes: Milo, un enterrador del cementerio de San Fernando, y el Baba, un comiquero de clase media a punto de caerse de su franja socioeconómica.

–Usted viene de otro tipo de literatura, ¿por qué escribir “una de aventuras”?

–En realidad, ése fue el plan siempre. Decidí que quería ser narrador cuando era muy pequeñito. Lo que me empujó a tomar esa decisión precoz y entender que eso era lo que más me gustaba en la vida eran los relatos de aventuras. Desde los clásicos de la colección Robin Hood, Dumas, Salgari, o las historietas de superhéroes. Obviamente, después me tocó pasar la experiencia de la dictadura e inevitablemente las primeras novelas que me salieron tenían que ver con tratar de hacer sentido a ese sinsentido tan devastador.

–¿Siente que ya procesó esa experiencia?

–No quiere decir que no vaya a resurgir. Pero de algún modo hice un camino con las novelas que me permitió purgar los grandes dolores y obsesiones que produjo el hecho de haber tenido esa edad durante la dictadura. En el ’76 acababa de cumplir 14 años; pero cuando era muy común que hubiera chicos de esa edad que ya militaban y tuvieran una conciencia política desarrollada, yo vivía en un mundo de fantasía que tenía que ver con las historietas y los libros. Así que muy claramente la dictadura significó el fin brutal de mi inocencia. Entonces mis primeras novelas fueron lo que necesité para terminar de elaborar en mi cabeza y en mi corazón esa experiencia.

–¿Y ahora?

–Apareció el “bueno, por qué no trabajar con lo que quería hacer desde un principio”, que es la historia de género y en particular la de aventuras. Que, por otro lado, es tan poco practicado en la literatura argentina, siendo que de algún modo también es tan fundante. Si uno ve toda la primera mitad del siglo XX, de La guerra gaucha a los relatos fantásticos de Borges, se abordaban los géneros con cierta naturalidad. Los puentes naturales entre la literatura a secas y los géneros se estropearon bastante, si no se rompieron del todo. O hacés literatura “seria” o de género. Y pareciera que el género no es serio.

–Dice que sus obras anteriores le permitieron procesar la dictadura, pero en El rey... los rasgos remiten a ella. No la abandona como tema.

–No, abandonarla estaba lejos de ser la intención. A mí me da la sensación de que ahora el plan está completo, que conseguí hilvanar los dos hemisferios de mi cabeza al respecto. Toda esa dimensión de la fantasía pura y toda esta otra cuestión que a priori uno diría que no tiene nada que ver con todo esto. Pero cuando empezás a escarbar un poco en las obras que para uno son señeras o importantes, te das cuenta de que ahí también hay un imbricar muy natural entre la imaginación más desaforada con la realidad. Hablando del noir, de Chandler o Hammett, hay género, pero también hay lectura del mundo, de la sociedad, que se mezcla con los elementos puramente literarios. En la ciencia ficción pasa lo mismo: vos hablás de distopías y eso es natural. Por donde revises, vas a encontrar que en los modelos que uno más admira, este imbricar está presente y es constitutivo del relato central. En todo caso somos los argentinos, que tenemos la esquizofrenia de que lo importante es esto, y si algo tiene un elemento del puro placer, ha de ser superficial.

–En la novela también habla mucho sobre el neoliberalismo.

–Viví en España muchos años y vi la masacre de generaciones enteras. Aunque no las maten, están frustradas en su potencialidad. Tipos que no sólo no pueden estudiar sino que la máxima ambición en la vida es conseguir un trabajo más o menos fijo. Nada que tenga que ver con qué quiero hacer en este mundo o en qué me gustaría trabajar. La brutalidad de los planes de ajuste que tan bien conocemos en la Argentina es malograr generaciones enteras, que se hierven en un caldo de frustración constante. Entonces, para mí la irrupción de la aventura en el mundo real de El rey de los espinos era lo más parecido a una posibilidad para el Baba y Milo de explotar algo del potencial que se hubiera malogrado de otro modo, enterrando gente en el cementerio de San Fernando o cobrando dos pesos por hacer exámenes para sus compañeros de secundario.

–También insiste sobre la manipulación mediática, los multimedios y cómo construyen opinión.

–Ahora que fueron las elecciones en Brasil eso se ve: ahí la manipulación política de los medios es fenomenal. En España pasa exactamente lo mismo. En México también. Muy claramente estamos viviendo, no sólo en la Argentina sino a escala continental, el hecho de que un poder, que por más que sea hegemónico y económicamente clarísimo, no consigue imponerse por las buenas, en otra época hubiera recurrido a los golpes militares. Ahora, como parecen ser inviables los que llevan la voz cantante de la oposición, los que intentan moldear o arrancar gobiernos son los grandes medios de comunicación, que expresan la voz del amo.

–Por el enfoque fantástico, ¿fue distinto el trabajo en esta novela respecto de las anteriores?

–En algún sentido, no. Todas mis novelas entrañan un proceso de investigación, que va desde leer ciencia hasta viajar a Israel y Palestina. En este caso estaba todo el aspecto científico para anclar parte del planteo, hasta leer sobre el siglo V y VI en Inglaterra, o la segunda guerra del opio en China. En ese sentido, es igual: una idea o argumento que aparece y la necesidad de buscar información para construir el verosímil. La diferencia, en todo caso, tiene que ver con la alegría incontenible que me produce darme cuenta de que puedo hacer aquello con lo que soñé tantos años de chico. Escribir sobre héroes, sobre comics, todo en una progresión dentro de la obra que había planteado.

–¿Tan importante es El rey de los espinos en el conjunto de su obra?

–Para mí hay dos clics fundamentales desde que escribo ficción. El primero es Kamchatka, donde la historia era tan fuerte, tan inevitablemente emocional, que me ayudó a superar el miedo que me atenazaba en las dos primeras novelas. Un muchacho peronista y El espía del tiempo son novelas típicamente de debutante en muchos aspectos, donde sentía el peso de la tradición literaria argentina. Esas novelas son más frías, más cerebrales, de forma muy parecida al mainstream de la literatura argentina seria de los últimos cincuenta años. Pero en Kamchatka el peso de la historia era tan fuerte que me empujó a lidiar con las emociones, que en la literatura parece estar mal visto. Y eso fue absolutamente liberador. Y El rey de los espinos fue otro clic que me permitió decir “puedo trabajar en lo que quería”, y también plantearme la cuestión del héroe y el heroísmo en el mundo contemporáneo. Por eso fue tan liberador para mí y tengo ganas de seguir jugando.

–En ese juego aparecen los universos múltiples y paralelos. Lo que en el comic de superhéroes se llama “multiverso”. ¿Cuál es su lectura de historietas actual?

–Sobre todo Marvel, a la fuerza. Pero, de cualquier modo, mi llegada a los multiversos no fue a través del comic sino por las novelas de Michael Moorcock, donde el multiverso es esencial. Y, extrañamente, de la ciencia. Una de las consecuencias que tuvo Kamchatka en mi vida fue reconciliarme con el aspecto más elemental de lo que significan determinados saberes. Volví a leer fundamentos de ciencias, me quedó dando vueltas lo de la naturaleza del tiempo. Leí desde Stephen Hawkings hasta Graham Greene, que desarrollan estas teorías. Entonces mi entrada fue por la fascinación de este aspecto de la ciencia, que tiene el aspecto de ser más desafiante que cualquier ficción pura que uno encuentre. Las cosas que plantean son alucinantes.

–¿Y de chico qué historietas leía?

–Cuando era pequeño, era época de editorial Novaro, o sea las ediciones mexicanas de editorial DC, con Superman, Batman, Flash, Linterna Verde y toda esa cuestión, más el mejor momento de Columba con Robin Wood, su Nippur de Lagash, o clásicos como Flash Gordon, Rip Kirby, el Fantasma. Después apareció Editorial Record y El Corto Maltés.

–Llama la atención que no menciona a Héctor Germán Oesterheld, pero la figura del Autor está claramente inspirada en él. Tampoco lo alude en las palabras finales del libro.

–Pasé del epígrafe inicial que decía “Para HGO” a pensar que era tan cantado que tenía más gracia dejar que el texto lo conjurase solo. Oesterheld fue algo que apareció en el proceso creativo. Las cuatro hijas no formaban parte del plan original. Estaba el Autor, sí, que aún sin las hijas podría ser un homenaje, pero me pareció un elemento de continuidad respecto de novelas anteriores. Algo de lo que me he dado cuenta, y que no hago de manera deliberada, es que en mis novelas hay un intento de darle una segunda oportunidad a alguien que en la vida real no la tuvo. En Kamchatka era mi madre, en otra era mi amigo Joaquín. La literatura me permite resucitarlos y darles una segunda oportunidad. Ahí la figura de las cuatro hijas se me impuso. Qué deseo podría haber más fuerte para un tipo, al punto de rajar la realidad para hacer posible esta irrupción de lo aparentemente fantástico dentro de lo real, que el deseo de salvar a sus propias hijas. ¿Hay algo más fuerte? Si algo puede ponerte en la posición de dar vuelta el Universo como un guante, es proteger aquello que querés de forma más incondicional y apasionada. Entonces supongo que si HGO hubiese podido, seguramente hubiera hecho lo mismo que el Autor, no para salvarse a sí mismo sino para preservar a sus hijas, sin que esto significara apartarlas de la lucha que ellas habían abrazado por propia vocación. Y las hijas son personajes que también me gustaría dejar que crecieran más adelante.

–Usa las expresiones “plan” o “más adelante”, y al final del libro hay puntas para una saga.

–Nada me gustaría más. No tengo un plan en el sentido de decir “sí, es una tetralogía”, pero tengo ganas de seguir jugando. En buena medida, El rey de los espinos abre un campo de juego y establece unas reglas. Me encantaría saber qué pasa ahora, qué pasa con ellos, qué uso pueden hacer de la posibilidad de moverse en el espacio-tiempo y cómo eso repercute en el microuniverso que nos ha tocado en suerte. En el medio estoy escribiendo otra cosa para que no me coma la ansiedad. Pero esto que estoy escribiendo ahora también tiene que ver con los géneros, para tratar de responderme si es posible un Stephen King a la argentina. Cuando termine, mi deseo sería volver con estos muchachos.

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“Los puentes naturales entre la literatura a secas y los géneros se estropearon bastante, si no se rompieron del todo”, dice Figueras.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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